La tribuna

Olga Torres

El torbellino yihadista

SIGUIENDO la definición de la RAE, el terrorismo es la dominación por el terror y la sucesión de actos de violencia que se ejecutan para infundirlo. Simplificando mucho, y para el mundo occidental, el yihadismo sería una ideología -radical y agresiva, aunque minoritaria- caracterizada por el uso intensivo de la violencia, la brutalidad y las actividades terroristas apelando a una pretendida obligación religiosa musulmana; esto es, una degeneración del islam y su esencia mayoritaria, una anomalía, una perturbación. En realidad, sin embargo, los movimientos yihadistas actuales son unas potentes estructuras que defienden e imponen concretos intereses políticos, geoestratégicos y de dominación de recursos, recubiertos por una capa de pretendida ortodoxia islámica desvirtuada y pervertida. No son actores religiosos sino especialistas en el uso de lo que Achille Mbembe, un filósofo camerunés, definió como necropolítica: "El uso de la muerte o la amenaza de muerte, gráfica y explícita, para mantener o aumentar un poder multidimensional y repartido entre actores institucionalizados y aquellos que no lo son". Y ésa es una herramienta que utilizan a la perfección, dentro y fuera de los territorios que ocupan, siendo conscientes del pavoroso efecto que produce en la sociedad occidental, a través de su impactante cobertura mediática, y del enorme poder desestabilizador que conlleva.

El peligro añadido que para Occidente supone el uso sistemático de esa herramienta por parte de estos grupos es que nos marca el ritmo y nos sumerge en un torbellino vertiginoso que nos impide la reflexión continuada y el análisis global. Porque conocen también perfectamente la reacción puntual que provocará cada acto y su duración, que no irá más allá de la del tratamiento informativo que obtenga en cada momento. Saben que nos horrorizaremos en lo que más nos afecte y concierna porque implique a occidentales: ayer por Túnez, hoy por Egipto o mañana por Francia; y menos, mucho menos, por lo que a diario ocurra en Beirut, Niamey o Sirte. Saben que sobrerreaccionaremos, que responderemos a impulsos específicos, que cometeremos errores de cálculo, que los mismos que se suponen aliados para combatirlos se enzarzarán en cuestiones sobre cazas rusos derribados por turcos, que se improvisará para calmar a una sociedad impresionada e indignada, que se generará un gasto ingente que se detraerá de otras partidas necesarias y que generará malestar en esa misma sociedad. Y mientras tanto, ellos siguen trabajando con una estrategia sistemática y definida que no descansa, que no se distrae y no cambia de objetivo, que tiene una enorme capacidad para mutar y adaptarse rápidamente a cada nuevo escenario que crean, que nos crean. Y no sólo siguen trabajando en sus tácticas de ataque y diseminación del horror gráfico y explícito, sino que lo hacen, y con un éxito como no se ha conocido en fenómenos terroristas anteriores, en un frente paralelo igual de importante: la propaganda. El aparato mediático y de divulgación oficial de una organización como el Daesh, el paradigma, es una maquinaria extremadamente sofisticada, muy diversificada, que cubre casi todos los ámbitos posibles con una calidad y eficacia que se reconocen casi unánimemente y que reside principalmente en internet. Esa propaganda oficial expande y multiplica la exaltación de sus logros, su específica elaboración doctrinal, la construcción mítica y utópica del que llaman nuevo califato y el efecto de llamada para atraer posibles adeptos desde el exterior. Y con esa propaganda oficial colaboran además miles de perfiles en las redes sociales replicando todo lo anterior y extendiendo aún más el alcance de su mensaje.

El fenómeno del terrorismo yihadista global no podrá ser erradicado únicamente mediante operaciones militares -por más que estas se perciban cada vez más no sólo como necesarias sino como inevitables pese a sus riesgos- si no somos capaces de unirlas al desmontaje de su narrativa embustera y a la desarticulación de su propaganda tendenciosa de una manera tan sistemática, continuada y consensuada como la que ellos emplean. Y deberemos encontrar el modo de hacerlo sin alterar nuestra concepción del Derecho, sin abdicar de los valores fundamentales y universales que comparten todos los seres humanos y sin humillar al islam y a los musulmanes.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios