La aldaba
Carlos Navarro Antolín
El ministro pícaro y el catalán impresentable
Ahora que el apagón ferroviario nos deja lejanas y solas hasta el dos de febrero, nos damos mucha cuenta del valor de la columna vertebral que nos conecta allende Despeñaperros y nos preguntamos, con algo así como estupor, cómo eran nuestras idas y vueltas rumbo al norte antes de la alta velocidad. “Más o menos como siguen siendo en Jaén”, me respondo solita, que nací allí y me empollé el temario entero de la carrera en el chucuchú que iba y venía de Madrid. El mapa de la cacareada modernización de la comunidad nos salió regulinchi, pues ahondó el abismo que separa una Andalucía de dos velocidades: la del AVE y la de la Pava (línea histórica de autocares Madrid-Linares-Jaén). La actual sensación de insularidad en Sevilla, de estar desenganchados del contacto fluido con Madrid, es la que siguen sintiendo otras ciudades de nuestra tierra. Para remate, el mapa de las grandes infraestructuras de España es radial, con los Madriles como nodo muy principal, lo que nos hace depender funcionalmente de la corte para ir a demasiados sitios, ergo, ahora toca hacer malabarismos. Conozco a quienes en estos días se están volviendo de Burgos a Sevilla por Bilbao. Otro día hablamos del desmantelamiento de las líneas y estaciones que nos acercaban, despacito pero con talento, a nosotros con nosotros mismos.
A pesar de todos estos pesares, ha quedado claro que es el tren (en la modalidad de alta velocidad para largas distancias –que conviene conectar con Europa– y con una vertebración firme –¡ya quisiera!– en media distancia y cercanías) lo mejorcito que podría pasarnos en materia de transportes, conexión y vertebración territorial. Por encima de los aviones, los coches, las autovías de cinco pistas y los caballitos de la Feria. No lo digo en plan nostálgico; no –no solo– por llegar a mi pueblo despacito si no le hubieran arrancado la estación, o a Zaragoza ligerita y como una señora: tranquila, segura y leyendo este diario. Hablo de un servicio de transporte público seguro, sostenible, rentable si no se desincentiva y eficiente, que ha hecho a Sevilla más próspera y abierta. La tragedia de Adamuz, uno de tantos pueblos por donde pasan trenes pero no paran, no puede servir para cuestionar este transporte en sus diversas variantes, sino para mejorarlo, expandirlo y abrir nuevos corredores. Nos va la igualdad territorial, el desarrollo y los buenos intercambios en ello.
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