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Obituario

José León-Castro Alonso

El último humanista

En la muerte de Miguel Ángel Yáñez Polo.

PODRÍA pensarse que en Sevilla las cosas sólo suceden o han sucedido cuando de ellas se hace eco cierta prensa. Pero no, ocurren aun cuando algún medio no ofrezca el más oportuno y justo testimonio de ellas. El pasado 14 de enero nos despedíamos de Miguel Ángel Yáñez Polo. Ni se marchaba, ni nos abandonaba, ni mucho menos se entregaba, jamás haría nada de eso. He tenido ocasión estos días de leer los múltiples y más diversos méritos que de su arrolladora personalidad y vastísima cultura se enaltecían. En verdad, a muy pocos les es dado aglutinar tanta erudición como acreditan sus títulos de ser el mayor fotodocumentalista hispalense (pese a los numerosos abusos que sufrió), fundador de seminarios y fototecas, expositor en los más reputados museos internacionales del fotoneosurrealismo, consagrado escritor de novelas y estudios tan hondos que a muy pocos interesaron, amigo personal de Premios Nobel y luchador incansable contra cierta Medicina rutinaria y deshumanizada, así como contra todo un sistema sanitario impropio de su tiempo; todo ello siquiera para vestir un currículum que con total seguridad abruma.

No obstante, al fin y al cabo todo eso, o buena parte, puede estar al alcance de unos pocos, pero es que Miguel Ángel fue infinitamente más, aunque se haya orillado hasta convertirse en lo que él mismo dijo de su maestro: ser el último humanista de esta ciudad.

Miguel Ángel fue un ser humano absolutamente irrepetible. Como clínico mereció la categoría y el honor de alzarse en el sucesor legítimo sin jamás defraudar el crédito inmenso que en él tenía depositado su admirado y entrañable profesor León Castro. La certeza de sus diagnósticos, la ponderación de sus opiniones, su siempre cálida palabra de esperanza, fuera cual fuera el medio, momento u ocasión de la consulta, Miguel Ángel curaba por el espíritu.

También para describir a Miguel Ángel, persona, existe una dualidad esencial: generosidad y humanismo. Fue tal su dimensión ética, la coherencia de toda su trayectoria, su hombría, que se resignó a renunciar a roles oficialistas para particularmente prolongar su vida durante lustros con tal de poder seguir regalándola a los demás.

Todo eso fue su origen y su destino y por si aún no fuera bastante, nos dejó a Toti y a ocho queridísimos discípulos, Yáñez Camacho, que al inmenso orgullo de ser hijos de quien fueron podrán sumar el haber sido testigos de una vida y de un hombre excepcional. Descansa para siempre en paz Miguel Ángel y mi gratitud eterna por todo lo que me has dado.

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