Carlos Colón

Carlos Colón

El vicio de la lectura (y II)

SE equivocaba y a la vez acertaba Edith Wharton en su librito El vicio de la lectura al temer que la democratización de la lectura multiplicara un público alfabetizado, pero no educado, cuyo tosco mal gusto fuera servido por unas editoriales convertidas en industrias que fabricaran libros de consumo masivo mal escritos por mercenarios de la pluma. La lógica de un mercado siempre ávido de ganancias y el poder de ese público masivo acabarían por asfixiar la verdadera creación literaria.

 

Un siglo largo más tarde los desarrollos del cine comercial, la música popular y la televisión le han dado en parte la razón. Hasta los años 70 las tres  alcanzaron cumbres de excelencia creativa. Así desde Chaplin a Kubrick, desde Scott Joplin a los Beatles, desde Estudio Uno a las series de Rod Serling. Pero desde entonces hasta hoy tanto el cine como la música popular, y no digamos la televisión, han seguido un camino descendente en el que se cumplen las peores profecías de Edith Wharton, del Tarde de La opinión y la multitud o del Ortega de La rebelión de las masas.

 

Pero en lo que a la literatura se refiere se equivocó entonces y ahora. ¿O es que cuando escribió El vicio de la lectura no se habían publicado las obras de Dickens, Stevenson o Balzac, gran literatura para el gran público? ¿O no se habían publicado las obras de Dumas, Conan Doyle o Verne, buena literatura para un público aún más extenso?

 

El mismo año 1903 en el que Wharton publicó el ensayo que ofrecía como únicas alternativas una gran literatura para élites o una mala literatura para masas, Conan Doyle se veía obligado a resucitar a Sherlock Holmes ante la presión del público que nunca aceptó que su muerte en las cataratas de Reichembach le privara de nuevas aventuras del detective. Y no se olvide que de este héroe de la cultura popular, amado como parte de sus propias vidas por escritores más grandes que Doyle, escribió Borges: "Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan".

 

No, no estoy de acuerdo con Edith Wharton. Que una masa sin educación haga descender a su nivel la literatura, el cine, la música o la televisión no es un problema que tenga que ver con la masa, sino con la educación. No tiene que ver con la democratización de la cultura, sino con una insuficiente democratización de la educación.

Pensaba en estas cosas en el autobús que me llevaba a la playa, viendo a un chico -chanclas, pantalones piratas, camiseta- enfrascado en la lectura de un manoseado y grueso libro de bolsillo. ¿Saben cuál era?

 

Las aventuras de Sherlock Holmes. Me alegró. Me emocionó.

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