Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
Debió ser terrible aquel agosto del 47 y setenta y cinco años después continúa grabado a fuego en la memoria de los que sobreviven. Se estaba en la posguerra más larga y sanguinaria que registra la historia y dos accidentes iban a ensangrentar aún más ese tiempo de oprobio y de miedo cerval. Primero fue la explosión en Cádiz de un polvorín de la Armada el día 18 y que causó una masacre entre muertos y heridos de importancia; diez días después fue la cornada de Islero para morir matando a Manolete en la tarde de Linares. Y si lo primero consternó por su magnitud, lo segundo paralizó a un país que había hallado en el cordobés algo que palió el dolor y la miseria. Un torero que gozó de tanto predicamento que hasta provocó algo que hoy podríamos sufrir en carne propia, empeñar el colchón. Si entonces fue para ver a Manolete, hoy sería para encender la luz.
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