Pedro Rodríguez

Eutanasia, aborto, divorcio...

Los de derechas se quejan de los de izquierdas y viceversa, pero los que realmente estamos hasta la coronilla de unos y de otros somos los que no creemos ni en los unos ni en los otros, ni en la revolución ni en la reacción. Yo añoro una España tranquila, racional, donde una ley dure mucho más de lo que se tarda en cambiar de Gobierno, especialmente la de enseñanza. Una nación donde los gobiernos solucionen problemas y no los creen, como PSOE y PP permitiendo a Pujol organizar su desconexión de España durante décadas a cambio de apoyos.

Una nación donde los partidos de izquierdas no apoyen nacionalismos, que es lo que han hecho históricamente –¿desde cuándo el nacionalismo es de izquierdas?– y donde los partidos de derechas no se opongan sistemáticamente a leyes modernas y justas. El PP se opuso primero al divorcio, Cascos lo demonizaba, y ya lleva tres divorcios.

Rajoy criticaba el matrimonio homosexual y acabó asistiendo al de Maroto. El PP, apoyado por la jerarquía eclesiástica, condenaba el aborto, pero en el franquismo las familias de derechas enviaban a sus niñas preñadas por no se sabe quién a abortar a magníficas clínicas londinenses, mientras que las mujeres que no tenían medios tenían que abortar en lugares clandestinos con personal no titulado, sin las mínimas condiciones clínicas e higiénicas, y en muchos casos morían de fiebres puerperales.

Hipocresía y cinismo, en resumen. Ahora estamos con la eutanasia, y se escuchan argumentos ridículos en contra de la derecha y la ultraderecha. ¿Pues saben qué les digo? Si en algún momento, ojalá que no, yo me encuentro en una situación tal que no pueda llevar una vida digna, atado a una cama sin más posibilidad que mirar al techo de la habitación y sin poder relacionarme con mi gente, quiero, pido y ordeno que me practiquen la eutanasia. Y al que no le guste, que se vaya a dormir. 

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