Piense en qué le daría tiempo a hacer durante los próximos 13 minutos y 14 segundos y luego considere el aparataje de la actuación de Bad Bunny en la SuperBowl. En escena congregó a más hispanos que en todo el Spanish Harlem, levantando una ruidosa velada portorriqueña, que empezaba con una enorme plantación de caña y labriegos de blanco y sombreros de paja trabajándola, epítomes de los esfuerzos de los americanos del Sur en el territorio estadounidense. Y siguieron bailarinas por doquier y decorados con colores caribeños y mestizaje y la boda de una pareja real y la participación de stars como Lady Gaga. Y así hasta llegar al colofón clarificador: “God Bless America”, dijo Bad Bunny, mientras desfilaba con paso gozoso rodeado de seguidores, enumerando, al compás de sus banderas, todos los países, empezando por Chile y acabando por su Puerto Rico natal. En USA –y es el libro de estilo de Trump– resulta frecuente emplear el término América para referirse exclusivamente a la geografía estadounidense, así que la aclaración pormenorizada de cuántas naciones componen el continente es pertinente.
Al concluir el show, al fondo, en el marcador coronado con el logo de Levi’s –patrocinador del estadio de Santa Clara–, se leía, “Sólo el amor es más fuerte que el odio”. El trumpismo hace tiempo que ordenó una cacería contra el “conejo malo”. Y tras la Super Bowl, en las terminales mediáticas de MAGA, lo menospreciaron con saña porque “no ha dicho ni una palabra en nuestro idioma, ni siquiera una”. Bueno, Bad Bunny dijo, al menos, dos en inglés, “God”, “Bless” y añadió “America” pero Trump no quiere entender nada porque entre sus objetivos está lapidar la diferencia, la diferencia representada por una lengua que crece desde Nueva York hasta Los Ángeles y que ahora, naturalmente, se ha escuchado en uno los escaparates con mayor difusión del show business mundial. Escribo “naturalmente” porque entre un 20 y un 25% de los estadounidenses se expresan en español o lo conocen.
He padecido la música de Bad Bunny desde sus primeras grabaciones –Soy Peor–, en viajes cortos en el coche que se me hacían interminables (la convivencia con adolescentes tiene algunos peajes), he denostado sus cualidades vocales –Tití me preguntó, Otra noche en Miami–, sus letras pendencieras de macho man –Yo perreo sola– y su narcisismo faltón –Nadie sabe–.
Su éxito me ha resultado siempre inexplicable, quizá porque no era para mí, pero alguien que defiende su origen con naturalidad y rotula el Super Bowl Halftime Show como El Espectáculo de Medio Tiempo del Súper Tazón mientras el presidente de EEUU contrata escuadristas para deportar o amedrentar a aquellos que no se someten a sus ilegales designios, especialmente los hispanos, hace que la llaneza y la frontalidad del portorriqueño resulten encomiables.
Bad Bunny se ha convertido en el más visible defensor del español allí: sí, Benito Antonio Martínez Ocasio, de 31 años, quien hace diez estaba empaquetando y cobrando comestibles en el supermercado Econo de Vega Baja, en San Juan de Puerto Rico. Sus jefes de entonces dijeron de él que era humilde y formal aunque tenía la cabeza llena de letras de canciones y tendía a dispersarse en el trabajo.
Por simplificar, este aparatoso número regetonero del Espectáculo de Medio Tiempo del Súper Tazón ha obtenido tal impacto que en Europa no hay cabecera o informativo que mencione destacadamente el resultado del partido entre los Seahawks y los Patriots, ¿o fueron otros los equipos de la final? De alguna forma, es como analizar un Mundial evaluando si los himnos tuvieron una interpretación adecuada. Jean Cocteau dijo que a los estadounidenses “primero los escandalizas y luego, te ponen en un museo”. Estados Unidos es una nación donde, según estimaciones, un 75% de sus ciudadanos no solicita tener el pasaporte. Por eso este viaje internacional de un hispano tiene importancia.
Decenas de diarios, europeos y americanos, desde Le Monde hasta La Nación de Costa Rica, han reconocido que Bad Bunny, vestido de blanco y con hombreras de fútbol americano, hizo partícipes a los hablantes a los que nos une el español y sirvió un elegante pulso a Trump. Había sido elegido por el gran circo del espectáculo y no desperdició su momento. Si encima cantara bien…