Tribuna

Antonio Barrionuevo Ferrer

Arquitecto y Director del Foro Metas de Movilidad Eficiente y Saludable

La inmovilidad necesaria

El autor expone la experiencia que nos toca vivir en estos días de confinamiento en casa: un nuevo modo de moverse en el que el patio, como jardín urbano y con naturaleza, es vital

En nuestra mente se han ido depositando una serie de máximas que, irreflexivamente, se han convertido en principios por los cuales guiamos nuestras creencias y actos. No son muchos, dependiendo de la capacidad de cada uno, pero algunos son generales y comunes; uno de ellos es “el tiempo es oro”.

Reivindica un nuevo significado del tiempo: el de socializar en los espacios comunes

Quisiera con brevedad, y a falta de mayor conocimiento, detenerme en la deriva de algunos significados de esta máxima proverbial nacida como uno de los consejos que Benjamin Franklin dio a un joven comerciante, por ser el tiempo uno de los bienes más apreciados para aprovecharlo con prudencia y esfuerzo y lograr los objetivos desde la guía de la razón. Su significado se ha distorsionado cada día más reduciendo a mínimos los tiempos y medios de producción de bienes de consumo.

Aplicados a los desplazamientos de mercancías y seres vivos, entre ellos los humanos, “el tiempo es oro” significa que los movimientos origen-destino deben realizarse en el mínimo posible siendo la excelencia resolverse al instante. Es por ello que se dijo “la sociedad que posee la velocidad posee el éxito”.

Naturaleza verde en un patio de un bloque de Sevilla. Naturaleza verde en un patio de un bloque de Sevilla.

Naturaleza verde en un patio de un bloque de Sevilla. / A.B.

Desplazarse, cambiarse de un lugar a otro, implica realizar una acción motriz: acometer un viaje. Cuando este se realiza por afán y el placer de conocer nuevos lugares, algo que en otros tiempos estaba reservado a los estamentos de la sociedad pudiente, lo que conllevaba un alto grado de aventura, se ha convertido hoy, en el mundo globalizado, en otro bien de consumo, popularizándolo y convirtiéndolo en una actividad tasada, tanto en acontecimientos y emociones, como en excursiones extenuantes por programaciones estrictas en plazos y minimizados tiempos.

Observamos que el motor que mueve el mundo global contemporáneo se acelera al infinito para incrementar el beneficio económico y para ello, insistentemente, crea nuevas necesidades de consumo, que incorporamos en todo momento a través de los extensos medios de comunicación, propagados cada día con mayor y más afinada publicidad. Así es necesario sentirse jóvenes porque hay que retrasar nuestra propia finitud para apurar nuestro tiempo de vida en logar consumir más, por encima de las propias posibilidades existenciales.

Analizar la movilidad derivada de la multitud de desplazamientos necesariamente implica discernirla como un fenómeno que abarca infinidad de escalas, que deben contemplarse al unísono, si se propone como objetivo dar respuesta satisfactoria al ordenamiento del hábitat contemporánea extendido en la actualidad en el conjunto del Planeta Tierra.

Pero en esta ocasión nos limitamos a centrarnos sobre la experiencia que vivimos estos días de confinamiento domiciliario. De repente, a golpe o porrazo, ha aparecido un nuevo modo de moverse que calificaría de La Inmobilidad Necesaria.

Para la inmensa mayoría de los pobladores de la Tierra consiste en aquella que podamos ejercer con el desplazamiento de nuestro propio cuerpo en un área o recinto limitado, y, en condiciones generales, ceñida a nuestro propio hogar. ¡Los tiempos de los desplazamientos se han reducido drásticamente, acercándose a niveles de excelencia!

Claro que lo positivo de esta experiencia sería aún mayor si nuestra casa fuera un recinto que poseyera además de los techados, un inmenso jardín, como poseían los palacios. O un jardín, o un jardincito. O una azotea jardín o una simple azotea, por donde vemos deambular a los vecinos que habitan en los bloques de piso cercanos, ejercitándose y saludando en la distancia, quizá por primera vez.

En nuestras culturas meridionales, un patio: un trozo de cielo abierto en medio de nuestra casa. Y ello es necesario porque se introduce el exterior, la naturaleza, fuente de energía benéfica, dentro de la naturaleza creada por el ser humano para existir como el buen lugar para la vida: el hogar.

Por eso, a falta de estos recursos particulares, la casa, la vivienda, debe extenderse a las afueras, lo que se logra si en su entorno existiera un espacio al aire libre en el que poder desplazarse con los medios motrices del propio cuerpo. Esto es un lugar donde esté presente la naturaleza, necesariamente, introducida en el contexto común y humano de los otros moradores adyacentes, tomaría la expresión de jardín urbano.

Jardín como todas aquellas interpretaciones de la naturaleza que trata de lograr que el espacio habitable se prolongue en el ambiente natural. Y urbano porque abarca tanto la casa como los equipamientos y espacios públicos, las plazas, alamedas, calles sin tráfico,… comprendiendo pues, el ámbito de la vida privada y de las relaciones sociales.

Se constituiría así otra entidad que sería la casa común, donde el beneficio sería disponer de un territorio naturalizado para el encuentro y la práctica de actividades socializadoras. Lo privado y común en recintos donde practicar la Inmovilidad Necesaria.

Entonces emergería un nuevo significado del tiempo, en el que ya no sería visto únicamente como un factor productivo, un valor de cambio, sino que recuperaría su cualidad humana, siendo un valor de uso, y lo entenderíamos como José Luis Sampredro: el tiempo no es oro, el tiempo es vida, porque la vida es eso, ser felices mientras se disfruta del tiempo.

Ahora emplearíamos el preciado tiempo ganado en caminar sin prisa por nuestro entorno vital y a la vez por el anchuroso mundo, en su historia, contemporaneidad y aventurar sus posibles futuros, que la comunicación digital nos dispone lejos y en la mano.

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