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Tribuna

Abraham barrero ortega

Profesor titular de Derecho Constitucional

El máster como don o regalo

Hay que reaccionar frente a la mala política, acotarla, marcar los límites de ciertos espacios que no admiten aprovechamiento partidista

El máster como don o regalo El máster como don o regalo

El máster como don o regalo / rosell

El trasiego de cargos, favores y beneficios entre una universidad pública y, tomando prestada la expresión de Varela Ortega, sus amigos políticos admite muchas lecturas. Quisiera abundar en una que liga favor y poder de influencia, patologías partidistas y escasa calidad democrática.

Marcel Mauss publicó, en 1925, Ensayo sobre el don, una obra en la que pone de manifiesto que donar o regalar hace excelso al donante y crea una obligación inherente en el donatario de devolver el obsequio. El regalo establece fuertes relaciones de restitución de los afectos o beneficios recibidos, protección y asistencia mutuas.

Los partidos son actores políticos que desempeñan funciones esenciales en democracia. No los únicos actores políticos, pero sí muy relevantes. Por eso conviene hacer frente a la mentalidad antipolítica. A pesar de la crítica a los mecanismos de representación y a los partidos, no hay que dejar de apreciar la democracia y el cauce partidista. Sólo la política democrática puede evitar que los excesos a que siempre se predispone el poder sean controlables. Y sólo a través de ella cabe reaccionar ante los poderes salvajes brillantemente teorizados por Ferrajoli: esas fuerzas privadas incontroladas al margen de la autoridad de un concreto Estado, en expansión debido a la globalización y a la tendencia actual de desmantelamiento de la esfera pública. Es decir, fuerzas paralelas al quehacer democrático que limitan y hasta contrarían la soberanía derivada de las decisiones de los ciudadanos en las urnas.

Ahora bien, conviene revisar la política y los partidos para defendernos frente a su excesivo poder o, si se prefiere, un ejercicio desviado de ese poder. Hay que reaccionar frente a la mala política, acotarla, marcar los límites de ciertos espacios que no admiten aprovechamiento partidista.

En palabras del profesor Blanco Valdés, tenemos una clase política de calidad manifiestamente mejorable y las posibilidades reales de que la situación mejore son escasas, pues ello no depende de la mejor o peor intención de las personas, sino de la estructura de selección de las élites políticas. Estructura que funciona con arreglo a unas leyes que tienden a seleccionar a los políticos, salvo honrosas excepciones, con criterios opuestos al de sus capacidades. La falta de cualificación profesional tiene, además, como consecuencia una ciega obediencia de quienes no están dispuestos a jugarse el puesto, a la vista de la extraordinaria dificultad de encontrar una alternativa profesional para el caso de que se vean obligados a dejar la política. La inversión del proceso de selección de las élites por parte de los partidos tiende a producir no sólo efectos muy disfuncionales sobre la dinámica del sistema democrático, sino también efectos que pueden llegar a ser devastadores sobre los comportamientos de los líderes políticos. Comportamientos que, a su vez, se traducen en una degradación de la política. Políticos autistas, alejados de la realidad, reacios a asumir responsabilidades, y unos partidos políticos en crisis como certifican las cifras de afiliación.

Por otra parte, es evidente la patrimonialización por los partidos del nombramiento de altos cargos del Estado. En ocasiones los partidos nombran altos cargos con independencia de la capacidad técnica o preparación profesional. Se prima la lealtad, y hasta el favor, el don, sobre cualquier otra circunstancia. Es complicado encontrar una institución que quede a salvo de la apropiación e instrumentación por los partidos. Los partidos abusan de una posición dominante. Resulta indispensable desandar el mal camino transitado y esforzarnos por recuperar líneas reconocibles de la separación de poderes. La auténtica regeneración hace imprescindible un cierto repliegue de los partidos.

No se olvide que la idea que subyace a la creación de órganos independientes e instituciones autónomas es la de desvincular de la política cotidiana, que se sustancia en las instituciones democráticas (Gobierno y Parlamento), la gestión de determinadas políticas públicas que, por distintas razones, se considera que deben permanecer ajenas a las vicisitudes de la política partidaria. Pero no de la política en sí, porque no hay ni puede haber ninguna política pública que carezca de una dimensión intrínsecamente política. Lo que se persigue es una cierta neutralización partidaria (no política en sentido amplio) de determinados ámbitos de gestión pública. Borges decía que los políticos no debieran ser personajes tan públicos.

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