Rota ha entrado en guerra! fue una novela de Luis Solana, hermano de quien ocupó la secretaría general de la OTAN, Javier Solana, y cuya figura nos traslada a otro tiempo: el tiempo de la apariencia de la negociación occidental protocolaria que ha sido fulminado por Donald Trump con una mezcla de ahínco y desdén. Publicada a mitad de los ochenta, la trama de este título solanesco convertía en vecinal, en físico, el terror de la Guerra Fría. ¡Rota ha entrado en guerra! giraba en torno a un ataque ruso a la base estadounidense con consecuencias devastadoras en Andalucía.
La capacidad autodestructiva del mundo ha ido en aumento. El Acuerdo de No Proliferación de Armas Nucleares, como tantos otros marcos de contención pisoteados por el trumpismo, venció hace unas semanas. Ya durante su primer mandato (2017-2021), el actual presidente había abandonado el tratado de Armas Nucleares de Rango Intermedio.
Tras la caída del muro de Berlín y la extinción de la URSS no menguaron los riesgos. Tampoco recientemente ha aumentado la sensatez de los amos del mundo pero, desde los años noventa en adelante, la narrativa de la devastación del globo y la extinción de la Humanidad quedó excluida de los asuntos populares: El Día Después ya no era tanto una película distópica si no un programa que se emitía los lunes para comentar lo sucedido en la jornada de Liga.
La base aeronaval, que se extiende entre carreteras secundarias y límites locales, es un apéndice estadounidense que podría ser Kansas u Oklahoma, un injerto en lo que alguna vez, queremos creer, fue tierra de viñedos con puertas al mar. En Rota, hoy, hay restaurantes modernos, como Little John, que maridan rotundas hamburguesas con vinos de la tierra. Por ese rincón entraron los discos de Jimmy Hendrix y, como si fueran seres extraplanetarios, los militares norteamericanos socializaron y, algunos, tanto socializaron que acabaron formando familias en el entorno que siendo nudo de defensa, igualmente es objetivo de los enemigos estadounidenses. Tras el ataque militar a Teherán, este miedo frío de otra época ha vuelto a asentarse aquí. Hoy la prensa española publica artículos en los que se sugieren los lugares más seguros de la Península y las islas en caso de que estalle la Tercera Guerra Mundial. A diferencia de la década de los ochenta, ahora el andaluz vive consumiendo decenas de vídeos ridículos o memes, incluso sobre las consecuencias más inquietantes de una guerra que (solo) ha empezado. Trump es el creador de esa política comunicativa, basada en robar la atención y una vez conseguida, maniobra para lograr objetivos: los posicionamientos de los estados, incluido el nuestro, se diseñan sobre lo que Trump ha ejecutado previamente. Hace apenas siete meses, Washington dio por cercenados los riesgos de Teherán; ahora, el conflicto se extiende, imprevisible. En estas circunstancias, el presidente Sánchez se ha encomendado a la lírica vacía y a los deseos compartidos de paz. Gracias a sus balsámicas palabras, ha cundido el sosiego, qué decir ya de la posible interrupción del tráfico mecantil en el estrecho de Ormuz, de la extensión del terrorismo, del destino de cientos de españoles atrapados en el extranjero por el conflicto y de la posibilidad, aireada en el Capitolio, de que Teherán posea misiles intercontinentales. Así está el mundo, pero nuestro Gobierno nos explica que es posible comer la sopa con tenedor.
La lógica sanchista ha visto una oportunidad en esa sobreactuación moral, sabiendo que el objetivo es publicitar, con intenciones electoreras, la firmeza para impedir el uso de instalaciones españolas contra Irán. Los vuelos estadounidenses desde Rota o Morón de la Frontera son constantes, aunque los pilotos tengan que usar bases intermedias de Italia o Turquía. El alegato moral viene incluido de serie.
Ahora la pregunta es: ¿Qué va a hacer la autoridad a la que pagamos para protegernos y sostener la economía ante mayúscula incertidumbre?