El Tigre de Umbrete se retira

Bartolomé Arcos, dentro de la barra, posa junto a Ismael Yebra (en el centro), fiel cliente y amigo.
Ismael Yebra / Umbrete

18 de septiembre 2009 - 05:01

Escuché decir en una ocasión a don Diego Angulo que la obra de arte, como objeto en sí, es perecedera. Una vez sometida a múltiples restauraciones, no siempre afortunadas, deja de ser auténtica para convertirse en un sucedáneo. Si admitimos que moda es lo pasajero y arte lo que permanece, nos resultará más fácil entender qué es arte y quién es artista. El artista tiene su tiempo. Su obra artística es la que permanece. De los pocos artistas que en el mundo han sido, yo conozco a uno: Bartolomé Arcos, más conocido como el Tigre, no el de Cantillana, sino de Umbrete.

Lo intentó Bartolo en el mundo del toro y queda constancia gráfica de ello, pero los artistas son seres especiales que no se encuentran a gusto en cualquier sitio. De sus novilladas por los pueblos del Aljarafe, el recuerdo de aquella tarde en la Pañoleta en la que un novillo criado con Pelargón le hizo comprender que aquello no merecía la pena. Desde entonces repetía dos de sus más celebradas máximas: el toro pone a cada uno en su sitio… Y la más cruel: en el mundo del toro, el único que tiene vergüenza es el toro. Se dio cuenta a tiempo de que más valía cambiar de plaza. Su viejo oficio de pocero no iba con los tiempos. Con permiso de la autoridad, el tiempo no impidió que abriera una tasca en la cochera de su casa. ¿Para qué servía la cochera si no tenía coche ni carné de conducir? Allí, con suelo cementado, paredes en ladrillo sin enfoscar, sillas de plástico y un mostrador de los que dan de propaganda a las casetas de feria, comenzó su aventura gastronómica. El que siempre había sido el guisandero de reuniones de amigos, sin necesidad de máster alguno, se convirtió en lo que ahora llaman restaurador. Tras un comienzo de pavías de bacalao, calderetas y cabrillas, la oferta fue derivando a champiñones con jamón, coquinas, arroz con paloma o perdiz y huevos rotos, hasta alcanzar la apoteosis de sus almejas en salsa o los postres ya perdidos de melón o naranja con meloja.

El local, entretanto, iba cambiando en aspectos decorativos: infinidad de carteles taurinos, fotografías de amigos y famosos que frecuentaban el local, cabezas de toros y cuernas de venados, carteles con fotografías de tigres, fotos del camino del Rocío, guitarras viejas, esculturas entrañables de escayola del artista local el Niño Paca… y toda clase de objetos y cachivaches que el donante considerara digno de figurar en el local. Ante tan peculiar enfoscado, el ladrillo de la cochera era difícil de ver y el sabor del local fue en aumento.

Pero la felicidad no dura por siempre. A los artistas, como seres humanos que son, también les llega el momento de la retirada. La falta de su peón de confianza, Camilo, a causa de una inesperada cornada de evolución rápida y fatal, le hizo pensar en una no muy lejana retirada. Y esta ha llegado en plena temporada, en agosto. No todo el mundo es capaz de retirarse de manera digna. Hata aquí ha llegado la cosa y se acabó. No como aquellos que se van despidiendo plaza por plaza, pueblo por pueblo, como si fuesen recaudadores de Hacienda o empleados circenses.

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