suicidio | testimonios

Evitar el punto final es posible

  • Afectados y familiares de enfermos mentales tocados por la mano del suicidio narran sus experiencias para visibilizar el problema y finiquitar los estigmas

“Cuando una persona se suicida o lo intenta no es que quiera poner fin a su existencia sino a su sufrimiento”. El que habla es Blas García, director de Afemen (Asociación de familiares y personas con enfermedad mental), con quien nos reunimos en la sede principal de la provincia ubicada en Jerez, junto a un grupo de personas tocadas directamente por la fatídica mano del suicidio que nos cuentan que evitar el punto y final es posible.

Se trata de Jaime, un chico con 33 años que hace 8 años comenzó un tratamiento tras una fuerte crisis que le llevó a la idea de tirarse por la azotea en un impulso que paró a tiempo porque su madre no encontró las llaves; su cuñado, José Manuel, que viene para compartir su experiencia desde el otro lado; Esther, madre de una joven de 21 años que hace tres años intentó quitarse la vida, primero con pastillas y luego con una soga al cuello y que afortunadamente puede contarlo porque se percató de que algo pasaba. Y Manuel Martínez Hernández, presidente de la Asociación, padre de un joven ya recuperado de 43 años que hace más de 20 no pisa un hospital.

Entre todos crean un perfil algo desdibujado “porque cada persona es un mundo”, enumeran las señales con las que estar alerta, subrayan la maldita estigmatización, los porqués sin respuestas, destierran aquellos mitos que la sociedad da por sentados y dejan muy claro el objetivo de esta entrevista: “Queremos visibilizar este problema porque el suicidio es un problema de orden público, es la primera causa de mortalidad no natural”, confirma Blas García, argumentando que tan sólo en un año en España -2016- se han producido 3.569 y por cada uno de los suicidios consumados hay otros 20 intentos. Acompaña a estos datos que en el 90 por ciento de los casos, detrás del suicidio hay un trastorno mental. Y que el riesgo se multiplica por 20 cuando existe una depresión, por 15 cuando hay trastorno bipolar, por 30 con anorexia, en 9 con ezquizofrenia y hasta en 85 cuando se consumen tóxicos. Además, “uno de los principales predictores de intento de suicidio -que pueden ser por impulso o de forma premeditada- es que haya otros intentos antes, a lo que se suma el componente genético”.

De ahí la verdadera necesidad de trabajar a distintos niveles, como el preventivo, sobre el usuario, la familia y el entorno social, a nivel de concienciación y sensibilización.De esto sabe mucho Esther, que ha pasado por muchas de las etapas de este largo y fatídico camino que comenzó a recorrer sin tener una ligera idea de las consecuencias de una enfermedad mental “porque al principio no te das cuenta”. El caso de su hija Patricia viene de lejos, “lleva en el psicólogo desde los 13 años porque pensaba que no la aceptaban en el instituto, todo le afectaba más que a cualquier otra chica de su edad”. Desde entonces acudía a tu terapia, “pero la crisis gorda dio la cara con 17 y a los 18 ya explotó”, narra con la admirable entereza de una madre que hasta dejó el trabajo para centrarse en lo más importante, que su hija se quedara con ellos.

Esther se traslada a aquellos días “cuando no quería ir al instituto, ni salir de casa, se llevaba en la cama todo el día, no quería comunicarse con la familia, quería estar sola, y claro, ya vienen las discusiones, el tú no me entiendes, el es mejor que me vaya y os quedáis tranquilos, el me quiero morir...”. El diagnóstico fue trastorno de inestabilidad emocional, “pero ni siquiera su psiquiatra pensó que derivaría en el intento de suicidio”. Ni en su peor pesadilla imaginaba que empezarían los pequeños cortes en los brazos “que era como una manera de dejar salir el dolor, de sentirse viva”, las pastillas y hasta la horca. Palabras muy duras, pero con mensajes preñados de mucha fortaleza, de quien ha conocido y manejado la situación hasta el punto de brindar algunas pautas. La primera, estar alerta, dar mucho cariño, tener mucha paciencia y conocer las herramientas que te ayuden a detectar que “algo anda rumiando, como me dijo mi psiquiatra”, pues en la mayoría de los intentos dan señales previas, y “por supuesto seguir el tratamiento y la terapia que es muy importante”, dice Manuel Martínez.

Jaime da fe de todo esto, pues sin su familia no estaría en el punto en el que está, el de haber aceptado su enfermedad -está diagnosticado de un trastorno ezquizoafectivo-, y el de querer retomar su vida de antes. “Lo primero que tienes que hacer cuando empiezan estas ideas es contarlo”, aunque él bien sabe que al principio no fue así, porque simplemente no pensaba que tuviera ninguna enfermedad mental. “Empecé a tener delirios, creía que todos estaban en mi contra, que me investigaba la Guardia Civil, empezaron los enfados con mis amigos, perdí a muchos...”. Porque, claro, uno de los grandes problemas es que “la sociedad no lo comprende”, debido a la “estigmatización tan arraigada que durante siglos ha acompañado a los enfermos mentales”. Y se alejan los amigos, te miran de otra manera, se pierde el trabajo –el propio Jaime obtuvo una incapacidad–, todos te miran desde el prisma de la enfermedad, y es cuando el coordinador de Afemén hace la pregunta del millón: “¿Cuánto de la situación de una persona con enfermedad mental es debido a la sintomatología de la enfermedad y cuánto a las limitaciones que provoca el entorno?”. José Manuel, cuñado de Jaime dice que desde fuera la percepción es distinta, “se les tachan de vagos” y que hasta que no conoció en profundidad la problemática de Jaime a través de su mujer “no fui consciente, de hecho, discutimos previamente y no sabía que le influiría tanto”.

Porque es que ocurre una cosa, añade Blas, “que Jaime es una persona, que tiene su vida, sus aficiones, sus metas, Jaime es sustantivo y su enfermedad es un adjetivo, pero no todo lo que hace está tocado por su enfermedad porque no siempre está en crisis”, y esto es algo en lo que hay que trabajar duro.El panorama es complicado ante la falta de un plan estatal o autonómico preventivo que ahonde en la concienciación y sensibilización. “No podemos olvidar que el 75 por ciento de los casos de enfermedades mentales aparecen antes de los 18 años y hay que atajarlo en los institutos y los colegios”.

En la provincia, se realizan programas de prevención de suicidios y detección de signos en institutos de Puerto Real y Chiclana a través de la Unidad de Gestión Clínica de Salud Mental, pero son dos actuaciones puntuales. Por este motivo desde las asociaciones y Salud Mental “pedimos un plan de prevención de suicidio a nivel nacional y que se actualice la estrategia, pues la actual es de 2006”. En el caso de Andalucía está previsto la puesta en marcha de este plan de prevención “pero aún está en pañales”.Mientras, todos los esfuerzos son pocos y muchos a la vez. “Cuando hay síntomas se trabaja desde un doble punto de vista, la propiamente sanitaria con los servicios de salud mental y los servicios de apoyo social en los que se trabaja el ámbito ocupacional, formativo, laboral, de ocio y tiempo libre”. Ahí juega un papel vital Afemén, implantado en 13 municipios gaditanos, donde atienden a 300 usuarios más los familiares, otros 400. “Gracias a ellos tengo un objetivo en la vida, haciendo talleres y tengo amigos dentro”, reconoce Jaime.

Él sigue luchando por dominar las herramientas que mantengan bien lejos la fatídica idea de poner punto y final. Él quiere puntos suspensivos y por eso anima a contarlo, a tus padres, a algún amigo, a acudir a los centros especializados, como son los centros de salud mental (abiertos hasta las 15.00 horas cada día laborable) y a las asociaciones que como Afemén alivian la situación, la de poner fin al sufrimiento para tomar el pulso a la vida.

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