Antonio Zoido | Director de la Bienal de Flamenco de Sevilla “¡Que alguien me diga que las sevillanas que canta Camarón no son flamenco!”

  • Filósofo de formación, taurino de afición y meridional de condición, ha dedicado su vida y obra a la gestión pública y al estudio de la cultura tradicional andaluza

Antonio Zoido, junto a la Torre de Don Fadrique. Antonio Zoido, junto a la Torre de Don Fadrique.

Antonio Zoido, junto a la Torre de Don Fadrique. / Juan Carlos Vázquez

Antonio Zoido Naranjo (Monesterio, Badajoz, 1944) ha dedicado su vida a la gestión pública y al estudio de la cultura tradicional andaluza. Taurino empedernido que ejerció durante muchos años de guardián del portalón de arrastre de la Plaza de la Maestranza, hombre que presume de formación generalista y personaje cabal y genuinamente meridional, a su pluma se deben libros como ‘La Virgen de los Reyes y el pueblo de Sevilla’ (1995), ‘Ni Oriente ni Occidente. Viaje al centro de la cultura andaluza’ (1998), ‘Doce teorías para Sevilla’ (1999) o ‘La Prisión General de los Gitanos y los orígenes de lo flamenco’ (1999), entre muchos otros. Antiguo militante antifranquista con pedigrí (más de tres años en chirona) e impulsor de la Fundación Machado, actualmente es director de la Bienal de Flamenco de Sevilla, cargo que desempeña con la sensatez serrana que le caracteriza. Licenciado en Filosofía por las universidades Gregoriana de Roma y Complutense de Madrid, Antonio Zoido colabora en diferentes medios de comunicación.

–César Rufino lo llamó el “sabio de Monesterio”. La verdad, tiene pinta de filósofo presocrático.

–Precisamente estudié Filosofía. Lo que más me gustaba era la filosofía de la historia, poner a los pensadores en su contexto. Siempre me ha atraído comprender cómo y por qué funcionan cada una de las partes del mundo. Eso te da una cultura general. Yo no soy especialista en nada. Una vez me hice una tarjeta que ponía: “Antonio Zoido. Especialista en Asuntos Generales”. Cuando era estudiante trabajé en una mina y lo que me interesaba, sobre todo, era comprender cómo todo respondía a un plan general: los caminos, la chimenea, los talleres...

-¿Una mina? Trabajo duro.

-Sí, en Asturias, en Pola de Laviana. Estuve en verano de ayudante de picador para sacar dinero. Entraba todos los días. Se ganaba muchísimo más que en cualquier otro empleo. Otro verano trabajé en Barcelona de repartidor de Coca-cola.

–Usted procede de la sierra del sur de Badajoz, casi Andalucía.

–Las provincias se hicieron como se hicieron. Influyeron mucho los intereses de unos y otros. Se cometieron muchos errores. Por ejemplo, la provincia de Sevilla hubiese quedado mucho mejor dándole una salida al mar por Sanlúcar. De hecho, nos pongamos como nos pongamos, aquello es de cultura sevillana... Y el Faro de Chipiona es del Puerto de Sevilla... Pues lo mismo ocurre en el sur de Badajoz. Una vez pasas mi pueblo, Monesterio, cuatro o cinco kilómetros después, se acaban las encinas y ya no aparece una más hasta que pasas el Guadiana. Quiero decir con esto que Monesterio es, en realidad, de la Sierra de Huelva. Jabugo está en una cara y Monesterio en otra, pero es la misma sierra.

–Su hermano Florencio, el geógrafo, me contó sus buenos recuerdos infantiles de la dehesa. ¿Usted los comparte?

–Yo he vuelto menos que mi hermano. Cuando era muy joven se abrió un colegio religioso en Fuente de Cantos. Fui de la generación que lo construyó. Al principio no había nada, sólo la casa que una señora había regalado a los Padres de la Preciosa Sangre. Hicimos todo a pico y pala, incluso el csampo de fútbol.

–¿Fue usted seminarista con ellos?

–Sí. En aquellos tiempos, los curas de esa congregación habían estudiado en Alemania o eran alemanes. Eran progresistas y muy abiertos, gente que venía de estar muy en contacto con el protestantismo. Te dejaban hacer lo que quisieras. Estudié Filosofía en Roma y viví en la casa del fundador, Gaspar del Búfalo.

–¿Pero llegó a ordenarse?

–No, nunca lo tuve muy claro. Me atraía irme a las misiones de África o Brasil, pero en Italia ya empecé a tomar contacto con gentes de partidos de izquierda. Eran los años del Concilio y yo me llevaba muy bien con el padre jesuita Díaz-Alegría, que daba clase en la Gregoriana. Incluso organizamos un curso extraoficial en castellano sobre doctrina social de la iglesia. Nos lo cerraron a las pocas clases, porque tuvo mucho éxito y la embajada española protestó. Ahí nací como militante de izquierdas.

Cuando hablamos de proteger tradiciones, hay que distinguir las cosas importantes de las tonterías

–¿Y por qué regresó a Sevilla?

–Porque mi familia se había trasladado aquí. Me vine a Sevilla mientras convalidaba la carrera de la Gregoriana en la Complutense de Madrid.

–¿Y cuándo empezó a militar en el PSOE?

–Eso fue muchísimo más tarde. Yo empecé a militar en CCOO, donde llevaba la Comisión de Propaganda y Solidaridad. Me encargaba de la multicopista de la organización, de esconderla en diferentes sitios. También de llevarle el dinero a las mujeres o los padres de los presos. Eso fue por el 68-69. En el PSOE me metí cuando Felipe perdió las elecciones. Lo hice por cabreo, porque vi como abandonaba el barco mucha gente. Además, por coherencia, porque yo llevaba tiempo trabajando en la órbita socialista. Mucho antes, fui prochino –esas cosas, entonces, eran normales–, militante del PCE(i) –que luego fue el PTE– y fundador del SOC.

–Un genuino currículum de militante antifranquista. ¿Nunca estuvo preso?

–Sí. Estaba haciendo la mili y un consejo de guerra me condenó a cinco años y un día. Cumplí más o menos tres años, porque me beneficié de algún indulto y de la redención de pena por trabajo.

–¿Dónde estuvo preso?

–En el Castillo de Santa Catalina, en Cádiz.

–En el mismo sitio que Tejero.

–Exacto. Por allí pasó mucha gente, entre ellos el general Sanjurjo. Allí estaba su expediente completo y, de vez en cuando, me lo leía por curiosidad. También estuvo Giner de los Ríos, cuando lo echaron de la Universidad.

–¿Qué recuerdos tiene de Santa Catalina? Ahora es un museo.

–Estuve hace poco y lo han restaurado muy bien. Aquello era mucho menos cárcel que las civiles.

–¿Fue muy duro?

–Como en la mili, dependía del día, del sargento o el brigada que te tocase. Allí había sobre todo testigos de Jehová a los que su religión les prohibía hacer el Servicio Militar. Eran personas muy pacíficas, si les hubiesen abierto las puertas no se habrían ido.

–Por los menos las vistas eran buenas...

-Magníficas. Cuando salí estaba curtido por el sol.

–Fuera del tema político, ya en la Democracia, fue uno de los impulsores de la Fundación Machado, fundamental en el estudio de la cultura tradicional andaluza.

–Muerto Franco, en la Transición, se empezó a poner de relieve todo eso que ahora conocemos como rasgos identitarios. La Fundación intentaba poner en común todos los trabajos que se estaban haciendo sobre cultura tradicional andaluza. Veíamos que Andalucía tenía una gran riqueza en este sentido: un gran romancero, una artesanía muy importante, un ceremonial destacado... Eso sí, no había, ni lo hay, ningún prurito soberanista. Sencillamente queríamos poner en valor lo que Andalucía tenía. En parte, porque la situación penosa de nuestra región se debía a no haber sabido valorar nuestros rasgos.

Aunque existen expresiones mucho más jondas , me parece que Rosalía tiene una voz preciosa

–Es evidente que existen las culturas andaluzas, ¿pero podemos hablar de una cultura andaluza unificadora desde Almería hasta Ayamonte?.

–Sinceramente no lo sé. La vindicación de lo andaluz se empieza a hacer desde el exterior, en el siglo XIX. Cosas que aquí eran detestadas o tenían muy mala fama, como el flamenco, sin embargo representaban a España en el extranjero. Hasta la Transición, la cultura andaluza estaba creada más desde fuera que desde dentro. Aquí, en nuestra tierra, se hablaba más de una cultura granadina, cordobesa, malagueña... Como mucho de Andalucía Occidental u Oriental, pero no de una cultura andaluza. La burguesía andaluza, al ser muy poco potente, no se gastó un duro en elaborar la más mínima teoría cultural nacionalista, como sí pasó en tantos otros sitios de España y Europa. ¿Se imagina lo que hubiesen hecho los catalanes con las listas de los alfareros sevillanos del siglo XV que se encontró José Gestoso en el Archivo de Protocolos? Casi todos tenían nombres moros que se fueron castellanizando por el matrimonio o el bautizo... Pero en el siglo XIX, de alguna manera, sigue rigiendo el mito de la limpieza de sangre y nadie quiere tener sangre mora. Eso no interesaba, había que ser andaluz por rasgos como el toreo, el cante... Esta cultura andaluza no sirvió para crear una conciencia andaluza entre la gente, lo cual –según lo que se está viendo últimamente– no sé si es bueno o malo.

–En las negociaciones para la formación del nuevo Gobierno andaluz se ha hablado de la creación de una ley de protección de nuestras tradiciones. ¿Es necesaria?

–Nadie está contra la cultura andaluza, más allá de una minoría muy minoritaria que se pone delante de la Maestranza a increpar a los que vamos a las corridas de toros. Son gente con poca reflexión que han ido a rastras de corrientes que no son de aquí. Cuando hablamos de proteger hay que distinguir las cosas importantes de las tonterías. Por ejemplo, no se puede dar la misma importancia a las artesanías suntuarias, que en Andalucía se han conservado muy bien gracias a las liturgias de la religiosidad popular, que a un pregón. En el 92 estuvimos estudiando la posibilidad de exponer en el Metropolitan de Nueva York productos de los talleres sevillanos. Estaban a partir un piñón, pero llegó la crisis postexpo y aquello quedó en nada.

–¿Y el flamenco?

–Ahora mismo, los grandes embajadores de España son Israel Galván, Rocío Molina, María Pagés, Eva Yerbabuena, Farruquito, Rocío Márquez, Arcángel... Su trabajo se recoge en el extranjero como un fenómeno contemporáneo. No lo reciben como algo folclórico, sino como una música con raíz absolutamente actual. Eso aquí no se entiende.

–La Bienal de Sevilla, de la que usted es director en la actualidad, es quizás uno de los eventos andaluces con más proyección.

–Porque se ha convertido en el arquetipo del gran evento flamenco. Gracias a ésta ha nacido una bienal en los Países Bajos, otra en París... Por diversos motivos, cuando llegó la Transición, el flamenco se había convertido en un rasgo identitario de la ciudad. La Bienal y la Democracia nacieron prácticamente al mismo tiempo. Luis Uruñuela fue alcalde en abril de 1979 y un año después se hizo la primera Bienal. Sevilla fue el lugar donde se empezó a considerar el flamenco como un arte.

–¿Purista o moderno?

–Como todas las artes, el flamenco debe tener un corpus clásico y una renovación. Los puristas no consideran al flamenco un arte, sino folclore. Desde su nacimiento, el flamenco nunca fue folclore, aunque sí estuvo a su lado. Era un arte aparte, muy libre, que nace en Cádiz vinculado a sectores muy marginados de la sociedad. Lo que pasa es que el flamenco es un gran colonizador y se lo va comiendo todo. La prueba de que no nace como un folclore es que Don Preciso, el padre del folclorismo español, en el prólogo de su Colección de las mejores seguidillas, tiranas y polos que se han compuesto para cantar a la guitarra , dice: “Ojo, esto que recojo no son esas cosas que cantan a gritos alguna gente mientras se rasgan las camisas”, en una clara alusión al flamenco. El flamenco, insisto, es un arte y como tal se mueve.

–¿Qué le parece Rosalía?

–Es un fenómeno más de los muchos que ha dado el flamenco. El problema es que la polémica se ha mezclado con lo de la catalanofilia y la catalanofobia. Aunque existen expresiones mucho más jondas, me parece que Rosalía tiene una voz preciosa. ¡A ver si ahora va a poder bailar flamenco una japonesa y no va a poder cantar una catalana!

–Pero hay mucha música aflamencada que no es flamenco...

–Eso ha sido siempre así. Y yo no podría una frontera tan dura. Depende mucho de quien cante y cómo lo cante. ¡Que alguien me diga que las sevillanas que canta Camarón en la película de Saura no son flamenco!

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