Christina Linares | Editora y traductora “Los libros llevan abriéndome puertas toda la vida”

  • Su incansable labor de recuperación de las escritoras de la Generación del 27 la ha hecho merecedora de los premios Meridiana y Sevilla Territorio de Igualdad

Christina Linares, en Macao Christina Linares, en Macao

Christina Linares, en Macao / Antonino Clemente

La pasión por los libros de Christina Linares es una enfermedad genética. No podía ser de otra manera teniendo como padres a Abelardo Linares y Marie Christine del Castillo-Valero. El primero es uno de los poetas, libreros y editores más peculiares e importantes de la koiné hispánica. La segunda, además de ser una pieza fundamental de la editorial Renacimiento, es traductora de la autora surrealista Valentine Penrose. Dicho cóctel de ácido desoxirribonucleico dio como resultado esta editora y traductora, flor nueva de la sangre de Gutenberg. Como editora, actualmente es la directora comercial de Renacimiento, la empresa familiar a la que ha aportado, además del empuje de la juventud, la indagación y recuperación de las injustamente olvidadas autoras de la Generación del 27, las ya conocidas como ‘Sinsombrero’. Su entrega a esta labor (sobre la que no queda ninguna duda tras una semana intercambiando llamadas, whatsApp y correos,) llevó a que un amigo la bautizase como ‘Ladytora’ y profetizase que iría a las presentaciones más glamurosas con tocados en forma de libros (algo de lo que todavía no hay constancia). La segunda faceta, la de traductora, es una consecuencia lógica de su pasión lectora y de su formación académica en la doble licenciatura de Filología Francesa e Inglesa. Entre sus trabajos, destaca la traducción de ‘Memorias de un Recluta de 1808’, de Louis François Gille. Mujer joven (nació en 1989) y activamente feminista, fue merecedora el año pasado del Premio Meridiana por la ya citada recuperación de autoras del 27 y, el pasado 17 de marzo, iba a recibir el premio Sevilla Territorio de Igualdad, acto que quedó aplazado por el estado de alarma. Todo se andará.

–Perdone que empiece preguntándole por otro, pero ¿conoció a José Carlos Cataño?

–Sí, era un gran escritor, le publicamos las memorias, le organicé presentaciones y éramos amigos en Facebook pero lamentablemente no llegué a conocerlo en persona. Su muerte fue muy inesperada.

–A mí el confinamiento me ha servido para descubrirlo, aunque evidentemente tarde. Abrí su ‘De rastros y encantes’ y comprendí que, para mí, iba a ser un libro importante. Me imagino que usted también habrá tenido muchas vez esa sensación.

–Los libros llevan abriéndome puertas toda la vida. Antes de aprender a leer ya me abrieron puertas, antes siquiera de tener consciencia, de nacer, por venir de donde vengo, porque mis padres también son quienes son por los libros. Se lo debemos todo a los libros. Siempre he vivido rodeada de libros, recuerdo los de Guillermo Brown que mi padre conservaba de su infancia, a mi tía que me leía las travesuras de Matonkikí antes de dormir y yo soñaba con ser su amiga; a mi madre, haciéndonos aprender de memoria a mi hermano y a mí las fábulas de La Fontaine los veranos en Francia a la hora de la siesta.

–A los pedagogos de ahora no les gusta la memoria.

–Cuando en el colegio nos hicieron aprender de memoria Recuerdo infantil de Machado yo me enamoré de La tierra de Alvar González, era ese el que me quería aprender de memoria y no el de los niños. Recuerdo descubrir a Salinas y emocionarme, a Borges y encontrar nuevas puertas, nuevos mundos. Leer todo lo que encontraba de Roald Dahl, descubrir sus hazañas, su vida me era tan familiar que era como si fuera un pariente mío.

–Las lecturas son también ritos de paso, marcan nuestro tránsito a diferentes etapas de la vida.

–Para mí fue un proceso natural pasar de los cuentos infantiles a los relatos más adultos. Llorar con el Cuento de un perro, de Mark Twain, y con Samuel, de Jack London; estremecerme con los inquietantes cuentos de Saki, los relatos de Chaves Nogales, el estilo único de Stefan Zweig, anotar cada página, Cortazar, Chesterton, Sand y Musset... de joven era muy tímida y me pasaba los recreos leyendo, las tardes enteras. los dos meses de verano bajo la sombrilla. Leí Obediencia a la autoridad de Stanley Milgram justo a los 18 y me impactó. Devoré el Diario de una mujer de Octave Feuillet, descubierto en un rastro. También Rojo y negro, Le roman de la Rose, Le roman de Renart, Esperando a Godot en la carrera, inolvidables a pesar de los años.

–¿Tiene predilección por algún género?

–Quizás lo que más me ha marcado en la vida han sido las memorias. Infancia de Tolstói relatando la muerte de su madre. Dahl en África, de aviador, Gwen Raverat, nieta de Darwin y su infancia en Cambridge, Memoria de la melancolía, completamente anotado, subrayado, llorado; las memorias de Concha Méndez, las de Mercedes Núñez Targa...

Cuando lees un libro en el momento justo se hace la luz. Es como enamorarte y ser correspondido

–Imagino que, por su trayectoria, habrá prestado atención especial a la literatura escrita por mujeres.

–Sí, también me han marcado los testimonios de las mujeres del 27, sus novelas, con tanta verdad en ellas, tanto de lo vivido, todas ellas. Recuerdo hace años leer Alba Grey. Mi padre había comprado en la librería París-Valencia una edición de Castalia del 92, con un magnífico cuadro de Tamara de Lempika en la portada. Me cautivó. No comprendía cómo nadie conocía a Elisabeth Mulder ni por qué yo no la había estudiado en el colegio. Y luego llegaron Carnés, Mada Carreño, la Xirgu, Fortún, Ras, Lejárraga, Formica... Para mí fue el despertar de un letargo, una toma de conciencia. Un descubrimiento maravilloso.

–A veces parece que los libros llegan cuando uno los necesita. Por eso se les guarda eterno agradecimiento.

–También es importante el momento. Creo de verdad que cuando lees un libro en el momento justo se hace la luz. Es como enamorarte y, además, ser correspondido. Recuerdo hace unos veranos superar el duelo de una amistad con Nubosidad variable. O mudarme a Italia leyendo El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, adentrarme en Leopardi, Dante y marcharme para siempre sin terminar Bomarzo. No quería que acabara. Bomarzo me cambió la vida, pasé mi vigésimosegundo cumpleaños en el parque de los monstruos, palpando las rocas con las que había soñado tanto. Lo cierto es que los libros me han acompañado toda la vida y es un alivio saber que lo seguirán haciendo siempre. Quizás el último que más me ha impactado es Cómo acabar con la escritura de las mujeres de Joanna Russ. Al leerlo todo cobra sentido, es un ensayo escrito hace 40 años y aún así tan vigente hoy en día.

–¿Que le ha enseñado su padre del oficio de editor?

–De niña, mi padre me hablaba durante horas solo en octosílabos, siempre estaba haciendo juegos de palabras y chistes, contando anécdotas históricas y de escritores. Puede ser muy sorprendente por su fama de serio pero mi padre en la intimidad es extremadamente divertido. En cuanto al negocio,mi padre me ha enseñado a lo largo de estos 30 años a tener criterio. No dejarme llevar por las masas, contrastar y leer, leer y leer. Al igual que Borges, solo ha alardeado de ser un gran lector. Trato de seguir sus pasos y de aprender cada día, para mí él es el epítome del conocimiento. Podría decirse que mi padre es el cerebro de la editorial pero mi madre es el alma.

–No me cabe la menor duda. Hábleme de ella.

–Básicamente me ha enseñado todo lo demás. Todo lo que sé y loque soy se lo debo a ella. El amor por las artes en todas sus formas.La pasión, la dulzura, el tesón, todo. Mi madre logró transmitirnos el gusto por hacer las cosas bien, la sed por aprender, el ansia de conocer, de ir más allá. Sigo sus pasos como traductora y nadie como ella sabe hacer portadas.

–Antes habló del ensayo de Joanna Russ. ¿Se ha ocultado interesadamente la literatura escrita por mujeres?

–Y la ciencia y la música y la pintura... No es una opinión es un hecho.

–Usted ha dedicado especial atención a las mujeres del 27, las ahora llamadas ‘Sinsombrero’ ¿fue la primera generación literaria femenina española?

–Y la más importante, de ella salieron grandes escritoras y periodistas que relataron su experiencia durante la guerra civil y el exilio. El título de Las Sinsombrero, acuñado por Tània Balló a raíz de una anécdota de Maruja Mallo, muestra que eran transgresoras hasta al caminar. Que Concha Méndez se paseara por Madrid con su mono de trabajo fue todo un escándalo en la época.

Las memorias de María Teresa León son, simplemente, una de las mejores de la literatura española

–¿Cuáles hay que leer y por qué merecen ser leídas?

–Por supuesto la ya mencionada Concha Méndez, tanto sus memorias como su poesía. Era divertidísima y no puedes no amar a Concha, es la abuela soñada, siempre hizo lo que le dio la gana. En su boda en vez de un ramo llevó un poco de perejil como toque surrealista. Memoria de la melancolía, de María Teresa León, son simplemente unas de las mejores memorias de la literatura española. Cómo salvó los cuadros del Prado durante la guerra, sus Navidades en el Pardo, su entrevista con Stalin, todo el libro es una joya, te lo pasas llorando y riendo a la vez. Tenía complejo de cola de cometa pero lo cierto es que brillaba con luz propia. Y por último Ernestina de Champourcín, tanto su poesía como su deliciosa única novela La casa de enfrente, una crítica a la educación de las niñas burguesas de principios de siglo con momentos desternillantes como cuando en el colegio de monjas la protagonista se obsesiona con una monja en concreto porque su bigote se parece al de su papá.

–Ahora está de moda decir que el futuro de la literatura es femenino. ¿Qué hay de verdad en esa afirmación y qué de tópico?

–Está de moda porque ahora mismo los libros de temática feminista tienen mucho tirón, pero cuidado con las obras contemporáneas prefabricadas y sin contenido de calidad publicadas rápidamente para aprovechar el filón. El futuro de la literatura debería ser la buena literatura. Y en el caso de Renacimiento me gusta pensar que lo es, como con las Sinsombrero, con ellas el futuro de la literatura proviene del pasado. Al ser recuperadas su obras olvidadas viven un... ¡Renacimiento!

–En general, la labor de Renacimiento ha sido decisiva en la recuperación de la literatura del exilio. ¿Es un filón ya agotado o todavía queda mucho por descubrir?

–Hay cosas por descubrir y cosas que recuperar. La edición de Benjamín Prado que saldrá cuando todo esto acabe de Memoria de la melancolía, de María Teresa León, no es un descubrimiento pero sí una recuperación necesaria y que muchos llevaban esperando demasiado tiempo

–Paralelamente a esta labor, Renacimiento también ha editado a autores ‘del otro bando’: Agustín de Foxá, Mercedes Formica, Salvador García de Pruneda... Como dice Trapiello en su monumental ‘Las armas y las letras’, son los que ganaron la guerra y perdieron la historia de la literatura. Aquí queda también mucho campo, ¿no?

–Claro, y si eran mujeres perdieron mucho más. El tiempo ha sido indulgente con Torrente Ballester o Dalí, no se cuestiona la calidad de sus obras. Y, sin embargo, con Formica no ha sido así y eso que sus memorias y sus textos sobre violencia de género son estremecedores y de una calidad literaria tremenda. Después del investigador Miguel Soler Gallo y del Catedrático de Derecho Constitucional y escritor Octavio Salazar yo soy su mayor defensora. Sí, fue falangista pero solo a los 23 años. El resto de su vida lo pasó siendo crítica con el régimen y luchando por los derechos de las mujeres. ¡Logró cambiar el Código Civil! Era la mayor enemiga de Pilar Primo de Rivera, ésta le censuró personalmente una novela. Quien a día de hoy la juzgue es solo por ignorancia, igual que a Victoria Kent. Adoro a Clara Campoamor, pero la historia ha sido muy injusta con Kent y con Formica. Las mujeres les debemos tanto... Deberíamos empezar por leerlas y luego formarnos una opinión. El prejuicio, al fin y al cabo, solo muestra falta de inteligencia.

Adoro a Clara Campoamor, pero la historia ha sido muy injusta con Kent y con Mercedes Formica

–¿Sigue siendo la traducción la Cenicienta de las letras o ha mejorado?

–Poco a poco cada vez se aprecia más la labor del traductor en España, pero queda mucho todavía. Aún algunos tienen que luchar por que su nombre aparezca en la cubierta, y eso que es algo que no cuesta nada al editor. Precisamente hace poco mi madre tradujo la obra reunida de una genial surrealista francesa, Valentine Penrose, con lo difícil que es traducir poesía, y más la surrealista. Además, no están pagadas las horas de investigación, documentándose, revisando una y otra vez... pues nada, no hubo manera de que a la traductora la mencionaran siquiera en ninguna de las reseñas salidas en los medios más importantes. ¡Como si el libro se hubiera traducido solo!

–Ahora se edita más y mejor que nunca. ¿Ve prometedor el futuro del sector en España?

–Hace un mes le habría dicho que claro que sí, pero en la situación actual... Ahora mismo tenemos que centrarnos en estar unidos y cuidarnos. Cuando todo esto pase solo espero que sobreviva el mayor número de librerías y editoriales porque son el pilar de la cultura. En estos momentos todo está congelado y con la llegada del verano esperamos ansioso el deshielo cultural porque no solo de Netflix vive el hombre...

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