Francisco Correal Naranjo | Periodista “Ya sólo dan los buenos días las prostitutas de la Plaza de la Mata”

  • Creador de un estilo propio, el ‘correalismo mágico’, es autor de centenares de crónicas y entrevistas con las que, a diario, retrata la ciudad de Sevilla en toda su riqueza humana

Paco Correal, durante la entrevista. Paco Correal, durante la entrevista.

Paco Correal, durante la entrevista. / Juan Carlos Vázquez

A Paco Correal (1957), alias Paquiño, se le reconoce por la calle gracias a dos elementos: una gorra (en invierno de buen paño, en verano de drill) y un cuaderno que siempre lleva bajo el brazo: el yelmo y la adarga con las que este hidalgo manchego (de Puertollano, para ser más exactos) recorre la ciudad. Como lanza, un bic-cristal con el que escribe con una letra absolutamente incomprensible para el común de los mortales. Periodista de la vieja escuela y ludita furioso, el infierno en sus pesadillas es algo muy parecido a una tienda de ordenadores. En su dilatada vida profesional, más de 46 años, ha entrevistado a centenares de personalidades y personajes, desde Alfredo Kraus o la Duquesa de Alba, hasta un gorrilla del Polígono Sur o un travesti de la Plaza de la Mata. A todos, aristócratas o parias, trata con el mismo respeto que le surge de un alma noble y profundamente evangélica, franciscana y alegre. Viajero infatigable de Tussam, biógrafo de Gordillo, cabalista del fútbol capaz de relacionar un resultado del Madrid con la subida del petróleo, lector omnívoro y escritor de crónicas inolvidables, fundador de un estilo propio conocido como el ‘correalismo mágico’, referente de ‘Diario de Sevilla’, Paquiño es, sobre todo, un buen compañero, en el buen sentido de la palabra bueno.

–Hemos quedado en la Plaza de España en honor a una de sus series de artículos más celebradas.

–Empecé a entrevistar a personas residentes en Sevilla, pero nacidas en cada una de las 48 provincias que tienen un banco en la Plaza de España. Ya he conseguido dar dos vueltas.

–La Sevilla pluriprovincial...

–Empecé por Álava, con una historia que parecía una versión vasca de A sangre fría, de Truman Capote. Entrevisté a José Ignacio Ustaran. ETA había matado, en 1980, a su padre, un empresario de Vitoria y candidato de la UCD al primer Parlamento vasco, que estaba casado con la concejal Charo Muela, quien tras el asesinato cogió las maletas y a los niños y se vino a Sevilla para empezar una nueva vida. Es uno de los 300 crímenes de la banda terrorista que están aún sin resolver. Fue horrible: los etarras entraron en la casa disfrazados de repartidores, amenazaron a los niños y se llevaron a su padre para matarlo.

–Estudió Periodismo en Madrid. ¿Vocación temprana?

–Fue algo instintivo. Todavía tengo vocación, es algo que se construye día a día.

–Pero presume de no haber dado una exclusiva en su vida.

–Detesto palabras como exclusiva o primicia... aunque, para ser sinceros, una vez di una en el periódico Lanza de Ciudad Real.

Yo nunca he dado una exclusiva, pero sí he sacado en el periódico a muchísima gente que todavía me lo recuerda

–¿Cuál?

–Que la Fuente Agria, el principal monumento de mi pueblo, Puertollano, se había quedado sin jarras para que la gente pudiese coger sus aguas ferruginosas. El titular fue: La Fuente Agria, desjarrada. Al día siguiente las repusieron. Es la única vez en la vida que he logrado cambiar la realidad con mi trabajo de periodista

–¿Algún recuerdo de su Madrid estudiantil?

–Llegué en 1974, en plena efervescencia. Franco ya había muerto políticamente y se estaba cocinando la Transición. Estábamos todo el día de huelga. Me fui a vivir a la residencia de estudiantes cristianos de periodismo Azorín, que dirigía del sacerdote y periodista Manuel de Unciti. Era un chalé en Chamartín donde había 15 estudiantes. Ese año entramos cinco, entre otros Paco Rosell, que ahora dirige El Mundo. Allí estaban también Antonio Llorca, el crítico taurino de El País, y Pedro Erquicia, que dirigió mucho tiempo Informe Semanal... Al principio yo me creía que iba a ser algo del Opus, pero cuando llamé a la puerta y vi a un chico melenudo escuchando rock supe que era mi sitio. Fue mi auténtica escuela de formación, más que la Facultad.

–Manuel de Unciti es uno de sus referentes profesionales.

–Era un cura vasco que había estudiado periodismo en la misma quinta que Pilar Miró. Tras hacer el Camino de Santiago decidió crear esta residencia, que estuvo funcionando casi 40 años. Las comidas las hacíamos en común en una gran mesa, como en los caballeros del Rey Arturo... Unciti colaboraba en el Ya y había sido corresponsal en el Vaticano II, por lo que tenía mucha relación con los periódicos católicos de España, entre ellos El Correo de Andalucía.

–¿Fue él el que lo mandó a Sevilla?

–Sí, pese a que no se fiaba mucho de mí. Pensaba que yo era mejor persona que periodista. Vine primero a hacer prácticas dos meses... Llegué el 2 de julio de 1977, el día que murió Nabokov. Cuando terminé las prácticas seguí colaborando con la delegación que El Correo había abierto en la calle Montera de Madrid. Por allí también andaba Marta Carrasco. Me acreditaron para las Cortes y hacía crónica política antes de tener edad para votar... Allí estaba yo, con Luis Carandell, Víctor Márquez Reviriego, Miguel Ángel Aguilar... Ese año también le dieron el Nobel a Vicente Aleixandre, y fui a su casa de Velintonia para cubrir la noticia... Hoy habrían ido cien periodistas, pero en aquellos tiempos fuimos sólo cinco o seis, uno de ellos era Jaime Peñafiel. Aleixandre le dijo: “¿Al Hola también le interesa la literatura?”.

-¿Y por qué volvió a Sevilla?

–Hice la mili en el Ceseden, en el Paseo de la Castellana, fotocopiando documentos secretos. Hubo un tiempo en que era soldado y estudiante de Periodismo y Sociología...

Nunca he vuelto al periódico con las manos vacías, aunque me haya llevado una bofetada

–¿Pero Sevilla?

–Antonio Uceda, que era el consejero delegado de El Correo, me dijo que cuando acabase la carrera me viniese a trabajar a Sevilla. Suspendí todas en quinto, pero me callé... Menos mal que nunca me pidió el expediente. Ese año, 1980, me pegué muchas noches en vela hasta que conseguí aprobarlas todas.

–Llegó para quedarse y convertirse en uno de los principales cronistas de la ciudad. Entre otros muchos títulos nobiliarios le deberían dar el de Marqués del Jueves.

–Tengo una manía que le voy a confesar, porque al fin y al cabo esto no lo va a leer nadie. Todos los jueves me vengo al periódico por la calle Feria y todos los viernes por el Gran Poder. Nunca compro nada en El Jueves, pero es raro que no vea por allí a algún eminente profesor o personalidad de la ciudad... Allí me enteré de la muerte de la Duquesa de Alba. El Jueves es una calle-periódico.

–Tanto es su vicio por este oficio que a su mujer también la conoció en un periódico...

–En Diario 16. Ella era muy joven y fue a hacer un trabajo que todavía conserva... le preguntó a todo el mundo, incluso lo que cobraban, a Ignacio Camacho, a Román Orozco... A mí me preguntó qué tipo de periodismo me gustaba hacer y yo, por epatar, le dije que corresponsal de guerra. Entonces me interrogó sobre lo que estaba escribiendo en ese momento, y no tuve más remedio que reconocer, un tanto avergonzado, que un reportaje sobre una exposición de edredones de Curra Márquez. En nuestro décimo aniversario le encargué a Curra un cuadro que preside nuestro salón.

–A usted se le atribuye un estilo literario propio: el correalismo mágico. ¿Cuál es el secreto de una buena crónica?

–Hay que sacar petróleo de la nada. Yo nunca he vuelto al periódico con las manos vacías, aunque me hayan dado una bofetada. Es muy importante el factor humano, dar lo que no da internet... Yo nunca he dado una exclusiva, pero sí he sacado a muchísima gente que todavía me lo recuerda por la calle.

Silvio, el rockero, era un señor de una gran humanidad que hablaba un castellano antiguo y rico

–De hecho se ven muchos artículos suyos enmarcados en los bares.

–Me hizo mucha ilusión ver recientemente dos de estas páginas en el Vizcaíno.

–Pues a mí me hizo mucha ilusión ver uno de usted en la biblioteca del Palacio de las Dueñas.

–Ese fue un regalo de boda que le hice a Cayetana, un personaje de primera división. La conocí cuando ella salía del cine Avenida, de una película coreana cuyo único público habían sido la duquesa y la señora que la acompañaba. Me presenté, le dije que la quería entrevistar y le di mi número de teléfono apuntado en el separador de páginas de la novela que yo estaba leyendo. Al día siguiente me llamó su secretario y me dio una cita.

–Ha entrevistado a centenares de personas. Destáqueme alguna.

–Le diré una que no hice: la de Fernando Fernán Gómez. Quedé con él en su hotel cuando vino a la Expo. Me había preparado un cuestionario muy detallado, pero cuando el recepcionista lo llamó a la habitación montó en cólera, bajó y me echó una bronca descomunal. Pude disfrutar en solitario de una de sus mejores interpretaciones. Aún conservo el cuestionario.

–¿Graba o toma notas en las entrevistas?

–Tomo notas. Cuando era un principiante entrevisté en su casa, junto a una compañera, a Antonio Buero Vallejo. Llevábamos una grabadora antigua que tenía el tamaño de un microondas. Era para La Voz de Avilés y recuerdo a don Antonio con sus patillas, su batín y su pipa... En medio de la entrevista la grabadora empezó a hacer un ruido muy raro y Buero se levantó, la desenchufó, me la entregó y me dijo: “yo no concedo entrevistas a aficionados”... Abrió la puerta y nos indicó la salida... Aun así conseguimos sacar una página en el periódico.

–¿Cuándo fue la primera vez?

–En noviembre de 1976, a García Pavón, en el Café Gijón. Era para Cuadernos Manchegos, una revista que se editaba en Tomelloso y de la que era redactor jefe sin remuneración (la única vez que lo he hecho en mi vida). Buscaba manchegos ilustres que vivían en Madrid, y el primero fue García Pavón, que acababa de sacar un libro maravilloso de memorias que se titula Ya no es ayer. Es de las mejores entrevistas que he hecho en mi vida y, a veces, la releo. Marcó el modelo que siempre he seguido.

Hay periodistas sevillanos que han ido a Nueva York pero no conocen Palmete

–Hablemos de su devocionario personal. Empecemos por Carande, don Ramón.

–Cuando llegué a Sevilla creía que ya había muerto, como Madariaga o Albornoz... Sin embargo, un día, me encontré su nombre en la guía telefónica. Lo llamé y me mandó a la porra. Pero poco después presentó en el Pub Abades su libro Galería de raros, una auténtica joya. Hice la crónica y él me mandó una nota muy elogiosa. A partir de ahí me abrió las puertas. Me precio de haber llegado a formar parte de su círculo de amigos durante los últimos años de su vida.

–¿Y Silvio el rockero?

–Además de su afición al alcohol, era un señor de una gran humanidad que hablaba un castellano antiguo y rico... Sorprendía, era un personaje universal. Los alcohólicos suelen arruinarle la vida a las personas que los rodean, pero él nunca lo hizo.

–¿Algo de lo que presumir?

–Sí, tuve el privilegio de viajar con dos de los últimos aventureros españoles. Con Jesús González-Green en globo desde la plaza de San Francisco hasta San Jerónimo y con Miguel de la Quadra Salcedo crucé dos veces el Atlántico.

–Es usted uno de las pocos caballeros que conozco a quien no le importa coger el Tussam. Es más, le gusta y tiene un libro dedicado a todas sus líneas.

–Los autobuses sirven, entre otras cosas, para conocer Palmete. Hay muchos periodistas sevillanos que han estado en Nueva York pero no en Palmete. Sirve para ver la ciudad, a su gente... A veces me hacía el dormido para escuchar las conversaciones... Un periodista es un ladrón de momentos y un autobús es un vivero de historias... Recuerdo la de aquel señor al que seguí y que, al final, resultó haber venido de Colombia para ver a su hija, que se había intentado suicidar por un problema sentimental. El autobús es también un lugar de encuentro, como esos señores mayores que se ven y se dan un abrazo enorme, como sorprendidos de que estén vivos después de tanto tiempo sin verse. Me hice amigo de algunos conductores y uno de ellos, incluso, me llevó en el autobús al Sánchez-Pizjuán, porque llegaba tarde. Escribir esa serie fue muy gratificante. Un vez me monté en una de las líneas que van al Polígono Sur y me encontré con un gorrilla que conocía de cuando trabajaba en El País. Me hizo de cicerone y me presentó a algunos compañeros. Terminamos montando una mesa redonda de gorrillas, donde salieron unas historias increíbles.

–Ahora, con su serie Metrópolis, visita usted todos los domingos una zona de la ciudad.

–Me gustó mucho hacer la de La Plaza de la Mata, por donde paso casi todos los días para comprar el pan. En unos tiempos en los que ya nadie saluda, las prostitutas de esta plaza son las únicas que dan los buenos días. Allí siempre hay una señora que se sienta en el centro, una especie de madama con un gran tronío. Un día la entrevisté y me contó su historia. Había sido un señor...

–¿Un travesti?

–Sí y había sido bombero-paracaidista en Australia y Canadá. También estuvo en la Guerra de Ifni, pero luego se pasó al mundo de las varietés. Desde que la saqué en el reportaje, esta señora compra todos los días el Diario de Sevilla... Para mí fue una alegría el día que pasé por la Plaza de la Mata y otro travesti joven y guapísimo me dijo: “Mi periodista”.

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