Luis Carlos Peris Zoffman | Periodista “Sólo he faltado a una corrida de Curro en Sevilla: el día de mi boda”

  • “De Balaídos a la Condomina, pasando por San Mamés”, este cronista deportivo se recorrió España y media Europa tras el Sevilla y el Betis. Como taurino es hombre de adhesiones inquebrantables

Luis Carlos Peris, durante la entrevista. Luis Carlos Peris, durante la entrevista.

Luis Carlos Peris, durante la entrevista. / José Ángel García

“Deberíamos haber hecho la entrevista en la barra del Barbiana”, dice el plumilla. Entonces, Luis Carlos Peris consulta el reloj y, con su habitual laconismo castizo, sentencia: “Todavía no ha salido el arroz”. Este periodista, nacido en la calle Goles horas antes del desembarco de Normandía, el 5 de junio de 1944, tiene en lo alto más kilómetros que el legendario baúl de la Piqué, tras años de reporter persiguiendo al Betis y al Sevilla por toda España y media Europa. Currista insobornable, bético heroico, gourmet que recita los restaurantes de las capitales de provincia como si fuesen un listado de tapas, ‘el Peris’ –así se le conoce en la profesión– es uno de esos sabios hispalenses de gramática afilada y un vocabulario que parece sacado del Cossío. Hombre de trato sobrio y para algunos malajoso, su ironía puede ser letal, aunque durante la entrevista se adivina un ligero temblor en su garganta cuando evoca a su padre y a los amigos desparecidos. De su familia materna, de origen sueco, heredó los ojos azules; de su familia paterna (descendiente de los Peris Mencheta) una vocación periodística que le llevó a los periódicos Sevilla, Suroeste, Diario 16, Diario de Andalucía y, finalmente, Diario de Sevilla, del que fue fundador y trabajó hasta el día de su jubilación. Aún hoy sigue fiel a su cita con los lectores en sus columnas ‘La Ventana’ y ‘Desde mi córner’. En su serie ‘Sevillanos gran reserva’ fue el último periodista que entrevistó en Madrid al poeta sevillano Rafael Montesinos. Peris es, en definitiva, un fin de raza del periodismo sevillano de la gloriosa época predigital.

–Zoffman, ¿de dónde viene?

–Mi abuelo era sueco, un ingeniero que vino a trabajar a las Minas de Cala, a finales del XIX. Allí conoció a mi abuela y se casaron. En verdad, el apellido tiene una n más al final, Zoffmann, pero yo lo apocopé, porque me parecía una sobredosis de consonantes tremenda.

–¿Y el Peris?

–De Valencia. El padre de mi padre vino con su hermano, el famoso Francisco Peris Mencheta, a fundar El Noticiero Sevillano. También creó El Noticiero Universal, de Barcelona, y la Agencia Mencheta, en Madrid. Mi abuelo era el administrador del periódico y mi padre nació en el edificio donde hoy está la Escuela de Estudios Iberoamericanos, en la calle Alfonso XII, donde estaba la redacción de El Noticiero.

–Estudió en los Maristas.

–Sí, empecé en el colegio de Jesús del Gran Poder, que estaba en el edificio que fue el Hotel Bristol durante la Exposición del 29. A partir de segundo de Bachillerato nos fuimos a San Pablo,

–¿Y en el colegio de Los Remedios no llegó a estar?

-No, eso fue mucho después. Cuando lo compraron los maristas aquello era un solar inmenso que lo desbrozamos los antiguos alumnos que formábamos el equipo de fútbol Ademar. Allí estuvimos jugando hasta que se empezó la obra del colegio, ya avanzados los años sesenta.

–¿Buenos recuerdos?

–Muchos. Fue un colegio que tuvo la virtud de crear ciudadanos muy normales. Crecí en el corazón de la normalidad, con estudiantes magníficos como Paco Ballester o Manuel Ramón Alarcón... O Antonio Gutiérrez, que tuvo el despacho con Felipe González en Capitán Vigueras. Lo que recuerdo como una pesadilla eran los ejercicios espirituales. Uno terminaba convencido de que podía ir al infierno por pensar en la vecina del quinto.

–¿Y la universidad?

–Fue un visto y no visto. No le cogí el aire. Empecé Aparejadores, pero no me gustaba.

–¿Ya tenía vocación periodística?

–Me gustaba escribir y desde niño había sido un lector voraz de periódicos. He leído más periódicos que libros. Acabé en la prensa de rebote. Trabajaba de delineante en la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir y un día me dijo mi padre: ¿te quieres venir al Sevilla a corregir pruebas?

La única ciudad española que no he visitado es Teruel, no digo que no exista, pero...

–¿Su padre?

–Sí, siempre trabajó de correctorde pruebas en El Liberal, FE, Sevilla, El Correo de Andalucía... Era un hombre que trabajaba catorce o quince horas diarias, un tipo excepcional. Me llevaba a los toros de la mano desde que tenía ocho años y me hizo socio del Betis y el Sevilla a la vez.

–¿De los dos? Usted es un reconocido bético.

–Es que en aquella Sevilla de reloj parado no había otra distracción. Siempre he sido bético, desde la época en la que tenía que ir al colegio los lunes después de que el Sevilla le hubiera ganado al Madrid de Di Stéfano y el Betis hubieraperdido en Andújar. Un tío mío, Vicente Peris Mencheta, fue el secretario fundacional del Betis.

–Comenzó entonces de corrector en el periódico del Movimiento, Sevilla.

–Sí, terminé cogiendo la plaza de mi padre cuando se jubiló. Entonces llegó al periódico el hombre al que yo le debo haber sido periodista: Manuel Benítez Salvatierra (César del Arco). Él fue el primer director que me encargó hacer algunas informaciones. Le gustó y me quedé en eso. En el año 1975 hice mi primer viaje, de banderillero de Juan Teba a un Granada-Betis.

–Desde entonces no ha parado de viajar como cronista deportivo.

–De Balaídos a la Condomina pasando por San Mamés. Al fútbol le debo haber viajado mucho, pero a cambio me perdí mucho de mis hijos. Fueron demasiados fines de semana fuera. Entonces no me di cuenta. A cambio pude disfrutar de la maravilla de conocer España entera y media Europa. Creo que la única ciudad que no he visitado es Teruel, no es que diga que no exista, pero... Era un fiebre de patearme las ciudades, sobre todo durante un tiempo en que me sometieron a una dieta severa por que me pasé en el tonelaje.

–¿Algún sitio favorito?

–Tenía querencia por el País Vasco. Me encontraba allí a gustísimo.

–¿En los años del plomo?

–Sí, una vez durmiendo en el Villa de Bilbao, le tiraron un misilazo a la Delegación del Gobierno, que estaba al lado. Sonó como si se fuera a caer el mundo. Otro día, en San Sebastián, me cogió una kale borroka mientras viajaba en autobús. Tuvimos que salir corriendo, porque nos íbamos a quemar. Recuerdo que, paseando por el casco viejo de Bilbao con Tomás Furest, vimos que todo estaba desierto, no había un alma, y cuando doblamos una esquina estaban los GEO apuntando a un balcón donde había un comando... Pero a mí me gustaba mucho el País Vasco y, en general, toda la cornisa cantábrica.

–¿Cuál fue su gran crónica?

–A mí no me gusta ninguna, pero hay una que me alabaron mucho. Fue de un triunfo del Sevilla en Sofía, contra el Levski, y la escribí en el hotel más impresionante que he visto en mi vida, el Vitosha. Lo curioso fue que tuve un percance tremendo: la redacté en un telex y al enviarla a Diario 16 no sé muy bien a dónde le di y lo hice en cirílico. Menos mal que por el desfase horario pude escribirla de nuevo y llegar a tiempo.

–La esclava vida del enviado especial...

–Lo peor eran los trofeos de verano, el Colombino, el Carranza... con sus tandas de penaltis a las dos de la mañana.

El centro de Sevilla es cada vez más un parque temático, eso está más claro que el agua

–¿Y la crónica que nunca le gustaría haber escrito?

–La última, que además fue el día que el Betis quedó prácticamente sentenciado para bajar. Fue en San Mamés, frente al Bilbao de Caparrós. Me entristeció mucho escribirla, porque aunque una muerte esté muy anunciada, la consumación es siempre triste.

–¿Qué es lo que tiene el fútbol que a tanta gente arroba?

–No lo sé, pero genera una dosis de incondicionalidad y fidelidad como se ve muy poco en la vida. Nunca he visto a un bético pasarse al Sevilla, ni al contrario. Aquí no cabe el chaqueteo.

–Tiene usted fama de sibarita gastronómico, de hombre exigente en las cosas del comer.

–Siempre he preferido poco bueno que demasiado. Y si es bueno y demasiado, mejor. Me gusta ir a los sitios que merecen la pena.

–Cuando le imitan en la radio le suelen ubicar en la barra del Barbiana.

–Es que he ido mucho a ese bar, porque su propietario, Manuel Sánchez, fue uno de los mejores amigos que tuve. Pocas veces he conocido a alguien más generoso, leal y amable. Soy de la idea de que, cuando se acierta con un sitio de comer, no hay que cambiar mucho. ¿Para qué jugársela?

–Hay una leyenda negra que dice que en Andalucía, y en Sevilla, no se come bien.

-Esa leyenda se quedó muy anticuada. Aquí hay sitios muy buenos, como en cualquier otra ciudad. Yo, la verdad, no he comido mal nunca... Al revés... Aquellos calamaritos encebollados en el Portixol de Mallorca, una delicia... Sólo una vez pinché en hueso, en una venta por Navalmoral de la Mata; estaban malos hasta los huevos fritos, que ya es difícil.

–Ahora, en el centro, cada vez hay más bares franquiciados y lugares horrorosos.

–El centro es cada vez más un parque temático, eso está más claro que el agua.

Mi mejor crónica, de una victoria del Sevilla contra el Levski en Sofía, la mandé en cirílico

–Sigamos con el periodismo.

–Mis primeras crónicas firmadas fueron de novilladas en Sevilla. Después, ya en el diario Suroeste, que tenía una redacción magnífica, hice muchas cosas.

–El Suroeste fue el último periódico en Sevilla del Movimiento.

–Luego pasó a llamarse Medios de Comunicación Social del Estado. El Suroeste duró hasta 1983 y, en sus últimos años, lo compaginé con la corresponsalía deportiva de Diario 16. Cuando el Estado cerró el Suroeste, nos adscribieron al Ministerio de Cultura y me mandaron al Archivo de Indias. Allí sólo estuve un par de años compatibilizando el trabajo con el periodismo, pero me fui, porque había una directora que me echaba encima el reglamento; me tenía totalmente vigilado y no me podía escaquear para ir a los entrenamientos. Cuando Paco Rosell entró como director del Diario 16 de Andalucía me hizo la oferta de exclusividad con unas condiciones magníficas.

–Diario 16 fue un buen periódico que acabó muy mal.

–El declive empezó el día que Juan Tomás de Salas echó a Pedro J. y éste fundó El Mundo. Aquello fue horrible, una pesadilla... trabajar sin cobrar... me dejaron a deber una barbaridad. Al final, el Fogasa me compensó con dos millones de pesetas ridículos. Fue entonces cuando un señor de Sevilla muy aventurero y apegado al PSOE, Manolo Domínguez, fundó el Diario de Andalucía, que era un bodrio, pero me permitió vivir ocho meses hasta que nació Diario de Sevilla, a cuya redacción fundacional pertenecí.

–Ahora se han cumplido 20 años del nacimiento de nuestro común periódico.

–Parece que fue ayer. El primer número fue sin duda el mejor periódico que se ha hecho en Sevilla jamás, algo imposible de hacer todos los días. Diario de Sevilla es el sitio en el que más reconocimiento he tenido. Le estoy muy agradecido. Tengo el orgullo de no haber dejado de firmar ni un solo día. He mandado crónicas y artículos desde los sitios más insospechados... Sólo de mi columna La Ventana, llevo casi 7.400 entregas... De crónicas de fútbol, la intemerata; y de series taurinas...

–Es un gran taurino. Recientemente recibió el premio Manuel Ramírez, que concede ABC.

–Siempre me han gustado mucho los toros y llegué a ver a Antoñete de novillero en Sevilla. Al primer torero que vi con dos orejas en la mano fue al mexicano Juan Silveti. Muchos años después me lo presentó Joaquín Almero en la Puerta del Príncipe. Se lo dije y añadí: “el toro era de Guardiola y usted iba de verde y oro, maestro”, y Silveti se me echó a llorar. En general, he sido amigo de muchos toreros, con los que jugaba al frontón en Piscina Sevilla. Siempre he sido muy deportista. Ahora, con todo este movimiento antitaurino, estoy aún más radicalizado.

El primer número de Diario de Sevilla fue el mejor periódico que se ha hecho nunca en la ciudad

–Currista de pro. ¿Ha sido el mejor torero?

–No, pero como él ha toreado no lo ha hecho nadie. Han existido otros diestros más completos, pero nadie ha transmitido al tendido tanto como Curro. También fui de Ordóñez, Camino, Ojeda... Me gustaría haber visto a Pepe Luis, al que traté ya retirado de los ruedos y era un tipo genial. Fíjese, el otro día le enseñé esta foto a mi amiga Macarena Pablo-Romero [enseña al entrevistador una imagen de Curro Romero dando un natural antológico] y le pregunté: “¿Tú te crees que se puede torear mejor que este tío?” Esto es insuperable: esta naturalidad, esta verticalidad, este temple, este empaque... y el pedazo de toro, que no es precisamente un becerrito. Me honro de ser amigo de Curro Romero. Solamente falté a una de sus corridas en Sevilla: el día de mi boda con Carmen, y eso porque lo anunció cuando ya había puesto fecha y mandado las invitaciones.

–¿Y de los toreros de ahora?

–Me gusta Morante. Es perfecto toreando, pero no me llega como Curro... no sé si porque entonces yo era más joven y más permeable.

–¿Es capillita?

–No. Me gusta mucho la Semana Santa, sobre todo la de antes. El mejor recuerdo que tengo es ver salir El Silencio de la mano de mi padre con apenas treinta personas. La Semana Santa de ahora tiene el problema de la cantidad de cofradías que hay. El continente es el mismo, pero el contenido se ha multiplicado. Ahí están todas esas disputas sin sentido del Santo Martes de las narices... No tiene ningún sentido. Se habla demasiado de Semana Santa, yo he visto la entrada de Los Gitanos en un chiringuito de Chipiona, en pleno verano. Y luego están todos esos bares que te dan ganas de santiguarte cuando entras. Hay sobredosis.

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