Manuel Fernández Chaves | Profesor de Historia Moderna “En el XVIII ya hubo una playa pública en el río, pese a las quejas de los arzobispos”

  • De la nueva hornada de la escuela historiográfica sevillana, ha investigado sobre múltiples asuntos, como la gestión del agua en la ciudad moderna, la esclavitud o las élites moriscas

Manuel Fernández Chaves, durante la entrevista. Manuel Fernández Chaves, durante la entrevista.

Manuel Fernández Chaves, durante la entrevista. / Juan Carlos Vázquez

Manuel Fernández Chaves (Sevilla, 1978) pertenece a la nueva hornada de la populosa escuela de modernistas sevillanos, a la que pertenecen historiadores como Francisco Núñez, José Antonio Ollero, Juan José Iglesias, Jaime Bernal y un largo etcétera. Fernández Chaves ha mostrado especial interés en la gestión del agua en la Sevilla de los siglos XVI y XVII, asunto al que dedicó su tesis doctoral y que ocupa la mayor parte de esta entrevista, un tema que nunca deja de estar de actualidad y que aún hoy sigue generando polémicas. Criado como historiador bajo el magisterio de Mercedes Gamero, buena parte de sus investigaciones las ha realizado al alimón con su compañero Rafael Mauricio López García, otro de los brillantes continuadores de la escuela historiográfica de nuestra ciudad. Entre sus obras destacamos ‘Política y administración del abastecimiento de agua en Sevilla durante la Edad Moderna’ (Diputación De Sevilla), ‘Los Caños de Carmona y el abastecimiento de agua en la Sevilla moderna (Emasesa Metropolitana ) y ‘Las élites moriscas entre Granada y el Reino de Sevilla. Rebelión, castigo y supervivencias.’ (Universidad de Sevilla), este último firmado junto a López García.

–¿Había muchas fuentes en la Sevilla de los siglos XVI y XVII?

–En la Baja Edad Media no había tantas como la población requería, y eso que desde los tiempos islámicos funcionaba un importante sistema de abastecimiento de agua, los muy conocidos Caños de Carmona. El agua llegaba, pero no se repartía con la misma facilidad que en otras ciudades de Italia o la corona de Aragón.

–¿Y cuándo empezó a mejorar el abastecimiento de agua de la ciudad?

–Será con los Reyes Católicos, que impulsarán un gran reparto de agua, pero siempre a titulares privados: conventos, grandes casas nobiliarias… Estos luego dejaban un pilón para que se abasteciese la gente del común o la vendían mediante azacanes.

–¿Azacanes?

–Sí, aguadores que llevaban el agua por la ciudad para venderla. En la Baja Edad Media también hay constancia de algunos judeoconversos que eran propietarios de agua y luego la difundían por la ciudad.

–Estamos hablando de agua en manos privadas pero ¿y el agua pública?

–No se sabe muy bien cuánta cantidad de agua pertenecía al Concejo pero, desde luego, no era mucha.

Por herencia islámica, el agua de Sevilla pertenecía al Rey, que la donaba a nobles y conventos

–En Tenerife existe aún un término que se llama el aguateniente, propietarios de acciones de agua. Es algo parecido, ¿no?

-Sí, insisto, el agua corriente, también llamada “de pie”, estaba mayoritariamente en manos privadas, lo cual se debía a que el agua de los Caños de Carmona, por herencia islámica, pertenecía por entero al Rey, que la donaría graciosamente a estos propietarios. Esto llevó a tensiones con el Concejo, que se veía impotente para organizar un sistema público de abastecimiento a través de fuentes. Por tanto había que recurrir a pozos o, como hemos visto, a la munificencia de los grandes nobles. Por lo tanto, la ciudad, en los años setenta del siglo XVI, se vio obligada a buscarse la vida y construir un sistema propio de abastecimiento, que es el de la Alameda de Hércules.

–Cuente.

–Con éste se vino a atender las necesidades de la zona norte de la urbe, que era la más desabastecida debido a la carga hidrostática. La ciudad compró una huerta al Convento de la Trinidad, donde estaba la Fuente del Arzobispo, y construyó un sistema de abastecimiento para que llevase el agua desde esa zona extramuros a las collaciones de San Gil, Santa Marina… hasta la Alameda, que entonces era conocida como la Laguna de la Peste…

–Un lugar de aguas estancadas, muy insalubre.

–Es la cota más baja de la ciudad intramuros, por lo que en invierno se solía inundar. De hecho, las casas no daban a la Alameda, sino a las calles aledañas. En verano, cuando se secaba la laguna, se dedicaba para hacer juegos ecuestres, etcétera.

–Con toda esta insalubridad acabó el famoso Conde de Barajas, ¿no?

–Sí, Felipe II vino a Córdoba en 1670 por las cortes que se hicieron con motivo de la Guerra de los Moriscos. Fue entonces cuando aprovechó para visitar Sevilla. Parece que la idea partió de él y el Conde de Barajas fue el ejecutor. Este noble ya había hecho reformas parecidas en Córdoba cuando fue corregidor. Es importante resaltar que el proyecto del Conde de Barajas no era sólo convertir en Jardín Público lo que hoy es la Alameda, sino también el diseño de un sistema de abastecimiento de agua con fuentes en las zonas deprimidas.

–Fue el paseo público más grande de Europa. ¿Había muchas fuentes en la Alameda?

–Se construyeron tres que luego se doblaron a seis en una reforma del siglo XVIII.

–¿Cuáles eran las fuentes más importantes de Sevilla en la edad moderna?

–En el Convento de Santa Paula había una magnífica que aún se conserva. También era importante la de la Plaza de San Francisco, a la que se acercaban soldados y marineros del puerto de Indias a hacer aguada para los barcos o el propio consumo. Allí se mezclaban con escribanos, artesanos, comerciantes, nobles…

El Conde de Barajas no sólo hizo la Alameda, sino que dotó al norte de la ciudad de un sistema de fuentes

–Las fuentes son sitios de reunión, lugares donde pasan cosas.

–Fíjese en los cuadros con vistas de la Alameda. En ellos los pintores concitan todos los tópicos que se dan en torno a las fuentes: riñas, pendencias, aguadores, lavanderas, encuentros amorosos y comerciales... El Alcázar también abría de vez en cuando sus puertas para el solaz del público y sus fuentes se convertían en lugares donde ocurrían todo tipo de lances. Hay un documento donde el teniente de alcaide se queja de lo sucio que la gente dejaba el espacio.

–¿Y los lavaderos? En muchos pueblos y algunas ciudades aún quedan unos bonitos edificios que se dedicaban a tal fin.

–Esos lavaderos, como el de Aracena, son posteriores. Aparecen a finales del XVII o en el XVIII. En esta época se solía lavar en las casas, con agua de río o de pozo, nunca de boca, que era muy cara para tal fin. El problema es que el agua sobrante se tiraba en medio de la calle, lo que generaba muchos problemas de contaminación e insalubridad. El alcantarillado era aún muy precario y consistía más bien en un sistema de expulsión de lluvias. Este problema no tuvo una solución clara durante los siglos XVI y XVII.

–También se lavaría en el río, ¿no?

–Claro, de hecho había una ordenanza de origen islámico que decía que el agua para beber se debía coger más arriba de dónde se lava la ropa, que era por la Barqueta. Tenga en cuenta que a partir de ahí era todo puerto, y el agua estaba sucia por los restos arrojados por los barcos. Por cierto que cerca de la Barqueta, en el siglo XVIII (y probablemente antes), ya había un baño de hombres y mujeres separados por cañas, con su vigilante incluido. Los arzobispos de turno solían quejarse.

–Vaya, como la playa pública de María Trifulca que Rojas Marcos intentó resucitar.

–Sí, era un sitio demasiado complicado de controlar…

–¿Y eso de tirar las aguas sucias por el balcón al grito de “agua va”?

–Precisamente hay un libro que se titula así: ¡Agua va!. Higiene urbana en Madrid (1561-1761), de Beatriz Blasco Esquivias. Eso se hacía mucho. Como decíamos, prácticamente no existía el sistema de alcantarillado, por lo que había que darle otra salida a esas aguas sucias. Existían pozos negros, pero se colmataban y el agua se filtraba y contaminaba los acuíferos. No hay una solución digna en esta época para este problema. Por eso era importante contar con agua de pie, que venía encañada y siempre tenía más calidad.

–Como la de los Caños de Carmona, que en verdad venía de manantiales de Alcalá de Guadaíra.

–Sí, aunque como el acueducto transcurría paralelo a la calzada de Carmona adquirió ese nombre. Pero el agua más valorada en la Sevilla de entonces era la de la Fuente del Arzobispo de la que hablamos antes, porque el trayecto que requería para alcanzar a la ciudad era mucho menor y, por tanto, llegaba en mejores condiciones.

El agua más preciada de Sevilla no era la de los Caños de Carmona, sino la de la Fuente del Arzobispo

–¿Y hasta cuando se usó el agua de los Caños de Carmona?

–Prácticamente hasta el siglo XX, cuando los ingleses se hicieron con la gestión del agua de Sevilla. Ellos llegaron a construir una estación de bombeo, que todavía se puede ver al entrar en Alcalá, en el Molino de Adufe, pero aquello ya no era suficiente y, al final, se empezó a depurar agua del río, a explotar otros acuíferos y, posteriormente, a construir embalses… pero esa ya es otra historia.

–Hoy nos quejamos de que gran parte del acueducto se derribó, pero fue una de esas medidas que en su tiempo fueron bien recibidas por cuestiones de salubridad.

–Pero también entonces fue un acto polémico y hubo sus más y sus menos en la comisión de monumentos.

–Un crimen contra el patrimonio histórico... La antigüedad de esta infraestructura algunos la remontan a época romana, aunque es fundamentalmente islámica.

–Como toda obra de ingeniería civil con antigüedad, los Caños de Carmona tenía muchas capas de intervenciones a lo largo de la historia: islámicas, bajomedievales, modernas... Por ejemplo, el tramo que aún se conserva en el barrio de los Pajaritos, en la calle Cigüeña, es de comienzos del siglo XIX. El problema fue que muchos de los arcos del acueducto por la famosa calle Oriente (hoy Luis Montoto), se usaban como infravivienda, con los consiguientes problemas, lo que se unió a la presión de los constructores, que habían elegido esa zona como uno de los ensanches de la ciudad. Finalmente se derribó a principios del siglo XX, excepto las muestras que aún podemos ver. Pero, como le dije, hubo sus más y sus menos en la comisión de monumentos y la Academia de la Historia se posicionó en contra. El asunto llegó a Madrid.

–Entre los muchos otros temas sobre los que ha investigado está el de la esclavitud en Sevilla.

–Era un fenómeno fundamentalmente doméstico, pero no solo. Los esclavos sirven para muchas cosas: de guardaespaldas, porteros, porteadores, cargadores en el puerto, para hacer todo tipo de labores pesadas… Los artesanos fueron grandes consumidores de esclavos. Siempre tenemos la idea de que los propietarios eran grandes señores, pero también se usaron mucho en la economía productiva, en la artesanía y la industria. Recuerde el retrato de Juan Pareja, el esclavo negro de Velázquez. También trabajaron en el campo, pero no de forma masiva como más tarde en el Caribe, el Sur de EEUU o Brasil. Sobre todo porque aquí el precio era muy caro y las compras eran individuales.

–Los portugueses eran los grandes comerciantes de esclavos y Lisboa el centro de este mercado pero, ¿qué papel tuvo Sevilla?

–Un papel muy importante, porque aquí estaba la Casa de la Contratación, que era donde se registraban todas las licencias para poder llevar esclavos a la América española. El rey cobraba unos derechos por cada esclavo, lo que era un buen negocio para la monarquía. Desde Sevilla, la Bahía de Cádiz y muchos pueblos del litoral andaluz se armaban muchos barcos para las expediciones que iban a África a coger esclavos que luego se llevaban a América. Muchos de los productos que se producían aquí, como el vino de Cazalla, se usaba para cambiarlo por esclavos.

–Alguien me comentó que la zona del Cachorro se llamaba antiguamente Portugalete, debido a la gran cantidad de negros portugueses que vivían allí.

–En general, en Sevilla vivían muchísimos portugueses que eran marineros, pilotos, maestres, cosmógrafos y comerciantes. Desde la segunda mitad del siglo XV en Sevilla había un factor del Rey de Portugal que le compraba cosas que necesitaba o que se dedicaba a garantizar el abastecimiento de trigo de las plazas portuguesas del norte de África, que comían fundamentalmente de lo que les mandaba Andalucía.

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