Francisco Reyero | Periodista y escritor “El éxito de Clint Eastwood es que parece real en un mundo de imposturas”

  • Hombre de radio y rastreador de mitos populares, ha escrito sobre personajes tan dispares como Paula, Sinatra o Bernardo de Gálvez

Francisco Reyero, en su confinamiento Francisco Reyero, en su confinamiento

Francisco Reyero, en su confinamiento / Liliana Pérez

Hubo una época, hace ya demasiados años, en la que Francisco ‘Paco’ Reyero (Sevilla, 1971) no escribía un artículo sin usar la palabra “estajanovista” (se puede comprobar en las hemerotecas), curiosamente el vocablo que mejor lo puede definir. Lo hemos visto llevar un periódico en Andalucía al mismo tiempo que escribía un libro, husmeaba por el jerezano barrio de Santiago y no abandonaba sus colaboraciones en algunos de los mejores programas de radio de España. Pese a que estudió Económicas por prescripción paterna, en cuanto pudo Reyero se alistó al máster de la Cope de radio y empezó una carrera variopinta en la que siempre le ha gustado salir de la agenda y el oficialismo político para buscar la cara más humana y extravagante de la realidad. Actualmente presenta el programa de autor ‘El Flexo’ (Canal Sur Radio, viernes 22 horas), es guionista en ‘La Mañana de Andalucía’ con Jesús Vigorra, cronista parlamentario en el Congreso de los Diputados para ‘The Objective’ y colaborador de ‘España a las tantas’, de Alfredo Menéndez. Estos días de encierro ultima la versión en inglés de su ensayo ‘Y Bernardo de Gálvez entró en Washington’, patrocinada por la Fundación Unicaja. También ha sido corresponsal en el Oeste de Estados Unidos para RNE y participado en debates televisivos como ‘Espejo público’ con Susanna Griso o en programas como ‘Herrera en la Onda’ y ‘La Brújula’ con Carlos Alsina y David del Cura.

–Rafael de Paula, Sinatra, Gálvez, Trump, Clint Eastwood... El único nexo que veo entre estos personajes es que ha escrito sobre ellos Francisco Reyero. ¿Cómo y por qué elige a sus biografiados?

–Al final solo te salva o te hace irrelevante cómo ves las cosas y cómo las cuentas. Pla puede escribir de Nueva York, de un crucero o de Palafrugell: es él. Sinatra e Eastwood vivieron intensos años en España y eso facilita la tarea, ayuda a descubrir otros pliegues de sus arquetipos. El de Trump fue un libro fortuito: uno de los periodos que pasé en Estados Unidos coincidió con su grotesco ascenso. En el verano de 2016 estuve en las dos costas y el sentimiento era de estupefacción. Mi vecino en Queens, un piloto de líneas comerciales, Mike, me telefoneó para decirme “Paco, ¿qué quieres beber esta noche? Eran las tres de la tarde. Le dije, ¿No es un poco temprano para pensarlo? Y él me contestó: “Es que a las 9 PM el Partido Republicano nomina a Trump como candidato presidencial y hay que empezar a beber lo más pronto posible”.

–Empecemos por el más importante de estos personajes: Rafael de Paula. Empezó a hacer su biografía autorizada y terminó peleado con él...

–Fue en mayo de 2004 cuando fuimos a buscarlo a Bajo de Guía, a Sanlúcar de Barrameda, en nombre de Planeta. Él dijo, “Sí, es una gran editorial, la de Lara, ¿no?, el andaluz que se fue a Barcelona y nunca perdió el acento”. Rafael accedió al proyecto y estuvimos haciendo entrevistas durante el verano. Fue un trabajo ilusionante: el universo taurino, la superchería, la veneración por el maestro, las genialidades, los recuerdos, el aura prolongada anacrónicamente, la sorpresa constante, lo inexplicable...¡¡Han pasado tantos y tan pocos años a la vez!! Pero el cosmos de apoderados, picadores y mozos de espadas revirados que se guarda en el libro (como en un cofre) se ha desvanecido. Ya no están ni Manolito Enciclopedias, un sabio que recordaba de memoria todos los colores de los vestidos del maestro, ni Copano, que llevaba en la tarjeta de visita: “Banderillero y alambrista de espino”.

Lo más parecido a un turista que he visto por el barrio de Santiago es una señora originaria de Trebujena

–Me consta que para escribir ese libro, ‘Paula dicen de ti’, se pateó el jerezano barrio de Santiago. ¿Qué tiene ese lugar de peculiar? ¿Ha podido el turismo con él?

–Lo más parecido a un turista que he visto por allí es una señora originaria de Trebujena, pelirroja, que de lejos y de noche podría confundirse con una irlandesa. Paula nació en un corral de vecinos de la calle Cantarería. Es un lugar esencial para el flamenco, cuna de personalidades irrepetibles. Pero no es un escaparate. Quiero decir: es de “puertasadentro”, “cuartitos”, “reuniones”.

–Sobre Sinatra, ¿es verdad que durante el último viaje a España se portó groseramente?

–No recuerdo esa historia. Stanley Kramer, que lo dirigió en Orgullo y Pasión (1956), rodada en Castilla fundamentalmente, cuenta en sus memorias como Sinatra exigió coches a la United Artists para conducir por aquellas carreteras españolas y destrozó algún modelo de lujo. Lo interesante es que aquellas estrellas, Ava, Sinatra, Charlton Heston o John Wayne, no llegaron a España por casualidad. Stanton Griffis, el primer embajador norteamericano en los años cincuenta, tras el ostracismo internacional al regimen franquista, era un ejecutivo de Hollywood. Los acuerdos de Santa Cruz se firmaron en 1953 y con las bases militares (en un principio se proyectaron más) llegaron inversiones norteamericanas en turismo, promociones en Estados Unidos y rodajes, en los que se incluía la obligación de vender España como un país amigable, seguro, barato, soleado. En fin, una ganga.

–¿Y Clint Eastwood? Gusta tanto a españolazos de pelo en pecho como a modernos gafapasta...

–Usa la violencia para retratar lo hondo y ha hecho del trabajo su principal motivo de vida, con permiso de las mujeres, claro. No rehuye lo difícil, ni está deslumbrado por el éxito. Parece real en un mundo marcado por la impostura. Su personaje está tan bien acabado que incluso ahora que él tiene problemas de sordera y equilibrio temes que se baje de un camión, te de un mamporro y acabe lanzando un escupitajo al suelo.

–¿Y su relación con España?

–En mayo cumplirá 90 años pero todo empezó en España, cuando aceptó rodar Por un puñado de dólares (1964). Eso es lo que cuento en Eastwood: Desde que mi nombre me defiende. De nuevo, España y su ambiente (la pobre y deslumbrantre Almería) con un protagonista inesperado. Y la relación con Italia y América. El rodaje fue un caos. Él amenazó varias veces con largarse porque había impagos incluso en las dietas. Luego la película se estrenó en Italia y fue un boom. El Cigarrillo le llamaron. Todo el mundo pensaba que era un actor italiano. Los italianos americanizaban sus nombres, al estilo Bud Spencer o Terence Hill. Pura y disfrutable filfa transalpina. Pese al éxito, esta película no se estrenó en Estados Unidos, así que tuvo que venir a seguir rodando aquí en 1965 y 1966, sucesivamente, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo. Finalmente, en 1968, UA dobló las películas y las estrenó con una gran campaña de promoción en Estados Unidos: había nacido el mito.

Los acuerdos con los americanos incluían la promoción de España en el cine como un país soleado y amigable

–Demos un salto atrás en la historia, hasta el siglo XVIII. En España está costando mucho reconocer lo mucho de bueno que tuvo nuestra presencia en América.

–En el caso de América del Norte es un olvido flagrante. España resultó determinante para que Estados Unidos consiguiera su independencia. Recorrer Texas, Nuevo México, California y en general casi dos tercios de la inmensidad americana nos lleva a encontrarnos a nosotros mismos. El año pasado, viví el Domingo de Resurrección en el Santuario de Chimayó, en Nuevo México, una zona muy depauperada, donde hay una larga tradición católica gracias a que un cura español fundó una parroquia que visitan miles y miles de individuos, desde ángeles del infierno hasta jugadores de baloncesto. Todos esperan una ayuda divina. Los fieles se frotan tierra para pedir por su porvenir.

–Su aportación en este campo es su libro sobre Bernardo de Gálvez.

–Decía Lorca que el que no conoce América no comprende España. En cuanto al trabajo sobre Bernardo de Gálvez es también una crónica de cómo ha sido recuperado por españoles y americanos. Es el único ciudadano honorario de nuestro país reconocido por el Capitolio norteamericano. En esa nómina solo hay 7 nombres más, gente menor, si me permite la ironía: Churchill, Lafayette....

–Escritor, delegado durante años de La Razón en Andalucía... pero su pasión es la radio. Un medio con el que no ha podido ninguna revolución tecnológica.

–La radio está vinculada a nuestros hábitos. Es más difícil ver una pantalla mientras te duchas. Guillermo Fesser me dice que cuando lleguen los coches automáticos empezará la decadencia. La gente caerá hipnotizada ante una pantalla mientras un robot lo guía en el automóvil hasta llegar al destino seleccionado. El científico Rafael Yuste está investigando en la Columbia de NY para que las tecnologías no puedan leer nuestro cerebro directamente. ¿Quién sabe? Lo cierto es que Marconi, que estuvo en Sevilla y se hospedó en el Alcázar, pensaba que su invento serviría para la comunicación marítima.

La radio está vinculada a nuestros hábitos. Es más difícil ver una pantalla mientras te duchas

–Como periodista radiofónico tiene un vivo interés por lo anecdótico, por los personajes un tanto marginales. ¿Qué busca en ellos más allá del entretenimiento a la audiencia?

–Me interesa ampliar temas, ángulos y personas, no ir al aluvión ni al agendismo. Hace unos meses era obligado entrevistar a Amenábar y hablar de Unamuno por decreto. Si a alguien se le hubiera ocurrido hablar de Unamuno quince días antes del estreno de Mientras dure la guerra lo hubieran mirado como a un alucinado. En El Flexo, el programa de radio que mas he disfrutado en mi vida profesional, hablo con Carmen Thyssen en una sala de su museo malagueño, de su pasado en Hollywood, de su listeza; con José Antonio Marina sobre La pasión del poder, ¿por qué les interesa a estos de ahora la fatuidad del poder?; con José Luis Garci en su oficina de producción sobre el cine negro y los detectives irreprimibles; o con Raúl del Pozo, en el Hotel Palace, sobre los tablaos de Madrid, la crónica parlamentaria o los amigos muertos. Respecto a lo otro, creo que hay que huir de lo que Camba llama “pensamientos de fábrica”, “un pensamiento propio, por modesto que sea, vale más para uno que todo Pascal o La Rochefoucauld”.

–Hace poco hubo una sonada discusión entre Quintero y Alsina. El segundo defendía que era más difícil entrevistar a un político que a uno de esos personajes extravagantes a los que sólo hay que poner el micro por delante.

–Las entrevistas políticas están llenas de pactos, acuerdos, gabinetes de prensa, intermediarios que dicen esto sí y esto no. Los políticos son gente normal ejerciendo de estrellas mediáticas: un disparate, claro. Para mi es un trabajo rutinario. Carlos Alsina se toma en serio su tarea, evita a carta cabal el compadreo. Y eso es de agradecer incluso en una radio informativa con tantos caparazones, tantos lugares comunes y tantos condicionantes. Por otro lado, no puedo opinar de la radio de Quintero: eran mis padres los que escuchaban sus programas. Y no he tenido la suerte de acceder a sus archivos ni a los de sus programas para la SER ni a los de RNE. Pero, como decía Ortega, el mito es el fermento de la Historia. Su misterio es que parece que todavía está emitiendo desde Placentines: la voz del Loco. Jesús presentó el libro de Sinatra en Sevilla y se lo agradezco. Con su televisión, con lo cuidado de su trabajo, con las preguntas y la selección de personajes, me ha hecho disfrutar mucho.

–¿Cómo ve el panorama actual de la radio española?

–Hay competencia y golpes bajos, odios africanos y amistades inquebrantables, pero creo que, en general, hay menos tensión que años atrás. Recuerde, cuando el Sindicato del Crimen y el Imperio del Monopolio. Personalmente, me gustan programas pequeños, cuidados desde un punto de vista radiofónico: Sucedió una noche de la Cadena Ser o Cowboys de medianoche o la Tertulia de los sabios. Echo de menos a tipos con talento como Alvite o Garmendia. Tengo una vieja radio de rueda y ahí puedo escuchar hasta un programa de caza y pesca. Escuchando en estos días a Carlos Herrera me da la sensación de que está empezando en Radio Mataró, cuando decía que tenía fuerzas para comerse a Tarradellas por los pies. Desconozco cuál es su fuente de energía o de ilusión, pero resulta asombroso. En mi generación es un derroche que profesionales en plena madurez como Alfredo Menéndez no tengan el reconocimiento que merecen. Y creo que la radio de Jesús Vigorra, un hombre llano, con inquietudes y sin dobleces, vivirá su momento en Andalucía.

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