Soñando despierto

Amaneciendo un día para el llanto

  • Jueves Santo. En esta insólita Semana Santa sin pasos en las calles llega el día en que las lagrimas de la nostalgia fluirán más caudalosas por dejar de ver lo que más queremos

La demoníaca pandemia no nos ha dejado otra opción que la muy dolorosa de quedarnos sin ver al Señor en la calle. La demoníaca pandemia no nos ha dejado otra opción que la muy dolorosa de quedarnos sin ver al Señor en la calle.

La demoníaca pandemia no nos ha dejado otra opción que la muy dolorosa de quedarnos sin ver al Señor en la calle.

ESTAMOS ya en el día más grande de esta extraordinaria ópera que Sevilla pone en sus calles a excepción de este puñetero bisiesto de pandemia y reclusiones domiciliarias. Me decía Manuel Mantero una tarde de lluvia en un hotelito de calle Gerona que el suplicio mayor, la prueba más insoportable que sufría en su exilio de Atlanta, era el de tener que dar clase en pleno Jueves Santo en su cátedra de la Universidad de Georgia. Y es que lo que empieza el Jueves Santo y acaba con el Cachorro por el Zurraque es algo muy especial.

Llegado el gran día, Sevilla es un tobogán de sensaciones y de vivencias que posiblemente nunca puedan ser olvidadas. Es el día más largo, un día que se empastela con el siguiente, que amanece muy temprano y que no tiene ocaso, es el Jueves Santo, la culminación de Sevilla en su gran celebración. No va más, con la ciudad vestida con sus mejores galas así que en su mañana de jueves luminoso, se produce el nomadeo de la gente para ver en los templos las imágenes más veneradas, las que van a salir esta tarde o esta madrugada. Eso, en situaciones de normalidad, pues en este infausto año, nada de nomadeo.

Mañana de Jueves Santo en Sevilla con la ciudad limitada por sus particularísimos puntos cardinales de la Macarena a la calle Pureza, de San Lorenzo a la Puerta Osario y del Patrocinio al santuario de los Gitanos. Vamos de la Magdalena a San Antonio Abad, de la Plaza de los Carros de ver a la Virgen del Rosario a la antigua Universidad para extasiarnos ante los ojos verdes de la Virgen del Valle. Macarena, Gran Poder, Calvario, Silencio, Pasión, Valle… en la intimidad de sus templos era como el anticipo de lo que estaba por llegar.

Y lo que estaba por llegar no llega, vaya por Dios. Soñando, soñando, imaginamos a Los Negritos con sus cuatro espléndidos faroles limitando el espacio del Cristo muerto de la Fundación en el contraluz de la calle Laraña. Es un contraluz idéntico a aquel tan retratado del Cristo de los Estudiantes sobre el empedrado y los raíles del tranvía cuando su casa estaba en la antigua Universidad, contraluz cegador y bellísimo, estampa como seña de identidad para esta gran celebración que preveía para hoy su cénit.

Y a renglón seguido, los Caballos que van izando a Jesús en la cruz. Algún cante en el Rinconcillo a la Virgen de las Lágrimas estupefacta ante un drama que no tiene retorno bajando por calle Gerona, esa misma calle Gerona que durante unos días de la primavera de 1922 alfombraron de paja y de serrín para que las caballerías y los carruajes no perturbasen a José Varé en su terrible agonía, aquel Varelito muerto por la gangrena gaseosa tras una cornada en la Feria de Sevilla. Bueno, pues por esa calle Gerona se dirigirían los Caballos y la Virgen de las Lágrimas al cogollo de la cosa.

Muy cerca, en la Alameda, Montesión, pero al otro lado del río vemos una virgen hermosísima que se llama Victoria y que salió de una gubia tan desconocida como diestra. Sale de Los Remedios como con prisas por cruzar de orilla esta cofradía tabaquera. Después de las Cigarreras, esa fiesta en la Alameda con banda sonora del tintineo inconfundible de los rosarios que lleva en sus varales la Virgen del Rosario. Pero queda mucho por llegar cuando sale de foco Montesión y entra la Quinta Angustia, aristócrata austeridad, balanceo trémulo y trágico de Cristo recibiendo tierra por Rioja vespertinamente y bajo las tinieblas de Molviedro y Doña Guiomar cuando va de recogida.

La Virgen del Valle y Nuestro Padre Jesús de la Pasión, dos obras cumbre de nuestra gran celebración. Los ojos verdes acuosos de pura lágrima de la Madre que camina tras los pasos de su Hijo hartita de llorar. De ese Hijo que mueve a la contrición cuando ya mismo va a aparecer por las calles de Sevilla ese Señor de Sevilla que mueve a la atrición cuando ya el gallo ha cantado tres veces y San Pedro no ha querido saber nada para que las palabras del Maestro se cumplan, como debe ser.

No ha entrado Pasión en su casa del Salvador cuando ya deberían estar en la calle tres de la Madrugada. El Silencio entra en Campana, la Macarena viene en volandas por Anchalaferia y una suerte interminable de nazarenos de ruan caminan precediendo al Gran Poder. Ya es realidad la incomparable Madrugada de Sevilla y conmueve el crujío del Calvario por Castelar. Madrugada de Sevilla con sus contrapuntos de austeridad en intramuros y de gloria y gozo en las que vienen de fuera de la muralla con sus capas blancas y sus túnicas verdes y moradas, la Macarena, la Esperanza de Triana y los Gitanos como contrapunto de algo que no tiene explicación, la incomparable Madrugada.

Y fluirán como nunca las lágrimas que vienen directamente del corazón por la terrible realidad de no sobrecogernos con la zancada del Cisquero por el Museo y la Gavidia, padrenuestro solemne a las puertas de San Vicente, recogimiento por Cardenal Spínola, vencejos al aire de San Lorenzo, fríos del alba... Bueno, pues lágrimas y sólo lágrimas recordando lo que hemos dejado de ver. Y rezar porque el que todo lo cura haga que este maldito cáliz pase pronto, Madrugada sin Gran Poder, qué tragedia.

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