El Palquillo

Hay días en los que el hombre sí está hecho para el Sábado

  • Buen tiempo y estampas familiares en las cofradías que salieron el Sábado de Pasión

  • La Milagrosa no hace carrera oficial pero ve la Giralda desde la Gran Plaza

Día grande en Alcosa, Torreblanca, San José Obrero, Padre Pío y Ciudad Jardín. Un Sábado apasionado y apasionante en los cuatro puntos cardinales de la ciudad de las vísperas, que eran cinco, como las puntas de la estrella de David.

La Milagrosa convoca un público familiar, cercano, apacible. Es una procesión de tres generaciones. Prodigan abuelos que recuerdan, padres que no olvidan, hijos que se estrenan en el terreno de las emociones, donde la Semana Santa es una maestra con más certificados que Salamanca.

El abuelo duerme al hermano mayor en el carrito. El padre, émulo de canguro, lleva al bebé de un mes en la marsupia de su regazo. Tamborilea suavemente al compás de la música. La Avenida Ciudad Jardín es una alfombra de gente. Con el misterio y después con el palio se repite el ritual de la saeta y la gaita desde el Centro Asturiano.

El saetero se llama Ángel Díaz, de la escuela de Pepe Perejil. Es de Sevilla, pero se siente como en casa. “Mi abuelo era asturiano de Covadonga, tenía allí una fábrica de sidra y montó en Sevilla una cristalería”. El gaitero interpreta ante el paso de Cristo Asturias patria querida, himno oficial del Principado.

La casa de Lola y Manuel hierve de preparativos. Suenan a pareja artística de Triana. Viven en un séptimo. Por un lado se ve el mercado de las Palmeritas y la clínica Doctor Fleming; por el otro, el blanco de las túnicas de la Milagrosa atravesando la calle Cardenal Rodrigo de Castro entre las viviendas del barrio construido para acoger a los trabajadores que vinieron a la Exposición Iberoamericana de 1929.

La abuela Lola ha lavado, planchado y abotonado cinco túnicas blancas de la Candelaria para su hijo Manuel y sus nietos Manolo, Juan, Ana y Estrella. El abueloManuel la ha visto salir por la tele y baja a verla en la calle. Su abuela paterna, la tatarabuela de los nietos que procesionarán el Martes Santo, enviudó en San Juan del Puerto en 1913 y se vino con sus cuatro hijos a Sevilla. Encontró una vivienda en Ciudad Jardín. El abuelo Manuel se encuentra con su amigo Evaristo, que provee de frutas a los marines de la V y la VI Flota de los Estados Unidos, que ve la procesión con su hijo Nicolás, guitarrista y flamencólogo.

Estas hermandades del Sábado de Pasión no hacen la carrera oficial, pero desde la Gran Plaza hay una vista impresionante de la Giralda. Allí mismo se puede coger el Metro de Ciudad Jardín hasta Ciudad Expo. Del 29 al 92 en un pispás. La cola de gente que espera al cortejo llega hasta la calle Goya, junto al estadio del Sevilla.Una joven se asoma a una de las ventanas de la Pensión Gran Plaza. Un padre juega con sus dos hijos por el carril-bici a un Saber y Ganar cofrade. Elena puede convalidar la jornada con una media maratón. Han visto a San José Obrero en Kansas City y van por Eduardo Dato para encontrarse con La Milagrosa.

“Hasta el último rayito de sol, hemos tenido suerte con el tiempo”, dice una madre. Los curas son expertos en el cielo, pero este sacerdote va bajo tierra. Pepe Chamizo, ex Defensor del Pueblo, coge el Metro en la Puerta Jerez. Cristo, que paró en Éboli en la película de Francesco Rosi, ayer se detuvo en Alcosa, Torreblanca, Palmete y San José Obrero, credenciales del esposo de María, que también completó el recorrido a estos cinco dominios donde la ciudad creció en patrimonio y en demografía.

Sábado vestido de domingo. La Semana Santa renovó la capacidad de autoorganización que el pueblo tiene sin necesidad de protocolos excesivos. Donde había una multitud, no queda casi nadie. Abuelos y nietos coinciden en este legado hecho costumbre. Un patrimonio inmaterial que se ha salvado de esa deforestación cultural que trivializa la familia como rémora o anacronismo. Todo era una Ciudad Jardín, paraíso con un suave atardecer en el tiempo donde nunca es tarde aunque haya que cambiar la hora, que a veces causa más estragos que cambiar de siglo.

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