La Semana Santa que perdimos

Sagrarios para un Jueves Santo

  • En un recorrido simbólico nos acercamos a siete templos de Sevilla con sus monumentos eucarísticos

  • Este año las mantillas y las túnicas se quedarán en el armario de la memoria

El Monumento Eucarístico de la parroquia de la Magdalena, con el Santísimo en la Custodia de la Hermandad Sacramental. El Monumento Eucarístico de la parroquia de la Magdalena, con el Santísimo en la Custodia de la Hermandad Sacramental.

El Monumento Eucarístico de la parroquia de la Magdalena, con el Santísimo en la Custodia de la Hermandad Sacramental. / Juan Carlos Vázquez

HA llegado el Jueves Santo, que es el día del Amor Fraterno, y hoy representa la cumbre de la pérdida. No se podía llegar más alto para vernos tan abajo con la nostalgia de lo que no viviremos, pero también con los recuerdos de lo que vivimos. Mantillas y peinas que se quedarán guardadas en los armarios del tiempo. Túnicas de nazareno que ninguna mano planchó, en las que aún se percibe algún resto de cera como si se hubiera secado la lágrima de un cirio. Madrugada tan larga, tan demasiado larga, que se acortará entre un eco lejano de Esperanzas.

Hoy no salimos para asistir a los Santos Oficios, a la Mesa de la Cena del Señor, ni habrá procesiones claustrales para trasladar al Santísimo a los Sagrarios. Pero vamos a visitar los monumentos que permanecen alzados en la memoria, como reflejos de otros años en los que Sevilla conmemoraba la plenitud del Jueves Santo con la grandeza de una Roma andaluza. Por calles y plazas que hoy estarán vacías, con el sol de la tarde avanzando por el camino más corto, entre murmullos que nos devuelven al tiempo que se nos ha escapado como un chorro de agua entre las manos.

Siete sagrarios de Sevilla. Siete instantes de oración frente al monumento en el que crepitan las llamas de los cirios rojos ante el Santísimo.

Sagrario de Santa Inés, primeras horas del Jueves Santo. Cuando comienza la celebración de los Oficios, al fondo, llega el eco de la trompetería tras el paso de los Caballos de Santa Catalina. Desciende por la calle Gerona, mientras las franciscanas entonan sus cantos del Jueves Santo. El Pan y el Vino, con la sencillez de los monumentos conventuales. El arcón de ébano y plata, que servirá para acoger al Santísimo, que se quedará allí, entre los silencios de un Jueves Santo diferente, cuando se apagarán los ecos y sólo persistirán los murmullos de las monjitas que rezan.

Sagrario de San Pedro, que está al lado de Santa Inés, pero es de otro mundo. Hay más bullicio. Vienen las multitudes desde la Puerta Osario hacia el centro, para ver los pasos del Jueves Santo. Es un Sagrario de especial encanto, con el monumento de la Sacramental, que aún es de las puras, y que tiene allí al Nazareno de la Salud, compartiendo los rezos. Al fondo, está el Cristo de Burgos, que ha salido el Miércoles Santo, y que en el friso de la Madrugada entró en su templo a oscuras, iluminado sólo por las llamas de los cuatro hachones. Ahora están apagados.

Sagrario de San Isidoro, al que llegábamos por la calle Luchana. Los pasos de las Tres Caídas y la Virgen de Loreto preparados al fondo, para la salida del Viernes Santo. Siempre mirando al cielo, por si llueve o no, pero esa es una inquietud futura. Ahora Dios está en el Sagrario, en la Capilla Sacramental de la parroquia, donde los fieles se arrodillan y le rezan. Son horas vespertinas, en las que no ha llegado aún el cortejo de Santa Catalina, subiendo la Cuesta del Rosario, ni siquiera estarán Los Negritos por la Alfalfa, con su Cristo muerto. Se palpa un cierto compás de espera.

Sagrario de la Catedral, que recibirá a los miles de nazarenos que se arrodillarán ante el Santísimo en la tarde del Jueves Santo y en la Madrugada. En los últimos años, el Monumento se instalaba en la Capilla Real, con la Virgen de los Reyes, como antes se instalaba en el grandioso altar de los fastos. Este año se iba a colocar en la capilla de San Pablo. En un lugar o en otro, ¡qué bien se está! La majestuosidad de la Catedral se queda pequeña en este Jueves Santo, ante la grandeza humilde del Dios que sólo necesita el pan y el vino para su Sacramento.

Sagrario de la Magdalena, con la esbelta y finísima Custodia de la Sacramental. Sin duda, uno de los monumentos más bonitos de la tarde del Jueves Santo. El Santísimo es adorado después de que hayan salido los nazarenos de la Quinta Angustia con su Cristo estremecido, entre el piar de los pájaros que se acercaban a la puerta al caer la tarde. El Santísimo es adorado, horas antes de que los pasos del Calvario, que permanecen al fondo, impregnen de luto la Madrugada.

Sagrario de San Lorenzo, que se instalaba en la Capilla Sacramental, cuya restauración culminó en vísperas del coronavirus. Imaginemos allí a Jesús Sacramentado, en la noche del Jueves Santo, cuando afuera, en el rebullir de la plaza, se agitarán las plumas de los armaos de la Macarena, que van a visitar al Señor del Gran Poder para postrarse. Dios presente en el Sacramento y Dios representado en la Madera, que abrirá los corazones cuando suene la campanada de la una de la madrugada en la plaza.

Sagrario de Santa Rosalía, donde vemos otra vez las verdades de los sagrarios pobres que glosó Romero Murube, uno de los escritores de este barrio de San Lorenzo. Las madres capuchinas ofrecen lo mejor que tienen y llenan de flores su monumento. Hay que visitarlo entre una procesión y otra, o en algún momento que le reservamos. Dios se quedará en el silencio de la madrugada más larga. El Silencio ahora se estira hasta la esquina de la plaza de la Gavidia. Y se intuyen los silencios del Gran Poder, que pasará ante la puerta del convento, cuando se reflejen las primeras luces del amanecer del Viernes Santo entre los sueños callados de Sevilla.

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