Contrapunto | Martes Santo

La francesa que lloraba en Sevilla con cada saeta

  • Su madre dirigía el Instituto Francés de Sevilla y su padre el Pabellón de Francia en la Expo l Laurence Debray encontró en Sevilla lo que no había en Cuba ni Estados Unidos

Alfonso Guerra, en la puerta de Ómnium Sanctórum en la campaña de las generales de 2011. Alfonso Guerra, en la puerta de Ómnium Sanctórum en la campaña de las generales de 2011.

Alfonso Guerra, en la puerta de Ómnium Sanctórum en la campaña de las generales de 2011. / M.G.

SIMONE Signoret le enseñó a lavarse los dientes. Eduardo, un antiguo gerrillero boliviano, a montar en bicicleta. Y Alfonso Guerra tuvo que ser el que le descubrió los misterios gozosos de la Semana Santa de Sevilla. “... me había convertido en especialista de la Semana Santa, en la que cada saeta me emocionaba hasta hacerme llorar”, cuenta Laurence Debray en su libro Hija de revolucionarios (Anagrama). Llegó a Sevilla con doce años, a la tierra de los antepasados de su madre, la venezolana Elisabeth Burgos, contra el criterio de su padre, el francés Régis Debray, que de compañero del Che Guevara en la selva de Bolivia pasó a asesor de Mitterrand en un despacho del Eliseo. “Mi padre se opuso con firmeza”, cuenta Laurence de la reacción de Régis Debray ante el traslado de su hija. “Sevilla estaba más cerca de África que de Europa”.

En 1989, el año que cae el muro de Berlín y sus padres rompen con el régimen castrista, Elisabeth Burgos, que ha sido nombrada directora del Instituto Francés de Sevilla, decide traerse a su hija con ella. Después vendría el propio Régis Debray “para ocuparse del pabellón francés de la Exposición Universal”. “Dejé atrás los inviernos fríos y el mal humor de los parisinos. El perfume cautivador de las flores de azahar y del jazmín tuvo en mí un efecto inmediato. Viví cuatro años en Sevilla, en un estado de encantamiento permanente. Fue un renacimiento”.

Fascinada por la figura del rey Juan Carlos, a él le dedicó una biografía, su primer libro, y llegó a colgar en la pared de su cuarto un retrato del monarca español que su padre sustituyó por uno de Mitterrand. Un político por el que su tutor en Sevilla, Alfonso Guerra, no sintió demasiadas simpatías. En su libro de Memorias, Cuando el tiempo nos alcanza, Guerra cuenta que conoció a Regis Debray y a Gabriel García Márquez en París en un acto de solidaridad con Chile en 1974. Allí estaba Mitterrand. “Su soberbia, su elitismo, me sugerían la imagen de un condottiero del Renacimiento”.

“Fui adoptada por Alfonso Guerra”, cuenta Laurence Debray. “A veces venía a buscarme a la salida del colegio para llevarme a un mitin político”. Guerra es de los que disfrutan de las cofradías en la calle, San Bernardo por el puente o la Paz por el parque. Como su invitada residía con su familia en el barrio de Santa Cruz, Guerra le debió mostrar la seriedad levitativa de la cofradía homónima, con iglesia en la calle Mateos Gago. Muy cerca del colegio San Isidoro, junto al Mesón del Moro, donde estudió Alfonso Guerra y disfrutó de niño con las ofrendas florales a María. Única debilidad religiosa del político socialista, amén de la imagen de la Macarena que encendía sus luces en la casa de María, una vecina de la calle Rastro donde creció.En el casting de ciudades y modelos que Regis Debray le mostró a su hija, eligió Sevilla. En 1986, cuando Laurence tenía 10 años y sus padres todavía no se habían peleado con Fidel Castro, el intelectual francés le dijo: “Ha llegado el momento de que elijas dónde te vas a situar políticamente”. La mandó el mes de julio a Cuba y en agosto a Estados Unidos. Al final harían balance. Unas vacaciones repartidas entre un campamento comunista y una acampada capitalista. En el primero, confiesa con rubor cuando se quedó en la primera estrofa de La Marsellesa, un apuro similar al día que en el colegio de Sevilla –el San Francisco de Paula– era la única que no se sabía el Padrenuestro. Allons enfants. Ni Cuba ni Estados Unidos. “Sevilla era mi balsa de salvamento. Hay lugares mágicos, benéficos para el espíritu y el cuerpo: esa ciudad morisca forma parte de ellos”. Su madre volvía a los orígenes de un sevillano, Salvador Tortolero, que se fue en 1630 a Carabobo con un privilegio del rey de España. “Se reencontraba con su lengua materna y con cierta voluptuosidad, común a Andalucía y el Caribe”.

En Sevilla, su padre consiguió que le abrieran el Alcázar de noche para la visita de unos “invitados de postín” que se quejaron del retraso de la cena, del francés de Alfonso Guerra, que hizo de guía, y hasta del exceso de ajo y aceite en los platos. En el barrio de Santa Cruz convivía con una fauna humana abigarrada en la que figuraba “un cónsul de Francia que pregonaba la laicidad hasta el punto de desdeñar sin disimulo la Semana Santa”.

Fue la época en la que visitó Sevilla Jack Lang, ministro de Cultura de Mitterrand, y se hizo un trueque bajo cuerda con la caseta de Feria La Francesita. De Sevilla, su padre la desterró a un liceo francés en Málaga.

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