La marcha que hizo llorar a Manuel López Farfán mientras la componía
El genio de San Bernardo reunió en las melodías de "El Refugio de María" todo lo que era la cofradía en los años veinte del siglo pasado
Mientras la componía no pudo evitar emocionarse
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Como en todas las artes y en todas las ramas del conocimiento, en ocasiones la emoción está al servicio de la disciplina y lo académico. El ser humano se nutre esencialmente de emociones, de sensaciones e impulsos, más o menos irrefrenables, pero que modulan nuestra conducta y nuestra propia condición. En el caso de la música, aunque requiera de técnica y de profundísimos conocimientos para su estudio y ejecución, cuando se pretende transmitir escenarios y narrativas la emoción desempeña un papel trascendental para conectar con el receptor y, por ende, con su aspecto más sensible, con su ánimo.
En el año 1872 nacía en Sevilla, concretamente en el barrio de San Bernardo, Manuel López Farfán, de quien ya hemos escrito larga y hondamente en esta cabecera, porque lo merece y porque es justo rescatar todo cuanto aportó a la música nacional y en particular al género de la marcha procesional que -insistimos- es lo que hoy conocemos por su ingenio. Siempre llevó a su barrio por bandera y jamás negó sus orígenes, pero nunca compuso para su cofradía hasta bien asentada su madurez profesional: en 1921 (con casi cincuenta años) Farfán concluyó una de sus marchas más especiales y significadas, como es El Refugio de María, anterior a las composiciones que le valieron el reconocimiento general y que marcaron el devenir del género, La Estrella Sublime y Pasan los Campanilleros.
Para contextualizar, es necesario ubicar históricamente el momento de la escritura de la marcha. La cofradía de San Bernardo y el barrio se aupaban a la atmósfera de efervescencia e innovaciones estéticas del momento, unos felices años veinte que resultaron prósperos en todas las parcelas por la proximidad de la Exposición Iberoamericana del 29, muy especialmente en el arte sacro, lo que redundó en la puesta en escena de los cortejos. Imaginería (irrupción de Lastrucci), textil (diseños de Udell) o música, con nuestro Farfán y su hermandad en pleno apogeo. Ya se había asentado plenamente el palio de Ojeda y en aquella década se estrenaría el actual paso del Cristo de la Salud, obra de José Gil.
A estas circunstancias y estímulos se le une, en el caso particular del arrabal taurino, la estrecha vinculación que históricamente ha mantenido la hermandad con la Fábrica de Artillería, cuya sede sigue siendo contigua a la parroquia y que le ha imprimido un carácter identitario al propio cortejo. La milicia, por tanto, era algo cotidiano en el ambiente del arrabal, y tanto lo interiorizó Farfán (que previamente había recibido enseñanza militar) que quiso plasmarlo en la partitura de El Refugio de María.
El pasaje de enlace entre las dos partes del trío de la marcha está inspirado en un toque militar, aunque también podría tratarse de un toque militar relacionado con las bandas de caballería, puesto que el célebre Brigada Rafael era también de San Bernardo. Además, el trío lleva una percusión (el uso de las baquetas) que refleja el roce de las bellotas en los varales. "Si lo unimos todo, tenemos en el trío el ambiente del barrio en su día grande: la Reina de San Bernardo avanza grácilmente en su paso de palio por las calles de barrio, alegría, toques marciales, etc", apunta José Manuel Castroviejo.
Se dice que, mientras componía la marcha, López Farfán no pudo reprimirse las lágrimas por la emoción que le causaba componer ya no solo para la cofradía y su Virgen del Refugio, sino para todo un barrio y toda su identidad. Y es curioso porque el músico nunca actuó tras el palio del Refugio, pero tal era la vinculación que terminó componiendo para su hermandad. Así lo explicaba en su día un flautista y discípulo de Farfán, Manuel Rodríguez Ruiz: "Recuerdo que al día siguiente de haber escrito la marcha dedicada a la Virgen del Refugio, después de habérmela tarareado me dijo: 'Esta marcha, mientras la he estado escribiendo en la madrugada, me ha costado varias lágrimas!'". Esta anécdota la refutó más tarde José Montoto, que años después del fallecimiento del músico comentó que "no es extraño que, como él afirmaba, hubiese llorado más de una vez escribiendo El Refugio de María". Así se recoge en el libro Farfanerías, publicado la pasada Cuaresma por Castroviejo y José Ignacio Cansino, director de la Banda de la Cruz Roja.
Un revolucionario que, a pesar de su dominio y su técnica, también se doblegó al inmenso poder de la emoción y de sus raíces.
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