La parada en la que se apea el tiempo

Encallejados

Terminal de autobuses de pueblo con humo de calentitos y rótulos de bazar chino, Don Fadrique es la calle donde tras un arco la vida cambia de pulso.

El arco y la basílica de la Macarena marcan el punto de fuga de la calle Don Fadrique.
El arco y la basílica de la Macarena marcan el punto de fuga de la calle Don Fadrique.
Diego J. Geniz

23 de marzo 2015 - 05:03

UNO siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida. A la muralla y al arco que permanecen impertérritos a la erosión del tiempo. Tiempo es precisamente de lo que menos disponen las clientas del Mercadona que salen y entran del establecimiento de la calle Don Fadrique. Junto al carro de la compra, las vecinas del barrio arrastran la prisas de sus tareas cotidianas, aquéllas que se cruzan con la de los estudiantes de Medicina que se dirigen a clase apurando los últimos minutos antes de entrar. En este trasiego de un día cualquiera, dos inmigrantes hablan en un portal sobre los tiempos de "esclavitud". "La época de los esclavos romanos ya ha pasado", le refiere uno de ellos -con dulce son hispanoamericano- a su interlocutor a escasos metros de la esquina con Perafán de Ribera. "No puedes dejarte tratar así por nadie, somos trabajadores, no esclavos", refiere mientras se dirigen al centro cívico San Fernando.

La calle Don Fadrique ha sido colonizada por los bazares chinos. La gran potencia ha dejado impregnada su huella amarilla en esta vía donde el romano Macario tenía sus huertas. Tres tiendas asiáticas seguidas. Sin apenas solución de continuidad. La primera de ellas recibe un nombre que recuerda a cierto martillo que suena muy cerca de estos lares en un madrugada muy concreta: El Dragón Volador. Su escaparate es una amalgama de artículos similar a los nuevos pasos de misterio donde todo cabe.

El nombre del segundo bazar constituye una prueba para la memoria y la pronunciación. No es nada fácil: Bu Bu Gao Sheng. Hay que repetirlo varias veces hasta hacerse con él. El idioma amarillo no es necesario para constatar que en su interior se venden esas sillas que, llegadas estas fechas, se multiplican -como el milagro de los panes y los peces- en la ciudad. Más adelante se encuentra el último bazar: Moda Nueva, nombre que no hay que tomárselo al pie de la letra a tenor de los modelos exhibidos en su escaparate. Los bolsos que en él se muestran tienen tanto plástico como para cubrir, en caso de lluvia (crucemos los dedos), un misterio con olivo en lo alto. Sus trajes gozan de un brillo que ya quisieran muchos priostes en los enseres de su cofradía.

En la acera contraria la piedra renacentista del antiguo Hospital de las Cinco Llagas (o de la sangre) sirve de pétreo fondo a las banderolas colgadas de las farolas en las que se pide el voto para la candidata socialista, una trianera cuyo rostro se repite en tierra macarena. La campaña electoral toca a su fin y apenas se cuela en las charlas surgidas al compás de la espera en la parada que hay delante de los jardines del Parlamento. Los tertulianos aguardan a que el Paulino les lleve a La Algaba. La política pierde peso en el orden de prioridades a la hora de mantener una conversación con el compañero del breve viaje. El tiempo que hará la próxima Semana Santa y el problema de la Madrugada ganan la partida en esos instantes consumidos mientras llega el autobús que les llevará a su destino.

Un destino bien distinto es el que les espera a los que hacen cola delante del puesto de calentitos de la Familia Alfonso. El reloj aún no ha dado las 11:00 y todavía permanecen una decena de personas aguardando a recibir su rueda de masa y aceite con la que calmar la gula estomacal. El humo de los calientes se evapora en el aire de marzo acostumbrado a nubes de sahumerio. Justo enfrente, el Bar Plata constituye el mejor mirador de la Resolana, donde empieza la ronda que abraza a la vieja ciudad.

Los clientes de la calentería se desparraman por los veladores. Entre sus manos se desliza el aceite cual barniz que otorga pringosa veladura a todo cuanto toca. Al fondo, marcando el punto de fuga, se alza el arco que, en contraste con la vetusta muralla, es un faro de albero al que le han dejado sin el lucernario de su azulejo. Operarios municipales se afanan en ponerlo a punto para los días que están por venir. Detrás permanece abierta la cancela que cambia el pulso de la vida. Donde la espera no es camino, sino fin. Don Fadrique, la parada en la que se apea el tiempo.

La Carretería llega a la Plaza Nueva a mediados de los 20

La Cruz de Guía de la Carretería entra en la Plaza Nueva/Foto: La Sevilla que no vemos

Plaza Nueva. Curiosa instantánea la que nos trae de nuevo Julio Domínguez Arjona en la que se percibe como principal protagonista a un nazareno de la Carretería -túnica de terciopelo de cola y guantes de cuero- portando la cruz de guía. La cofradía viene directamente por la Avenida de la Constitución, llamada entonces de Cánovas del Castillo, para enfilar Tetuán y llegar desde allí a la Campana. Dos referencias de esta foto ayudan a fecharla. Los paneles que aparecen a la derecha cubren el solar donde a finales de la Guerra Civil se levantó el edificio de la Unión y el Fénix. A la izquierda se percibe un inmueble en construcción, se trata del Banco de España (obra de Antonio Illanes del Río), inaugurado en 1928, por lo que esta imagen corresponde a los años previos a dicha fecha.

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