Calle Rioja

Bodas de oro de paisanos de Fernando III

  • Celebración. El bar Lago de Sanabria abrió el día de la Lotería del año que el hombre llegó a la Luna. El padre daba hace 50 años una rosa a las señoras, el hijo ofrece “todo a un euro”

Pedro Rodríguez, con su esposa Rosa Sánchez y Chiqui y Pedro, dos de sus cuatro hijos, en el bar Lago de Sanabria. Pedro Rodríguez, con su esposa Rosa Sánchez y Chiqui y Pedro, dos de sus cuatro hijos, en el bar Lago de Sanabria.

Pedro Rodríguez, con su esposa Rosa Sánchez y Chiqui y Pedro, dos de sus cuatro hijos, en el bar Lago de Sanabria. / José Ángel García

PARECE un chiste de Gila. Cuando Pedro Rodríguez Ballesteros nació, su padre, Agapito, estaba en la guerra. Vino al mundo el 8 de marzo de 1938, hijo de Aurelia, que después tendría a Adela, Cesárea e Isidora. Nació en Entrepeñas de Sanabria, que en su apogeo llegó a tener 350 habitantes y hoy no llega a los treinta. Los mapas lo sitúan en el Camino Sanabrés o Mozárabe de Santiago, pero Pedro hizo el camino al revés, eligió la senda del Sur.

Con Eustasio Cobreros, también zamorano, amigo de su padre, cogieron en 1950 en Ribadelago un autocar de la compañía El Noroeste Zamorano que los llevó hasta Benavente. El resto lo hicieron en tren: Salamanca, Cáceres y Sevilla. Pedro tenía doce años. “Lo primero que vi nada más llegar a Sevilla fue a una señora que le daba el plátano a su hijo; tiró la cáscara al suelo y otro chiquillo cogió la cáscara y se la comió. Me quería volver a mi pueblo. La posguerra había sido mucho peor que la guerra”.

Lo iban a meter en el San Francisco de Paula, pero su destreza con las cuentas de la semillería que regentaba su tío Ricardo, hermano de su madre, lo puso enseguida detrás de un mostrador, su particular Universidad. El 29 había sido el 92 de los zamoranos y Pedro, paisano del rey Fernando III, seguía su estela.En un convite nupcial celebrado en una casa de vecinos no conocía a nadie y se fijó en una chica, María Rosa Sánchez, una macarena que trabajaba en la zapatería Segarra de la calle Sierpes. La acompañó a la salida, la protegió con el paraguas cuando empezó a chispear. Fue a pedirle la mano al padre de la zapatera prodigiosa, el cantaor Currito de San Julián. Se casaron el 26 de julio de 1963. “Si quieres triunfar en un negocio y tu mujer no te ayuda, te vas al garete”, dice Pedro.

Se encaprichó del local un día que fue con su señora al ginecólogo en el ambulatorio. El día de la Lotería de 1969 abrió el bar Lago de Sanabria, que suena a consulado zamorano. “Lo bendijo don Crescencio, párroco de San Pedro, que era prior de la Catedral”. Ese día, a todas las mujeres que entraron al bar las obsequió con una rosa roja. Medio siglo después, Javier Rodríguez, el pequeño de sus cuatro hijos, que regenta ahora el local, para celebrar el medio siglo ha puesto todo “menos el trago largo” a un euro: los churros, la tostada de jamón, la ensaladilla. “Me he vuelto loco”.

En 1969 llegó el hombre a la Luna y fue un gran año para esta familia, mestizaje de sanabrés y macarena. Después de que nacieran Rosa y Pedro, que regenta obro bar,Mi Alegría, en el barrio de La Salle, ese año nace Chiqui, la penúltima, palabra de bar, y se casa Isidora, la hija pequeña de Agapito y Aurelia. Han ido todos a Entrepeñas de Sanabria a celebrar sus bodas de oro. “Mi hermana Isidora se fue a Madrid y con su marido abrieron el restaurante El Duero, con el que ganaron muchísimo dinero”.

En 1977 nace Javier, que como Fernando III hizo su reconquista. Después de un paréntesis de ocho años recuperó el bar para la familia. Lago de Sanabria ha sido un bar pionero en muchas cosas. “Fuimos los primeros en tener caviar”. Lo pudo comprobar en persona quien era jefe de cocina del hotel Alfonso XIII. Una rareza que debe a quien fue uno de sus mejores clientes, vecinos y amigos, el farmacéutico y empresario Rafael Álvarez-Colunga.

Lo primero que hizo Pedro Rodríguez cuando abrió el bar hace medio siglo fue aprender a fregar. “Mi padre se lo tomó como una escuela, pagaba más que nadie y aprendía el oficio de sus empleados”. María Rosa, su mujer, se quedó con los trucos de la cocina con el mejor magisterio. “El dueño del Jamaica me mandó a sus dos mejores hombres de cocina. Uno de ellos se fue a Mallorca y antes de irse le enseñó las recetas a mi mujer”.

Pedro es un hombre enamorado de su pueblo, de su oficio y de su mujer. “Fueron en las bodas de plata a Italia”, recuerda su hijo, “hay una foto en la que están con unos recién casados en una góndola en Venecia, la pareja joven cada uno mira para un lado, mis padres están abrazados”. Fue hermano de la Cena y sigue siendo del Cristo de Burgos, con la que salió un año “con la cruz detrás del Cristo por una promesa”.

Vino en un tren que no llegaba nunca y apaga las velas cerca de Santa Justa, Alta Velocidad.

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