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Concierto de sitar en el Tanatorio

  • Tributo. La voz de su canción 'Sevillano', una declaración de intenciones, cerró el emotivo homenaje en la muerte de Benito Moreno al que se sumó la Sevilla que se sale del cliché

Gualberto y Benito Moreno con el ex entrenador del Betis, Paco Chaparro, en un acto cultural en la Librería Beta en 2012. Gualberto y Benito Moreno con el ex entrenador del Betis, Paco Chaparro, en un acto cultural en la Librería Beta  en 2012.

Gualberto y Benito Moreno con el ex entrenador del Betis, Paco Chaparro, en un acto cultural en la Librería Beta en 2012. / antonio pizarro

Debió ser la primera vez que sonaba el sitar en el Tanatorio de la SE-30. Gualberto, el discípulo sevillano de Ravi Shankar, se acuclilló sobre una alfombra, se quitó los zapatos y se puso a interpretar. Lo decía todo sin palabras en su particular homenaje al amigo Bento Moreno, de quien sus hijos habían colocado un paisaje y un autorretrato en el espacio desacralizado para el efecto, pero muy sagrado en sus intenciones. Fue muy difícil contener las lágrimas. Tres torres de la arquitectura sevillana asistían a la emotiva despedida: Antonio Cruz, Antonio Ortiz y, por delegación, Elena Laredo, compañera de Guillermo Vázquez Consuegra, vecino de Benito y autor de la rehabilitación de la casa a la que trasladó su estudio desde la Encarnación.

También estaban Alberto Rodríguez, el director de cine, y Gero Domínguez, sobrino-nieto del pintor y cantautor. Beatriz Moreno Decallet, su hija tan bretona y sevillana, hizo un recorrido por las huellas sevillanas de su padre en el primer Jueves al que faltará. Donde le echarán de menos el librero Luis Andújar, el chamarilero Guillermo el Negro, el numismático y filatélico Federico, Antonio González, el anticuario de El Pianillo, Félix, uno de los decanos del mercadillo, que algún día terminará vendiendo el busto de Franco. También repasará en su ausencia el sacristán de San Juan de la Palma, notario de todo lo que se mueve por allí.

A la despedida fueron los arquitectos Cruz y Ortiz y el cineasta Alberto Rodríguez

Junto a Antonio Falcón, Encarna, la viuda de Juan Teba, pedía kleenex para secarse las lágrimas. Se mezclaban con las risas cuando el cronista recordó a Teba como presentador y a Gualberto y Benito Moreno como mantenedores cuando en 1984, el año de Orwell, pronuncié el pregón del Verdeo de Arahal donde a los postres el alcalde, Manuel Bravo, me reconoció que me llamaron porque a última hora Rafael Alberti se había caído del cartel y recurrió al único periodista de la capital que conocía de dos años antes, cuando fui a cubrir el controvertido pregón que dio Camilo José Cela. Muchos lugareños habrán olvidado al pregonero, pero seguirán recordando a esa pareja de artistas a los que ayer volvió a unir el sitar en el tanatorio.

"Tenía la voz de Leonard Cohen", dice Gualberto cuando un amigo de la familia pulsa el casette para que suene el tema Sevillano. "Ay con el ay, ay con el ay con el ay...". La voz de Cohen con la chispa introvertida de Paco Gandía. Salió de su letargo facultativo Heliodoro Murillo, historiador y médico que se especializó en el tratamiento del dolor. Guillermo Moreno, el hijo barman de Benito, acompañó en silencio a Beatriz mientras ésta hablaba de Casa Vizcaíno y de los versos de Antonio Machado, de París y de Sanlúcar de Barrameda en su particular contra-corte de los Montpensier.

Las amigas de Benito son legión: Mercedes de Pablos, Ana Llorca, Isabel Rodríguez de Quesada. Estaban sus hermanos y algunos sus sobrinos, como Benito Domínguez, que trabajó en el cine para Saura y Benito Zambrano. No se separaba de la familia Mahmoud Traoré, el senegalés que contó en un libro duro y divertido a la vez, Partir para contar, traducido del francés por Beatriz Moreno, sus aventuras y desventuras desde su país a Sevilla. Antes de llegar al tanatorio, el cronista habló con su paisana María Dueñas, de vuelta de su gira americana de promoción con Las hijas del capitán. Le conté que íbamos a despedir al autor de la única canción-protesta de fútbol, el mítico Ra, ra, ra para denunciar el dispendio del Barcelona en el fichaje de Johan Cruyff, que debutó el 28 de octubre de 1974 en un Barcelona 4- Granada 0. En el equipo visitante jugaba Teófilo Dueñas, el tío carnal de la escritora manchega que se ha ido desde Cartagena a Nueva York en su última novela. Antes jugó en el Barcelona, pero ésa es otra historia que nos lleva a Sadurní, Asensi y Rexach, los ases nacionales que cobraban menos, en palabras de Benito Moreno, que "los pelucas extranjeros".

La música del sitar pasó rozando el larguero en el micrófono de Paco García, que llegó desde González Abreu esquina con Canalejas, presente con Mariano García Romero, el dueño del Donald donde tantas veces Benito hacía una tregua de tiempo entre Gravina y Bailén.

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