Estampas goyescas
La Noria
La escisión del PSOE municipal en dos bandos irreconciliables, derivada de la no aceptación de los críticos del resultado del último congreso provincial, sienta un grave precedente para la gobernación de la ciudad
EN la política, como en la vida, existen las afinidades peligrosas. Las relaciones de interés disfrazadas de afecto que en un momento dado, siempre de repente, emergen con rotunda violencia: el amor o la amistad, dependiendo de lo que se trate, se tornan de pronto en agresión. Y brota la irrefrenable voluntad de dominio. De poder. Tal mecanismo, cuya formulación más reciente deviene del Marqués de Sade (el primer ateo), y que pasa después por el filtro de Nietzsche hasta llegar al esbozo clásico, en forma de mito, que hizo Freud en su ensayo Tótem y Tabú, donde se explica en qué consiste el fenómeno psicológico de la muerte del padre, condiciona en buena medida todas las relaciones sociales, al ser -según el inventor de la psiquiatría moderna- el origen no sólo de la cultura, sino del propio individuo. Del sujeto que somos todos.
Se trata de un tópico psicológico -que nadie lo confunda con una muerte en sentido real, sino con un cambio brusco en las referencias vitales- que, a pesar de su gruesa representación (un parricidio), viene ser completamente natural. Funciona como una vía de afirmación propia que, por el sorprendente efecto de ciertas paradojas, al final convierte al hijo (asesino de su propio progenitor) en un defensor de la misma y discutida ley que instaurase el padre, personificación del concepto de autoridad. Del cuestionamiento se pasa así a la cerril profesión de fe. Y, en algunos casos, incluso al integrismo.
En la desgarradora lucha de poder que acontece en el seno del PSOE de Sevilla, cuya escisión ha sobrepasado esta semana un punto de no retorno, hay bastante de esto. Esencialmente porque el ejercicio del mando, con independencia de su grado, sea mayor o minúsculo, casi siempre suele discurrir por meandros similares. De ahí que no sea extraño que antiguos colegas -Monteseirín y Emilio Carrillo- anden a la greña por una sobrevenida desconfianza mutua y que, en dicha liza, el resto de actores hagan su papel con respecto a dicho divorcio. En honor a la verdad hay que decir que Carrillo y Monteseirín nunca fueron un matrimonio político. Más bien se trataba de una relación fraternal: compañeros de la misma quinta e idéntico devenir, aunque en un caso -el del alcalde- posicionado siempre junto al aparato del PSOE provincial, lo que, indudablemente, le ha hecho tener mucho más éxito. Casi nadie alcanza la cima -salvo en contadísimas ocasiones- siendo un outsider, aunque en relación a este punto habría que hacerse una pregunta: ¿Qué es mejor? ¿Llegar a la supuesta cúspide renunciando a tu propia esencia o, por el contrario, siendo tú mismo? En la vida existen renuncias lógicas y otras que se tornan imposibles, fundamentalmente por implicar la propia anulación de aquel que las asume.
En cualquier caso, la batalla en el seno de los socialistas sevillanos -lo que, como diría Neruda, sucede; sin que nadie lo avive- no es tanto una pelea de antiguos hermanos de sangre sino la réplica de una derrota mal asumida: la del llamado sector crítico de los socialistas, que intentó hacerse con el control del partido en el último congreso provincial, en buena lid, y que por una simple cuestión aritmética -no contar con todos los avales necesarios para siquiera dar la batalla-, fracasó en el intento.
Hasta que se celebró el cónclave socialista cualquiera podría pensar que tal pugna era lógica, fruto del proceso de renovación de la dirección del partido. Pero, a partir de aquí, todo sale ya fuera de escala. Unos -los oficialistas- han empezado a tomar venganza de los antiguos disidentes -la destitución de Demetrio Pérez de la delegación del gobierno de la Junta en Sevilla es el caso más llamativo- y los otros -los críticos- se resisten a ser laminados y usan las instituciones para plantear una guerra casi terminal. O supervivencia o muerte.
LA MUERTE DEL PADRE
En mitad de esta sopa espesa es donde hay que enmarcar el movimiento del alcalde de remodelar su gobierno sin consultar a los siete ediles que ya no le son afines y la propuesta de la dirección del PSOE de nombrar a Carrillo portavoz del grupo municipal, extremo al que se niega todo el entorno del alcalde, en especial el principal perjudicado: Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, antiguo pupilo de Carrillo -su padre político, como él mismo ha recordado en varias ocasiones- que busca ser el sucesor de Monteseirín en caso de que éste deje la Alcaldía.
Celis, que quiere ser cabeza de ratón antes que cola de elefante, probablemente porque piense que es la única manera de llegar a ser algún día el elefante completo, ha sustituido a Carrillo al frente de Urbanismo sin dejar las competencias -ya importantes- que ejercía como mano derecha de Monteseirín, con quien se ha aliado frente a su antiguo mentor. Cada uno elige libremente qué quiere ser de mayor: si apocalíptico o integrado.
Pero Celis, que dice sentirse como en el cuadro de Goya -Saturno devorando a sus hijos-, hace tiempo que mató psicológicamente al padre. Reivindicar a posteriori la bondad de su herencia, como ha hecho nada más tomar el poder en la Gerencia, acaso sea fruto de cierta conciencia de culpa. Y, en cuanto a Goya, pese al símil sugerido, sus aguafuertes son claros: "el sueño de la razón (del poder en este caso) produce monstruos".
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