Sevilla

Estatua con palomas entre abismos claros

  • Dejadez. La estatua del escultor Juan de Mesa, obra de Sebastián Santos Calero, sufre en la plaza de San Lorenzo el deterioro permanente de las palomas y de sus excrementos

La estatua de Juan de Mesa sufre a diario el deterioro de las palomas y sus excrementos. La estatua de Juan de Mesa sufre a diario el deterioro de las palomas y sus excrementos.

La estatua de Juan de Mesa sufre a diario el deterioro de las palomas y sus excrementos. / Antonio Pizarro

ESTATUA con palomas es el sugerente título de una novela de Luis Goytisolo con la que obtuvo en 1992 el Premio Nacional de Narrativa. En las antípodas de la belleza, estatua con palomas es en esta crónica un aguijonazo contra la dejadez y la indiferencia. Un contradiós en la ahora tan recordada sevilla de Joaquín Romero Murube. Un regate de oscuridad a sus abismos claros.

Dos cordobeses de cuna murieron el mismo año de 1627. Uno, el poeta Luis de Góngora, se convirtió en padrino póstumo de la generación del 27. Otro, el escultor Juan de Mesa, marcó los cánones de la belleza al servicio de la fe, geometría de la religiosidad.

En el centro de la plaza de SanLorenzo se erigió una estatua del escultor y su obra más certera, el Señor de Sevilla, centro de gravedad de la Pasión. Fue su autor Sebastián Santos Calero, dinastía de imagineros, y el modelo un joven de Guadalcanal, Juan Pablo Uceda. Si la cotorra argentina se adueñó de los árboles de la plaza con una ensordecedora algarabía, las palomas encontraron en la estatua de Juan de Mesa su punto de apoyo, su nido oficioso. “Mientras la gente les siga dando de comer”, se queja un vecino. La estatua mudó el color original por el impacto de los excrementos del pájaro invasor que extrapoló sus privilegios evangélicos.

Los chorretones recorren todo el cuerpo del imaginero y de su obra preclara. Es una plaza diferente de su estampa cotidiana. El Sardinero, que sólo cerraba los miércoles, cierra todos los días porque están de obras por un cambio de negocio. Cerrado El Sardinero, obras en la calle Cantabria, el único Montañés en activo es Martínez de primero, el artista de Alcalá la Real (Jaén) que rotula una de las calles que desemboca en la plaza presidida por la estatua de Juan de Mesa.

El bar San Lorenzo mantiene el nombre original, pero no tiene nada que ver con el que regentaron los hermanos Fidel y Servando. Un templo oficioso donde la clientela que llena el local desayuna sin alzar la voz con una parsimonia de cofradía civil con la liturgia de las medias y las enteras.

Juan de Mesa comparte honores en la plaza con Castillo Lastrucci, que murió tres siglos y medio después y forma parte del mismo firmamento de devociones. Miguel vende cupones en la puerta de El Sardinero, donde sólo está abierto el despacho de loterías y quinielas. El goteo incesante de fieles acude a la basílica del Gran Poder. Hay cola en el confesionario. Un hombre entra con un plano de la ciudad y un gps, que en San Lorenzo son iniciales del Gran Poder de Sevilla.

Es la plaza favorita de Iñaki Gabilondo, que abrió emisora en la calle Cardenal Spínola, el cardenal que fue párroco de esta iglesia. En el Sardinero había una fotografía de Atín Aya de la caída de la hoja. Hubo en tiempos otra foto de Salva, el portero del Betis, con su portería asediada por el delantero Paulo Futre. De la época en la que los futbolistas del Betis firmaban sus contratos en la calle Conde de Barajas, donde nació Bécquer, y se alojaban en la Pensión Rubens, pintor del Ajax.

Daoiz y Velázquez suenan a héroes de mayo pintados por Goya. Sus estatuas en la Gavidia y en la plaza del Duque se han librado de la colombofobia. Puede que sea una cuestión de altura, una ubicación más elevada que les hace inmunes a las cagarrutas imperiales que convierten el Juan de Mesa en un espectro, una furtiva ánima de antroido.

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