obituario

Mantecaditos contra el brexit (en la muerte de Rafael Miffut, dueño de Casa Rafita)

Rafita. Rafita.

Rafita. / M. G.

Ahora que el Gobierno va a dejar que salgan los niños, a Bea y Rafa se les van a quitar las ganas. A sus trece años, el 20 de agosto del año pasado perdieron a Manuela, su madre, víctima de un cáncer. La misma enfermedad, de la que parecía que nos habíamos olvidado con el prestigio mediático del coronavirus, que ayer se llevó a su padre. Se llamaba Rafael Miffut, pero no digan ese nombre por las inmediaciones de San Lorenzo, porque era Rafita para todo el mundo. Como el nombre que le puso al bar con los mejores caracoles del Hemisferio Sur.

Hace unos meses, en Canal Sur entrevistaban a un británico que había residido en Sevilla y volvió a Inglaterra en puertas del brexit. Le preguntaban por sus recuerdos de la ciudad y como una sinécdoque de todo lo demás, como si en su respuesta ya fuera incluida la Catedral, el Alcázar y el puente de Triana, contestó que si pudiera volvería en ese mismo instante para probar los mantecaditos de Casa Rafita. Una delicatessen de filete, huevo frito y salsa al whisky. Puro manjar.

Con el bar cerrado por el confinamiento, nadie ha podido pasarse a preguntar. La calle Marqués de la Mina, donde vivía el fotógrafo Atín Aya, tiene cuatro puntos cardinales: la Abacería de Ramón Sáenz de Tejada, en la esquina con Teodosio; Casa Rafita, que hace esquina con Miguel Cid; la galería-Taberna Ánima de Peter Mair, el austriaco que vino a Sevilla como intérprete del futbolista Toni Polster y echó raíces para siempre. Y ya en la plaza de San Antonio el bar Rodríguez cuyo timón llevan Pedro y Pablo, tocayos de quienes nos gobiernan, frente a la iglesia de San Antonio de Padua de la que sale el Buen Fin.

Casa Rafita era la casa de muchos: el profesor José María Miura, el comisario artístico Diego Carrasco, el fotógrafo Miguel Ángel León, el crítico gastronómico Eusebio León. En este tiempo empezaban a aparecer muchos extranjeros que llevaban el bar señalado en su plano de la isla del Tesoro. El año pasado allí celebré mi cumpleaños con una ciudad desierta cuyos habitantes estaban disfrutando de la Feria que ahora permanece tan cerrada como Casa Rafita. En las fiestas del colegio de las Mercedarias, con las madres y padres atendiendo detrás del mostrador, los caracoles siempre eran de Casa Rafita.

En su mostrador siempre había un ejemplar del Diario de Sevilla. En el corazón de San Lorenzo del que han escrito libros tan hermosos Ramón Cañizares y Paco Gallardo en los que siempre emerge Rafita como un tabernero singular que no atendía a clientes sino a amigos. A la madre de Rafa y Bea la despidieron amigos y familiares con una misa en el Cachorro. Rafita, que era más de monjas que de misas, ha elegido un mal momento para morirse. Con la ciudad vetada a los que piden la penúltima.

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