Este Nacimiento no tiene Reyes pero es un regalo
calle rioja
Tradición. Como cada año, el escultor e imaginero José Antonio Bravo sorprende con un original belén en su taller de la calle Antonio Susillo
José Antonio Bravo sorprende todos los años a los viandantes o curiosos que cada Navidad pasan por su taller de la calle Antonio Susillo. A los vecinos los sorprende menos, porque ya están habituados a la genialidad y la sensibilidad de este imaginero y escultor sevillano, colega del titular de la calle, de quien el pasado 22 de diciembre se cumplieron 125 años de su becqueriana muerte.
El año pasado fueron los globos, esa alternativa aerostática para acercar a los Reyes Magos hasta Sevilla con los imponderables de la pandemia; y este año han sido los gallos. De todos los tamaños y colores, algunos incluso gallos de pelea, la mayoría pacíficos. El gallo es uno de los animales-insignia del barrio. En pocas iglesias ha tenido tanto simbolismo la misa del Gallo como en Ómnium Sanctórum, con el Gallo del misterio del Carmen Doloroso que representa los cantos de las tres negaciones de Pedro. El que después lo afirmó todo y cogió las llaves del reino.
La escena principal del Nacimiento que este año expone José Antonio Bravo es el lavado del Niño Jesús, con una solución hidráulica. Un buen escamondao, que dirían quienes crecieron en corrales de vecinos. No le falta un perejil. El niño y sus padres, por supuesto. San José era de oficio carpintero y el final de la calle lo preside la palabra Maderas, reliquia profesional de la fábrica que hubo entre bastidores de la calle Feria, reconvertida en zona de viviendas.
El escultor es vecino de Miguel el de los toldos, reconvertido en cuponero en toda la zona, y de Jesús el de las Motos y de Inma, actriz puntual tanto en televisión como en obras parroquiales y excelente cocinera. Hay un puesto de bicicletas, la frutería Las Cestas de Isa y Antonio, embajadores de San José de la Rinconada, paisanos del nuevo alcalde, y el bar Norte/Sur, donde despacha Miguel, pontevedrés de Arcade, patria de las ostras, que emigró primero a Holanda y se vino a Sevilla, a esta esquina de Antonio Susillo con la calle Feria, frente por frente en diagonal con la farmacia de Marisol y sus dos hijas farmacéuticas.
No se sabe si el belén es napolitano o florentino. Tiene un punto de pintura renacentista. Además de los gallos, que ganan por goleada, hay un gato observador, dos salamanquesas reptando por las paredes, un pollino que preside la escena y varios perros: uno que se rasca, otro que descansa y un galgo que es una maravilla de recreación. Tan natural como esos galgos que se ven por la Alameda, ya sea el de Matilde la herboristera o los que lleva con disciplina de flautista de Hamelín Bárbara, una argentina que es cuidadora de canes.
La obra de José Antonio Bravo está en numerosos escaparates de la ciudad, algunos en la calle Sierpes. En los Evangelios, Jesús pasa sin solución de continuidad de recién nacido a preso, juzgado, azotado y crucificado. La transición de la Navidad a la Semana Santa que encuentra su punto de inflexión en el Miércoles de Ceniza. En la lectura del último domingo Jesús aparece con 12 años. Un caso insólito. Es el episodio del niño que se queda en el templo asombrando a los doctores con sus preguntas y sus respuestas, mientras sus padres desesperados lo buscan por las caravanas un día entero sin encontrarlo. Es de las pocas veces en las que la Virgen María le echa una regañina a su hijo. Esa mujer que parece incapaz de enfadarse, de quejarse, hágase en ella según su palabra.
Ésa es la edad del Mesías en la que se especializó este artista de la Alameda. Hace años hizo una exposición en el monasterio de San Jerónimo de Niños Jesús que pescaban, pastoreaban, que saltaban a la pídola, ese juego que se puede ver en el dibujo que el ceramista ya desaparecido Francisco García Chaparro hizo para el bar La Piola. No deja de ser un homenaje a esta Alameda de Hércules que hace unos años recuperó la bendita algarabía de los juegos infantiles después de ser un coto vedado.
Este año no hay reyes magos, pero este Nacimiento es un regalo. Para la vista y para el alma. Es la punta del iceberg del taller de un artista multidisciplinar que ha conseguido lo más difícil, un sello propio. En un espacio muy reducido ambienta con una técnica casi de escenografía teatral diferentes escenas en sus respectivos lugares: el establo, la posada. Ya vendrá el tiempo del vino, el de las bodas de Caná, el de los odres nuevos, pero el artista se ha detenido en el tiempo del agua, metáfora del bautismo. Día de los Inocentes entre la Nochebuena y la Nochevieja, del cotillón a la catacumba pandémica. El niño recién nacido y el año que va a nacer, el primero del milenio con tres cifras, como las tenían sus hermanos mayores 1999 y 2000, que suenan a Antiguo Testamento, a profetas con solera.
El viandante que pasa junto a este improvisado escaparate y nollevamucha prisa se sorprende a ciertas horas con efectos sonoros: el mugido de una vaca, el rebuzno de un mulo, el canto del gallo, ese hilo musical de los pueblos que se perdió en las ciudades salvo que uno haga teología andante por Torreblanca, Valdezorras o Palmete, los santos lugares de la gente sin tonterías. El arca de Noé en el diluvio que viene.
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