Prosa poética en la calle Emilio Prados
Calle Rioja
El cementerio de San Fernando se convirtió en un improvisado taller de artes gráficas para despedir a un maestro de la impresión y la encuadernación.
Tenía nombre de director de periódico, pero Juan Tapia nunca dirigió La Vanguardia. Podría haber dirigido, eso sí, La Vanguardia Obrera, la broma que hacía mi amigo Ramón Balmes cada vez que subía a la cabina de radio del J.J.Sister rumbo al Caribe. Ayer lo despedimos en el cementerio de San Fernando y allí había gente suficiente como para hacer un periódico en cinco minutos. Los periódicos los hacen los que hacen los periódicos, aunque parezca esa tautología poética de Nicolás Guillén sobre cómo se hace un poema o el divertimento parisino que Unamuno tituló Cómo se hace una novela.
Mi primera imagen de Juan Tapia es de hace treinta años. Llegando en bicicleta al polígono Calonge con una gorra de taxista hispano de Los Angeles. Fue en esa época en la que empezaron a aparecer por aquel escenario primero fantasmagórico, después muy cotidiano, muchos de los que tres décadas después nos dábamos cita para decirle adiós. Cuando ayer empecé a llamar a muchos periodistas que lo conocieron (Ignacio Camacho, Paco Rosell, Santiago Sánchez Traver, Juan Luis de las Peñas, Luis Carlos Peris, Rafa Debén, Pepe Diéguez, Pilar Pastrana, Juan Emilio Ballesteros, José María Gutiérrez, Juan Carlos Cazalla, Román Orozco, Raúl Heras...), pensaba en Tapia ejerciendo de capitán del equipo de futbito de Diario 16 llamando muy de mañana a los componentes del equipo para las citas dominicales de los campos de albero de San Benito. Los mismos en los que años después iban a construir la estación de Santa Justa. El ritual de la incineración tiene algo de despedida en una estación de tren de provincias.
Supe por sus hermanos Pepe y Maribel que Juan deja un sobrino, Octavio; que su padre venía de Arahal y su madre de San Nicolás del Puerto, de la zona minera de Cerro del Hierro. La última vez que me llamó, al comienzo del verano, fue para pedirme que le diera publicidad a la noche de terror que organiza el Ayuntamiento de San Nicolás del Puerto, una especie de Stiges serrano. Nuestro común amigo Manolo Barrios, que volvió al taxi cuando terminó la aventura periodística, me llamó para decirme que nuestro amigo no andaba bien. Lo visité en la habitación 846 del hospital Macarena. Tenía un libro de Gerald Durrell y otro de Michel Houellebecq. Se había cansado de leer y parecía que estaba sentado esperando a la que nunca tiene prisa. En sus genes convivían el aliento de Gutenberg y el de Pablo Iglesias. Capitán en el campo de fútbol y en el comité de empresa desde aquella reunión en el bar Citroën. Con la proletarización de la clase media de los periódicos, dejó de tener sentido el clásico duelo redacción-talleres. Se casó con Magdalena, boda seguida de un convite en Valdezorras. La esposa fugaz, su amiga perenne, que murió hace un par de años.
Hace quince años abrió con su socio Antonio Sánchez Vara el taller de artes gráficas Cajón de Letras, en la calle Emilio Prados, el poeta impresor de la Generación del 27. Tapia no tuvo hijos, pero deja lágrimas huérfanas socias de una sonrisa de bonhomía. En su taller me hice las únicas tarjetas de presentación que he tenido.
En mi libro Plumillas y foteros, Tapia es uno de los héroes del capítulo Historia de los porteros de Rataplán. Tres de esos guardametas fueron a su entierro: Emilio Miquélez Mendiluce, que estaba en mantenimiento, Andrés Sanmiguel, corrector, y Juan Antonio Cruz, maquetador. Los que hacen los periódicos para que no entren goles, erratas ni desaplicaciones, que diría Cantatore. Su momento de gloria vino en un partido del torneo de medios. Al día siguiente, su foto en el periódico intentando frenar el avance de un insólito ariete de la Cope llamado Rinat Dassaev. Parar al portero.
Lo sigo viendo en su bicicleta, Tapia, que llegó al hospital el mismo 2 de septiembre que el ciclista sevillano Antonio Piedra entró primero en la etapa de los Lagos. Él veraneó muy cerca, en la leonesa sierra de Babia. Nos deja su carisma y el eco de esa voz que conserva su hermano, mezcla de mina y verdeo en noches de Be bop.
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