La inauguración

Sevillanos en el ombligo del mundo

  • La capacidad de Sevilla para hacer suyos los éxitos permitió que algo que nació como exógeno a la ciu dad triunfara gracias al orgullo local.

El presidente de IBM en España llegó a Sevilla quince días antes de la inauguración oficial de la Expo del 92 y al acercarse al World Trade Center, donde le esperaba Emilio Cassinello, se sorprendió tanto al ver las grúas que aún había en el recinto que no pudo evitar preguntarle al taxista: ¿Usted cree que esto estará listo para la inauguración? ¡Ni para la clausura!, le respondió el sevillano. La anécdota que recuerda el que fue comisario general demuestra cuál era el sentir de la ciudad. Una ciudad que bautizó al que fue el alcalde durante toda la pre-Expo y hasta 1991, Manuel del Valle, como Manolo del Bache. Chistes y críticas que le costaron la Alcaldía meses antes del estreno al PSOE. La primera gran transformación de la capital pasó inadvertida ante los ojos de los sevillanos, que tardaron en entender un evento organizado desde Madrid. Era algo exógeno a la ciudad, al menos así lo decían los papeles.

Para Del Valle este escepticismo fue fruto de una campaña de imagen que algunos medios hicieron porque no recibieron las comisiones esperadas. Lo dice él, que apunta que le llegaron a pedir 2.000 millones de las antiguas pesetas para vender bien la historia.

A tres meses de la inauguración, el temor de Emilio Cassinello no eran las obras. El miedo era que la promoción exterior de la Expo no fuese suficiente. Si no se la creían en Sevilla, ¿por qué lo iban a hacer fuera?

Las expectativas de los organizadores iban mucho más allá de un evento turístico. Si el objetivo era únicamente atraer turistas, la Expo sería un fracaso. Ésa no era tarea difícil, dada la potencia de la marca Sevilla que algunos comparaban entonces con la de la Coca-Cola. El reto era presentar una Sevilla moderna, con industria y futuro y en condiciones para competir en la Comunidad Europea. Del Valle asegura que, antes del 92, en Sevilla se pensaba ya en el 93. Y si algo tenían claro los dirigentes de la época es que Sevilla no estaba preparado para ello, por más que las inversiones realizadas supusieran un salto de 15 años, en alta velocidad, como el AVE. Y Andalucía, menos. Los recelos de otras provincias hicieron flaco favor a Sevilla. “El Gobierno debió iniciar A-92 por Granada”, apunta Montaño.

Y hacer el Puente del V Centenario más ancho, añade Alejandro Rojas Marcos, que fue nombrado alcalde de Sevilla un año antes de su inauguración. Él se lo encontró casi todo hecho “y sin contar ni con Sevilla ni con Andalucía”. El andalucista mantiene que el escaso entusiasmo de los sevillanos en el 92 se debió a que pintaban más bien poco en todo aquello. “Hasta el punto que el Ayuntamiento de Sevilla no podía cobrar las tasas por las licencias de obras en la Cartuja”, recuerda Rojas Marcos, que inició una batalla por este motivo y que derivó en la declaración como persona non grata de Jacinto Pellón, albañil de la Expo.

El alcalde, que pronto sería bautizado como Alejandro Kodak Marcos, no paró de idear iniciativas para reivindicar el papel de la ciudad. Un ejemplo: un domingo organizó la toma de la Cartuja, una manifestación popular que pretendía involucrar al sevillano en este acontecimiento mundial.

El día de la inauguración, Rojas Marcos aprovechó su discurso institucional para hablar de la grandiosidad de Sevilla y también de sus miserias, del paro y de las chabolas que se levantaron a escasos metros de un escenario enfocado el 20 de abril de 1992 por cámaras de todo el mundo.

Y la Expo echó a rodar con seis pabellones sin contenidos y tras una ceremonia fría y excesivamente protocolaria presidida por los Reyes, adornada con una suelta de globos y el humo de colores que salió de las chimeneas de la antigua fábrica de loza de Pickman. Las campanas de una treintena de campanarios de la ciudad tocaron a gloria. Fuegos de artificio y una gran fiesta en la Plaza de España. Pero la ciudad permaneció semanas reacia a su integración a la celebración. Los primeros sevillanos en pisar el recinto fueron los encargados de iniciar un boca a boca que masificó la Cartuja y despertó el orgullo sevillano.

El problema es que la entrada costaba 4.000 pesetas, por lo que la modalidad de abono era la opción más favorable para los sevillanos. Pero, una semana después de la inauguración, la organización suspendió la venta, con el argumento de que había que poner un límite para evitar el colapso del recinto, pensando que la rentabilidad vendría de fuera. Se habían vendido ya 280.000 abonos, pero la media de visitas diarias no superaba las 200.000 los primeros días. Una encuesta reveló que más de 350.000 sevillanos estarían dispuestos a comprar uno y entonces se cambió de criterio. Y el colapso llegó con aplausos y récords.

Pero al final no vinieron tantos de fuera, la mayoría fue público nacional y muchos sevillanos que tomaron como rutina diaria, o al menos semanal, darse una vuelta por los pabellones y hacer suya la Expo. Le imprimieron su carácter. Sobran anécdotas, como la del visitante que pide ayuda para buscar a su esposa porque no la encontraba.” ¿Y eso es bueno o malo?”, le apuntó el trabajador de oficina de personas perdidas.

Lo que sí hallaron los sevillanos es un motivo para sentirse importantes, en el ombligo del mundo. Pero Sevilla es una ciudad muy centrípeta y siempre acaba recluyéndose en sí misma. “Sabíamos que después de la Expo vendría la resaca, la depresión y por eso propuse un proyecto ambicioso y capaz de mantener esa llama de optimismo encendida”, apunta Rojas Marcos. El alcalde recogió más de 100.000 firmas para presentar la candidatura olímpica. Otro sueño del que Sevilla despertó pronto para volver a dormir y a soñar. La nostalgia no entiende de despertadores.

Las colas y la movida, cambios sociológicos

Los carteles anunciaban por tramos las horas de espera que el visitante tardaría en entrar al pabellón. Y aumentaron también la expectación por conocer algunos de los contenidos de la Expo. En el 92 se creó toda una cultura de la cola en una ciudad más acostumbrada más a moverse entre las bullas  que las ordenadas filas que se organizaban a diario en el recinto.

Las colas se coleccionaban como pins o sellos en los pasaportes. Pero hubo otros fenómenos sociológicos, como el de la movida. Hay quien sitúa en la Expo el origen de las botellonas en Sevilla. Los elevados precios del recinto favorecieron que muchos jóvenes se tomaran el bocata y las copas en las calles antes de pisar el famoso Canguro, por lo que el negocio bajó.

La Expo también fue cara, masificada y calurosa, pero esto último sólo fue un problema para el visitante, no el sevillano.

Algunas cifras

7 años de planificación y 5 de construcción fueron necesarios para abrir las puertas de la Cartuja, un recinto de 215 hectáreas, 30 de ellas zonas verdes, donde se plantaron 34.000 árboles y casi 650.000 arbustos. Había 117 fuentes.

110 naciones, 23 organizaciones internacionales, 17 comunidades autónomas y 60 empresas participaron en la Expo, que recibió 162 visitas de jefes de Estado, casas reales y hasta 227 ministros.

25.000 trabajadores hicieron funcionar el recinto, con el tamaño de una ciudad media, que permaneció abierto 19 horas cada uno de los 176 días que duró. Más de 1.500 arquitectos y 6.000 obreros de media construyeron la exposición.

98 pabellones y 150 participantes oficiales formaron parte de esta pequeña ciudad, donde había 123 concesionarios, 103 restaurantes y bares, 136 tiendas, 60 empresas participantes y cientos de suministradoras de servicios.  

 

40.000 vehículos y 1.100 autobuses tenían su plaza en el gran parking construido, todo un récord Guiness.

3 puentes de los 8 construidos sobre el río fueron de récord: la Pasarela, por ser la más esbelta; el V Centenario por ser el que tenía más distancia entre los pilotes; y el Alamillo, por tener la mayor pareja de tirantes del mundo. 

20.000 periodistas de 7.000 medios de comunicación diferentes de 90 países del mundo cubrieron el evento. 

100.000 camas constituyó la oferta hotelera de la ciudad, con habitaciones de hasta 55.000 pesetas la noche.

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