"Con Távora no sabías dónde estabas y en qué moneda tenías que pagar"
los invisibles
Ana María González Malaver. De los Quintero a La Cuadra y de La Cuadra al mundo. Actriz de teatro (y de cine), infancia en un obrador, obras con Rodero, Garisa o Ana Belén
DEL obrador a las obras. El tránsito de Ana María González Malaver (Sevilla, 1963), una actriz con una infancia muy dulce. Fue novia, criada y vecina en Bodas de sangre. En Luces de bohemia estaba embarazada de una niña que luego hizo Romance de lobos. Lorca triple, doble Valle.
-¿Dónde empieza todo?
-En La Campana. Mi madre, la hija del Bizcochero, se vino con mi tío, que trabajó de maestro confitero en la calle Sierpes hasta que montó su propio obrador. He tenido una vida muy dulce entre natas, azúcares y hojaldres.
-¿Allí nace la actriz?
-Nace una forma de ver la vida con ganas, con cariño. Ya de niña me gustaba soñar y transformarme en otros. El milagro de ser otro, como dice del teatro José Pedro Carrión. Me inventaba excusas para no ir a jugar con mis primas. Me montaba mis espectáculos, hacía de empresaria, de taquillera, de cantante y mis hermanos entraban en el juego.
-¿Cómo canaliza la vocación?
-Con 8 años le digo a mi madre que quiero estudiar Solfeo y con 14 años y el solfeo llego a la Escuela de Arte Dramático. El primer día de clase tuve Expresión Corporal y Fonietría con José María de Mena. Había gente de la Universidad, yo me cambiaba de ropa para parecer mayor.
-¿Dónde toma la alternativa?
-Con Joaquín Arbide en un café-teatro en Panecitos, un local de la calle Calatrava. Antes de salir, tenía que tomar agua de azahar porque vomitaba. Con 17 años salgo por primera vez al Lope de Vega con sainetes de los Quintero. Sangre gorda, Ganas de reñir. Nunca le agradeceré bastante a mis padres lo que me apoyaron. Ellos, que desconocían esta historia, este oficio. Yo volvía a las dos y las tres de la mañana. Mi madre estaba en la cama rezando o lo que fuera, mi padre en la terraza fumando un cigarrillo.
-¿Se desconecta del obrador?
-Al contrario. Todas las compañías con las que venía pasaban por mi casa. Allí hemos hecho escenografías con tartas de Historia de una escalera, de Buero Vallejo, de Don Gil de las Calzas Verdes y hasta de Azabache. Por aquí pasaron Aitana Sánchez-Gijón, Nancho Novo, que es como un hermanillo, Susi Sánchez...
-¿Dónde está el trampolín?
-Mi idea era ir a Madrid para formarme. Un día vi desde el gallinero del Lope Andalucía Amarga, de La Cuadra, y me entraron ganas de tirarme directamente al escenario. Había convencido a mis padres de que me iba a Madrid, pero fui a hacer una prueba para la novia de Nanas de espinas. Távora ese día no podía porque iba a llevar al aeropuerto a Rafael Alberti y Nuria Espert y me dijo que me fuera con él. ¡Qué regalo! ¡Qué privilegio! Luego coincidiría en Madrid con Alberti cuando hicimos El hombre deshabitado.
-¿La novia la casa con el teatro?
-Cuando empezamos los ensayos, ya había por delante el itinerario de dos años de gira. De Canadá a Australia, de Australia a Israel. Era muy joven y no sabía dónde estaba, si tenía que pagar en australes o en otra moneda.
-No se fue a Madrid, se fue al mundo...
-Pero volví a Madrid. Al Madrid de los 80. Lo primero que hice fue un Calderón de Pasolini. Con traducción de Carla Mattei, que acaba de morir. Descubrí el instinto de José Luis Alonso, trabajé con Antonio Garisa y Gracita Morales en Los caciques, Marsillach me hizo una prueba para La Celestina y disfruté de la experiencia y buenos consejos de Rodero en El hombre deshabitado. Cuando había dinero para tanta gira. Eso forma parte de otro tiempo que ya no va a volver.
-¿El cine es alimenticio?
-Es otra cosa. En el teatro no hay nada, está solo. En el cine nunca estás solo. Pero yo estuve muy bien acompañada. Con Chávarri trabajé en Camarón, era una de las hermanas Nixon, y en la adaptación de un cuento de Borges; Con Gutiérrez Aragón en Malaventura, que rodamos en Sevilla; con Vicente Aranda en Libertarias, que se hizo en Vic con Ana Belén; con Mercero, El fantasma de don Juan y Espérame en el cielo. Chávarri siempre me pedía milojas. Rodamos en Portugal una película de Ray Loriga con José Luis Gómez y Geraldine Chaplin y tenía que llevarles cosas del obrador.
-¿En el obrador la seguían?
-Claro. Mi padre ha coincidido en los estrenos con Felipe González y con Aznar. Pero de los políticos prefiero no hablar.
-¿El Ave es su camerino?
-Yo tengo casa en Madrid, cerca del Teatro Español, pero cuando hablo de mi casa me refiero a la de la calle Santa Clara.
-¿Un reto?
-Conseguí por fin trabajar con alguien tan vital como José Carlos Plaza. Hicimos In Nomine Dei, saobre un texto de Saramago.
-¿Por qué volvió a Sevilla?
-Valió la pena. Disfruté del año de mi padre antes de que se fuera y me trataron como una princesa en el Alcázar, haciendo Ibn al Jaldún con La Imperdible mientras escuchaba música en directo y veía la luna y las estrellas.
-¿Pasiones ocultas?
-La danza, que ejercité cuando hicimos La Petenera en la Expo. Y la ópera. Hice con Alfredo Kraus Los cuentos de Hoffman. Fui una de las cigarreras de la Carmen de la Maestranza. Estaba en la Escuela de Arte Dramático. Las cantantes se enfadaron porque las figurantes nos pusimos a cantar.
-¿Lo último que hizo en Sevilla?
-En la Bienal. Ocho cochenta. La historia de Alejandro Magno contada por Olimpia, que era yo.
Iba a hacer el personaje de Zenobia Camprubí en el montaje de La Imperdible sobre Juan Ramón Jiménez, pero mi padre falleció. No puedes alimentar un personaje si no estás alimentada y yo no me encontraba con fuerzas.
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