Cuchillo sin filo
Francisco Correal
Zapatos en una panadería
calle rioja
Melado padre me cortaba el pelo a mí y Melado hijo a mi hijo. Y hablábamos de que la próxima ceremonia de los Oscar de Hollywood va a ser un duelo entre barbas. La barba de Lincoln que luce Daniel Day-Lewis en la película de Spielberg; la barba crepuscular de Osama ben Laden en la de Catherine Bagelow, La noche más oscura, que en los videoclubes más de una vez se confundirá con La noche oscura, ese camino a la mística de Juan Diego para interpretar a San Juan de la Cruz en la película de Carlos Saura; y finalmente la barba de Jomeini en la sorpresa de los Globos de Oro, Argo, esa delirante historia de Ben Affleck. Manuel Melado, con esa impronta de Sinuhé el Egipcio, fue actor de una recreación alemana de El barbero de Sevilla cuando tenía la peluquería en los azahares. También vino un equipo de la televisión rusa, pero aquel acorazado Potemkin cabía en una bañera. Hablamos de la barba de Maximiliano de Habsburgo, el austriaco coronado emperador de México que tenía en tan alta estima su barba que no se la quiso rasurar para pasar desapercibido en su huida de Querétaro. Tenía, dice Fernando del Paso en la novela Noticias del Imperio, una barba "muy poco numismática", porque hacía muy complicado reproducir su efigie en las monedas.
Del cine, la política y las barbas pasamos al deporte. En la mañana del lunes, a la peluquería de Melado en la calle Amor de Dios llegaron tres clientes muy singulares. Para empezar, casi no cabían por la puerta. Tenían aspecto de vikingos. Eran tres componentes de la selección islandesa de balonmano que participa en el Mundial que se disputa en España, con Sevilla como una de las sedes. Ayer se enfrentaron en el pabellón de San Pablo a Macedonia. Se llevaron en sus móviles fotos de la peluquería y del peluquero que ha compuesto algunas de las sevillanas más populares del género, que seguro que se han oído hasta en la lejana Islandia. Pero del corte de pelo se encargó su hijo Antonio Melado, especialista en peluquería internacional.
Todo empezó porque hay un islandés, Martin, que se enamoró de una trianera y vive en Sevilla. Fue el que hizo de asesor de estética de sus compatriotas y los envió a esta peluquería. Islandia es un país tan vinculado con Andalucía que su cónsul por estos pagos es un gaditano de Ubrique, Manuel Coronil, casado con una islandesa y experto en sagas.
Melado ha cambiado el fútbol por el balonmano. Se cortó la coleta como speaker del Betis. El primer gol que metió Gordillo en el campo del Betis cuando fichó por el Madrid se lo marcó a la selección de Islandia. Fue el gol que deshacía el empate y que le dio a la selección española el pase para el Mundial de México 86, el de los cuatro goles de Butragueño a Dinamarca en Querétaro, la ciudad donde murió fusilado, barba incluida, Maximiliano de Habsburgo. Y donde los futbolistas españoles, entrenados por Miguel Muñoz, fueron víctimas del mal de Moctezuma y fueron eliminados por Bélgica. La venganza contra los tercios de Flandes se sirve en plato frío.
Le di a los Melado la noticia del cese de Michel como entrenador del Sevilla. El amigo de Gordillo, el integrante de la quinta del Buitre, el canterano del Madrid que le marcó en aquel Mundial mexicano un gol a Brasil que no subió al marcador. Del mal de Moctezuma al síndrome de Rompetechos. Ahora se van a cumplir treinta años del debut de Butragueño en el Madrid: le marcó dos goles al Cádiz en el Carranza. Y con la selección Gales en el campo del Betis contra Gales. La patria consorte de Antonio Melado que le da ese glamour internacional.
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