Andalucía ante un nuevo clima

El autor recalca que las intensas lluvias de estas últimas semanas son una señal clara de que la adaptación climática ya no puede aplazarse

Inundación en una pedanía de Écija con la última borrasca
Antonio Pizarro
Luis Morales Carballo
- Biólogo, embajador del Pacto Climático Europeo, miembro de Ándalus y Red Sevilla por el Clima

ESTOS últimos días los estamos viviendo, en Sevilla y buena parte de Andalucía, con el corazón encogido. El Guadalquivir y otros ríos de la región en vigilancia permanente, arroyos desbordados, evacuaciones preventivas, campos completamente anegados e infraestructuras destrozadas. Las lluvias intensas asociadas al llamado tren de borrascas nos recuerdan una realidad incómoda: el clima sobre el que se construyeron nuestras ciudades ya no existe.

Lo que estamos observando responde a cambios profundos en el funcionamiento del sistema climático, impulsados por el calentamiento global.

Un clima que ya no funciona como antes

En un planeta más cálido, los océanos acumulan más energía y evaporan mucha más agua, especialmente tras veranos con temperaturas récord en la superficie del mar. Esa humedad extra queda almacenada en la atmósfera y es transportada a miles de kilómetros por grandes flujos de aire. Cuando se dan las condiciones adecuadas, la descarga es más intensa.

Al mismo tiempo, el calentamiento acelerado del Ártico está alterando patrones atmosféricos clave, como el vórtice polar y la corriente en chorro, haciendo que el tiempo meteorológico sea más ondulante, persistente y extremo.

La combinación de estos factores favorece la aparición de trenes de borrascas y de auténticos ríos atmosféricos: largas autopistas de vapor de agua que, cuando alcanzan la península Ibérica, descargan lluvias muy intensas y continuadas durante días, saturando suelos, desbordando cauces y comprometiendo infraestructuras.

Un principio físico que lo explica

Existe una regla sencilla bien conocida por la ciencia climática: por cada grado centígrado que aumenta la temperatura del aire, la atmósfera puede retener aproximadamente un 7% más de vapor de agua. Es una consecuencia directa de la ecuación de Clausius-Clapeyron, una ley física básica.

Traducido a la vida cotidiana: cuando llueve, puede llover mucho más en menos tiempo, pues las borrascas disponen de más “combustible” en forma de humedad.

El Guadalquivir y sus llanuras: memoria del territorio

Sevilla es inseparable del Guadalquivir. Históricamente, el río no solo ha sido vía de comercio y elemento identitario, sino también un sistema vivo con llanuras de inundación naturales. Espacios como Tablada han cumplido durante siglos una función esencial: dar espacio al agua cuando el río crece.

El problema surge cuando esos espacios se perciben como “vacíos” disponibles para urbanizar, y no como infraestructuras verdes de protección frente a inundaciones. En el escenario actual de cambio climático e intensificación de fenómenos meteorológicos extremos, donde las lluvias pueden ser torrenciales con una frecuencia mayor que en tiempos pasados, urbanizar las llanuras de inundación de nuestros ríos no es solo un inmenso error ambiental, sino un riesgo directo e inadmisible para la seguridad urbana.

Lo mismo ocurre con las lagunas del Este de Sevilla, como la laguna de El Sapo y otros humedales menores. Lejos de ser terrenos marginales, actúan como esponjas naturales, laminando avenidas, reteniendo agua y reduciendo la presión sobre el sistema de drenaje urbano.

De la ciudad dura a la ciudad esponja

En distintas partes del mundo –y cada vez más en Europa– se habla ya de “ciudades esponja”. El concepto es tan simple como revolucionario: en lugar de expulsar el agua lo más rápido posible, aprender a retenerla, infiltrarla y gestionarla dentro de la ciudad.

Esto implica proteger y ampliar zonas verdes e inundables; renaturalizar riberas y arroyos; sustituir superficies impermeables por suelos drenantes; e integrar parques, humedales urbanos y corredores verdes y azules como parte de la infraestructura básica de la ciudad.

En Sevilla, distintas voces ciudadanas y técnicas llevan tiempo defendiendo la necesidad de un Anillo Verde y Azul que conecte el Guadalquivir, sus llanuras, los arroyos y los espacios naturales periurbanos. No es una propuesta ornamental: es una estrategia de adaptación climática.

El riesgo no es solo climático, es político

El cambio climático actúa como multiplicador de riesgos, pero los daños finales dependen de decisiones humanas. La pregunta ya no es si habrá más episodios de lluvias intensas, sino si en Sevilla (y en el resto de ciudades de nuestra región) estaremos mejor preparados para cuando lleguen.

Persistir en un modelo urbano que ignora el funcionamiento natural del agua conduce a una paradoja peligrosa: ciudades cada vez más vulnerables en un clima cada vez más extremo. Debemos integrar la ciencia climática en la planificación urbana, proteger los espacios que amortiguan las crecidas y entender que el agua es un elemento con el que tenemos que convivir.

Las intensas lluvias de estas últimas semanas son una señal clara de que la adaptación ya no puede aplazarse. En Sevilla, como en muchas otras ciudades, la resiliencia empieza por dejar espacio al río y a la naturaleza, porque en el nuevo clima, cada metro cuadrado impermeabilizado cuenta.

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