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La santidad llegó cuatro siglos después

  • 350 años. El 4 de febrero de 1671 el papa Clemente X estampaba su firma en el decreto de canonización de Fernando III, acontecimiento que la ciudad celebró por todo lo alto

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El 4 de febrero de 1671, el papa Clemente X estampaba su firma en el decreto de canonización de Fernando III, acontecimiento que la ciudad de Sevilla celebró por todo lo alto. Con la ciudad ganada para la causa por aquel rey el 23 de noviembre de 1248 hoy sumida en el desconcierto de una pandemia, se cumplen 350 años de la incorporación de un nuevo nombre en el santoral. No fue un proceso sencillo. En la biografía del rey santo, el historiador Manuel González Jiménez apunta los detalles de una causa de santidad que se demoró durante casi medio siglo. El proceso se inició en 1622, reinando en España Felipe III. Ese año, en plena Contrarreforma, tuvieron lugar las canonizaciones de Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y san Isidro Labrador. Pero el rey tuvo que esperar.

Conocemos peor la época de Fernando III (1201-1252) que la vida del rey. Es lo que dice González Jiménez en la introducción a Fernando III el Santo. El rey que marcó el destino de España, libro que le valió a este medievalista el premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías. También escribió la de su hijo, Alfonso X el Sabio, el principal valedor de los méritos de su padre para la santidad, que logró más de cuatro siglos después de su muerte. Un rey entre Alfonsos, influido por su abuelo Alfonso VIII, el de la batalla de las Navas de Tolosa, y Alfonso IX de León, su padre, casado con doña Berenguela de Castilla. Un matrimonio entre parientes que fue disuelto por el papa Inocencio III en 1204. La misma Iglesia que anulaba el matrimonio de sus padres lo catapultaría siglos más tarde a los altares.

"Rey afortunado en la guerra y en la paz", escribe González Jiménez de uno de los cinco hijos de Alfonso IX y doña Berenguela, hermano de Leonor, Constanza, que fue monja, Berenguela, que se casó con el emperador de Constantinopla, y Alfonso de Molina. Fernando nace en Valparaíso, en el término municipal de Peleas de Arriba, provincia de Zamora. Un topónimo premonitorio de las muchas batallas que emprendió para cambiar el curso de la Historia.

En 1627, el año que mueren Góngora y Juan de Mesa, se dan a conocer los primeros resultados de la indagación sobre la vida y santidad de Fernando III, que llevó a cabo el jesuita Juan de Pineda. Se procedió al examen médico de los restos del rey. Para España la canonización de Fernando III suponía, según González Jiménez, "un triunfo moral que la equiparaba con Francia". Este país ya había conseguido en el siglo XIII la canonización de San Luis, primo hermano de San Fernando.La noticia de la canonización de San Fernando llegó a Sevilla el 3 de marzo de 1671. Todavía viven Murillo y Calderón de la Barca. Sonaron de júbilo las campanas de la Giralda y las de todas las iglesias de la ciudad.

Durante tres noches Sevilla se iluminó con hogueras, hachones y fuegos de artificio. El cabildo de la catedral comenzó a preparar la gran fiesta barroca para celebrar esta nueva conquista del corazón de los sevillanos por parte de su rey. Las celebraciones se iniciaron el 17 de mayo. Los fuegos de artificio hicieron de la Giralda "un Etna de copiosísimas luces", expresión del cronista sevillano Fernando de la Torre Farfán citado por el biógrafo e historiador. Dentro de la catedral, en el trascoro se erigió un triunfo como los antiguos diseñado por Valdés Leal, autor de dos pinturas conmemorativas, Sueño de San Fernando y Aparición de la Virgen a San Fernando. El retraso del proceso de canonización redundó en el esplendor barroco, pues en 1622, cuando se inició la maquinaria de la santidad, es el año en el que nace Valdés Leal. Muchos otros artistas se sumaron a la celebración: Lucas Valdés, hijo del gran pintor del Barroco, Matías de Arteaga, Pedro Roldán…

El 25 de mayo de 1671 tuvo lugar una procesión triunfal que salió por la puerta de San Miguel y recorrió todas las calles adyacentes de la Catedral. Nadie importante faltó: los seises, los regidores más antiguos, el Tribunal de la Inquisición, los maestros sastres, el Asistente de la ciudad, el arzobispo, las cofradías por orden de antigüedad.

La Iglesia consideraba que los restos de Fernando III eran materia sustancial de santidad. Los obispos castellanos se dirigieron al Papa para decirle que el rey "no escogió enterramiento al lado de sus antecesores, sino que decidió enterrarse en Sevilla para defender después de muerto la tierra que había conquistado en vida". Una ayuda que Alfonso X el Sabio, su hijo, consideraba fundamental, como escribió al concejo de Sevilla en febrero de 1276, "mientras los benimerines amenazaban con recuperar para el Islam toda Andalucía".

Los restos del rey santo, ninguneado en el calendario de las festividades locales, se encuentran en la capilla de la Virgen de los Reyes, en la urna diseñada por Laureano de Pina. Restos fundamentales para la causa de su canonización que dieron muchas vueltas. Un trasiego del que da cuenta González Jiménez con aportaciones de Teodoro Falcón y Alfonso Jiménez, dos de los mayores conocedores del patrimonio de la Catedral.

Su primera sepultura estuvo en el altar mayor de la Catedral. Su hijo Alfonso X trasladaría los restos de su padre a la Capilla Real, junto a los de Beatriz de Suabia, su primera esposa. Cuando se inician las obras de la nueva Catedral gótica, son llevados con otros personajes de la realeza provisionalmente a la parte alta del Patio de los Naranjos, donde después se ubicaría la Biblioteca Capitular. El hundimiento del cimborrio en 1506 frenó la construcción de la Capilla Real y la instalación allí de los restos. Éstos fueron nuevamente desplazados a la Capilla de San Clemente para hacerle sitio a la librería de Hernando Colón, el hijo del Almirante. En esa última ubicación los visita Felipe II, que sufragó los gastos para terminar la Capilla Real y el traslado definitivo en 1579 de los restos de sus antepasados.

González Jiménez termina su biografía de San Fernando con una frase del bachiller Luis de Peraza que es perfectamente válida para hoy día: "Y cuasi atónito, ciego y no bien acordado, estoy maravillado de la ingratitud de los sevillanos teniendo un nuevo patrón y tal abogado". Cuando ganó el premio de biografías, con la estatua ecuestre de San Fernando rodeada por las obras de la Plaza Nueva, este historiador nacido en Carmona, irlandés consorte, dijo que sin aquel rey Sevilla no tendría Semana Santa, Feria ni Rocío. Todos los años serían como éste y el precedente. Un panorama ciertamente desolador.

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