El consumo cultural en Sevilla

Tribuna de opinión

Reflexión sobre la evolución de los hábitos de ocio relacionados con la cultura.

Jorge Benavides Solís

10 de febrero 2015 - 01:00

LA publicación de los resultados de una encuesta realizada por la Fundación Pública Centro de Estudios Andaluces a fines del año pasado acerca del Ocio y las Prácticas Culturales. Consumo, ha tenido poca trascendencia pública y mediática. Sin embargo, nos convendría tomarla en consideración al menos como referencia de reflexión o por los políticos, como datos a partir de los cuales podrían preparar sus discursos, diseñar su próxima campaña electoral o redactar su programa de gobierno. Hemos crecido, ¿pero de qué manera? ¿Cuál debería ser la política cultural vinculada a la sociedad antes que a los partidos políticos?

Los índices de lectura referidos a los españoles de hace cincuenta años o sea, a la España de 34 millones de habitantes con un 8% de analfabetismo (1970) y el reino actual, con mucho más crecimiento, convertido en la cuarta economía de la Unión Europea, con la juventud mejor formada y con aceptable cultura cívica, aparentemente ¿son similares? Según la mencionada encuesta, el 37,9% de los andaluces mayores de 16 años nunca lee un libro.

Sería equivocado decir que es consecuencia de una costumbre o de una tradición, pero no es erróneo afirmar que se debe precisamente a la ausencia de ellas que, bien podían haberse generado en las cuatro décadas de un estado social de derecho (de bienestar) que ha conseguido garantizar la salud y la educación gratuitas, las pensiones no contributivas y un moderno equipamiento cultural nunca antes conocido.

Quizá la inmersión en la vida cotidiana de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación explique parcialmente esta situación: el envío de cartas con sellos postales se ha reducido al mínimo. Han sido sustituidos sucesivamente por el mail, el sms y el Whatsapp. La lectura desde su origen requirió de un soporte material: cerámica, papiro, pergamino, papel... Ahora también tiene la posibilidad de utilizar uno inmaterial, virtual. Los libros se imprimen y se leen en soportes informáticos. En lugar de ocupar espacio, se acumulan para ser descargados, intercambiados y leídos en carpetas, archivos, bibliotecas virtuales gratuitas: públicas, privadas, personales, en centros de descarga y en librerías antes inexistentes. El poseedor de una tablet, según la capacidad de ésta y de su tarjeta de memoria, puede disponer de más de 2.000 libros para leer; cantidad que la tecnología tiende a aumentar.

En España parecería que, en lugar de libros impresos, los hombres prefieren leer el diario deportivo Marca (2,5 millones) y las mujeres una cantidad similar de la revista semanal de actualidad, moda y belleza Hola. Por otro lado, "en 2012, 64 de cada mil ciudadanos leían un periódico mientras en Finlandia lo hacían cinco veces más (330)". Una caída del 29,6% que sitúa a España en el penúltimo lugar de este ranking en Europa". El diario global de información más leído alcanza solamente 1.600.000 ejemplares.

Todo lo dicho no tiene que ver con la falta de lectura sino con el gusto personal, el tipo y la calidad de las lecturas. Resulta lógico vincularlas directamente con la capacidad de construir y ejercer la ciudadanía, así como con la posibilidad de disponer de un instrumento para la participación proactiva en las decisiones de gobierno. O sea, es parte de la cultura democrática. Pero por otro lado es dependiente de las iniciativas de gobierno para facilitar que sean posibles. O sea, de una política cultural bien definida. En este contexto, que las revistas pornográficas paguen un 4% de IVA, mientras los e-books y las entradas al teatro paguen un 21% resulta llamativo, cuando no paradójico. Los efectos quizá se reflejen en el éxito de algunos programas de televisión. Dos millones de consumidores ven un exitoso programa de evasión no formativa, las cinco tardes de la semana.

Hace treinta y un años (1984) Sánchez Ferlosio, a propósito de la cultura, decía: "El Gobierno, tal vez por una obsesión mecánica y cegata de diferenciarse lo más posible de los nazis, parece haber adoptado la política cultural que, en la rudeza de su ineptitud, se le antoja la más opuesta a la definida por la célebre frase de Goebbels (…) los socialistas actúan como si dijeran: 'En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador". Provocadora opinión todavía en espera de una respuesta clara, coherente y contundente, si se toma en cuenta, por ejemplo, la cantidad de museos en toda Andalucía, varios de ellos inconclusos, otros sin suficiente contenido, personal o presupuesto (Ibérico de Jaén, C4 Córdoba, Gorafe, Gibraleón, etcétera). Durante el año pasado, los existentes apenas fueron visitados por uno de cada cuatro andaluces mayores de 16 años. Sorprendentemente en Sevilla según la prensa, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo fue más visitado que el museo de Bellas Artes, el segundo más importante de España. El contenido del museo marítimo de la Torre del Oro, de 200 metros cuadrados, ha despertado más interés que los contenidos del Museo Arqueológico.

En este contexto, carente de política cultural, no cabe la propuesta de Collantes de Terán hecha en 1957 y recogida el año pasado por un grupo de ciudadanos para hacer en Sevilla el Museo de la Ciudad. Entonces, si la gente no frecuenta los museos, hagamos uno virtual. Tendría un costo menor que el de Bienal de Sevilla (tres millones en 2008) o de una partida presupuestaria del Canal Sur. ¿Qué propondrán los próximos candidatos a gobernar?

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