Crítica de cine de verano con fotos de Atín Aya

calle Rioja

El cambio climático no llegó a Sevilla por los glaciares o la pérdida de masa oceánica, apareció con la paulatina desaparición de los cines de verano

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Una proyección en el cine de verano de la Diputación.
Una proyección en el cine de verano de la Diputación. / M. G.

Siempre reivindiqué el oficio de crítico de cine de verano. Una teoría leninista del cinematógrafo que partía de la base de que cuanto peor, mejor relativo a la calidad de las películas. Unos Cahiers de Cinemà con Mariano Ozores, Bruce Lee y Bud Spencer. Esta noche empieza una nueva temporada en el cine del Patio de la Diputación. Cuando yo era crítico de cine de verano, esa heterodoxia que me perdonarán Rafael Utrera, Paco Casado o Enrique Colmena, acudía a ese ámbito de la selecta nevería con un fotógrafo. Más de una vez lo hice con Atín Aya, que hoy protagoniza el estreno del ciclo estival en el antiguo cuartel convertido en sede de la Diputación Provincial. El sueño del último mohicano, que suena a cine de verano, de esta ventilación con imágenes, como ha sido Luis Rodríguez, que apagó la luz con el Avenida de Verano en la trianera calle Pagés del Corro.

‘Atín Aya: retrato del silencio’, película documental dirigida por Hugo Cabezas y Alejandro Toro, abre la programación del cine de la Diputación, entre el mercado de la Carne y el Parque de Bomberos. El cambio climático en Sevilla no vino con los glaciares ni la erosión de las playas; llegó con la pérdida paulatina de los cines de verano. Yo llegué a Sevilla el 2 de julio de 1977, para mí siempre es verano en esta ciudad, no se me quita el calor que pasaba en la pensión de la Gran Plaza y que solapaba en el bar La Ponderosa. Llegué justo una semana después de la primera Copa del Rey, que el Betis le ganó al entonces rey de Copas, el Athletic de Bilbao, hoy hace justamente 48 años. Recuerdo mi primera película en un cine de verano, ‘Manuela’, de Gonzalo García Pelayo, la adaptación de la novela de Manuel Halcón que vi en el cine Sinaí, en la avenida del Greco.

Con Atín Aya he compartido muchas aventuras periodísticas y personales. El próximo sábado 28 de junio es el bautizo de mi nieta Laura. Yo invité a Atín al bautizo de Andrea, la mayor de mis hijas. No lo hice para que acudiera con su cámara, pero ahí la tengo, en la parroquia de Ómnium Sanctórum, esa foto de Andrea cogida en brazos por mi abuela Carmen, escoltada por mi abuelo Andrés y por Enriqueta Testillano, abuela de mi mujer, la viuda del Zaranguangua, el barbero de Santa Olalla de Cala que en algún presidio de Huelva pudo coincidir con Miguel Hernández.

Eran unos ‘Cahiers de Cinemà’ con Ozores, Bud Spencer y Bruce Lee

A mi nieta la vamos a bautizar en la misma parroquia en la que apareció Atín, silencioso como reza la estupenda película que ha dirigido Toro y Cabezas. Una iglesia del siglo XIII pegada al mercado de la Feria cuyo presbiterio da a la calle Arrayán, que dio nombre a un legendario cine de verano. Carmen, la madre de mi nieta, es la única que no se bautizó en Ómnium Sanctórum. La iglesia estaba en obras y recibió el agua sacramental en la capilla de Belén, hoy desacralizada, que abre sus puertas como colegio electoral cada vez que hay sufragio. A las dos, Andrea y Carmen, las fotografió Atín en su casa de la calle Marqués de la Mina cuando eran muy pequeñas. El rey Felipe VI ha hecho marquesa del valle de Alcudia a mi paisana la fotógrafa Cristina García Rodero, orgullo de Puertollano; para mí Atín es marqués de la Mina, vecino de Rafita y Manuela en esa calle de las ausencias que tan cerca estaba del cine Ideal hoy convertido en Casa Sacerdotal.

Con mi hijo Paco recuperamos la tradición del bautizo en Ómnium Santórum. Ese día cumplía cuatro meses. 10 de febrero de 2007, el año marcado en el calendario por la muerte de Atín Aya. Tengo un recuerdo muy cinematográfico de aquella ceremonia bautismal. Vivía mi madre. Mi padre había muerto justo dos días después de que naciera el octavo de sus diez nietos. Vinieron mis cuatro hermanos, el equipo completo de baloncesto. Mi hermano Quique no olvida que esa noche fuimos a casa de Antonio de la Torre a ver un Betis-Sevilla y nos mostró el Goya que le habían dado por ‘Azuloscurocasinegro’, de Daniel Sánchez Arévalo.

La actual comisaría de la Alameda, esquina con la calle Lumbreras, fue en tiempos un solar que funcionaba indistintamente como campo de fútbol (en vísperas de mi boda jugamos un partido de solteros contra casados) y como cine de verano. En el primer verano de este periódico, el de 1999, hice de crítico de cine estival. Acompañado por mi suegra Pilar, la excelsa cocinera del bar Casa Eulogio cuyas tapas tanto le gustaban a Julio Anguita, vimos el primer Torrente de Santiago Segura. Cuando todavía era más famoso Torrente Ballester. Antonio de la Torre tenía un pequeño y muy divertido papel en esa película en la que también trabajaba Espartaco Santoni. Titulé la crónica ‘Apatrullando la ciudad’. Un tributo a El Fary, del que Faemino y Cansado contaban un chascarrillo colosal la noche que tuvimos que ir volando al hospital porque ya tenía prisa por salir mi hija Carmen, la madre de mi nieta Laura. Carmen como su abuela de Calzada de Calatrava, la que estaba con mi abuelo Andrés y con la abuela Enriqueta con mi hija Andrea en la foto de Atín Aya. La Carmen que nos ha hecho abuelos, la que nació una semana antes del viaje que su padre hizo a Burgos para vivir un ascenso del Betis; la invitada más joven a la boda de Mamen Otero; la que con tres meses estaba en Matalascañas cuando los gritos por el gol de Caminero a Italia en el Mundial de Estados Unidos despertaron de la gruta del sueño a su primo Pablo; la que esperaba con mi mujer al padre reportero que venía con la camiseta ensangrentada por el toro de cuerda de Grazalema. El mismo día que vi a Julian Pitt-Rivers en la localidad que convirtió en la Pompeya de la antropología hispana.

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