Tribuna de opinión

Una enfermedad silenciosa y resistente

  • Sólo el año pasado se notificaron 118 casos y más de 800 contactos

Una enfermedad silenciosa y resistente Una enfermedad silenciosa y resistente

Una enfermedad silenciosa y resistente

Muchas familias se han enfrentado a lo largo de los años al problema que supone la tuberculosis y el sufrimiento que conlleva tanto en los enfermos como en su entorno. En la memoria de las personas de más edad está el recuerdo de cómo afectaba a miles de personas en España y en Andalucía, con todas sus consecuencias de daños permanentes y muertes. Y no sólo se sufrían los efectos biológicos de la enfermedad, sino que también provocaba (y provoca) rechazo social por su carácter contagioso y su vínculo con la pobreza y la marginación social. Esto ha significado a menudo silenciar el problema para evitar el estigma, agravando más la situación.

En la actualidad es un problema mucho menos frecuente, gracias a la mejora en las condiciones de vida y a la eficacia de los tratamientos y medidas preventivas. Su disminución paulatina nos ha llevado a pensar que podemos llegar a controlarla y llevarla a niveles de erradicación. De hecho, la OMS propone objetivos para los países de baja incidencia que implican niveles cercanos a la eliminación en el año 2035, contribuyendo también a la mejora en los países que más la padecen (de hecho, es la principal causa de muerte en el mundo por una enfermedad infecciosa). Sin embargo, estamos comprobando lo complicado de esta tarea: la tuberculosis pasa por diferentes etapas que pueden durar muchos años, manteniéndose silente; el mismo hecho de que esté bastante olvidada hace que sea difícil pensar en ella cuando se presentan los síntomas y siguen dándose las circunstancias favorables para que se mantenga la transmisión en los colectivos con mayor vulnerabilidad social y en pacientes con tratamientos inmunosupresores. Tampoco se destinan recursos específicos para los programas de control y la investigación en este campo avanza a un ritmo muy lento, sin grandes avances en las últimas décadas. De hecho, para el tratamiento sigue siendo necesario en la mayoría de los casos tomar una combinación de fármacos durante, al menos, seis meses y si no se hace correctamente nos enfrentamos a un elevado riesgo de aparición de resistencias y recidivas.

El día mundial se celebró ayer con el lema Es hora de actuar. Pon fin a la Tuberculosis. Seguramente es buen momento para plantearnos si la respuesta que estamos dando como sociedad al problema de salud pública y al problema de los enfermos y sus familias es la más adecuada. Contamos con el acceso universal a nuestros servicios sanitarios como un activo fundamental para el diagnóstico, control y tratamiento de las enfermedades transmisibles. De hecho, a pesar de la crisis económica, no se ha observado un aumento en la incidencia de tuberculosis ni de otras enfermedades como el VIH, por lo que entendemos que la accesibilidad y la equidad son elementos fundamentales para afrontar estos problemas de salud pública.

Sin embargo, para muchas personas sin recursos padecer de tuberculosis supone hundirse más socialmente, tanto por los efectos de la propia enfermedad como por las dificultades añadidas para encontrar redes de apoyo social. El entorno de las ciudades es especialmente complejo para las personas con tuberculosis y se encuentran muchas dificultades en la coordinación entre instituciones sanitarias, sociales, las ONG, drogodependencias, etc. El año pasado, sólo en Sevilla se notificaron 118 casos y más de 800 contactos. Resulta necesario un mayor compromiso social con la enfermedad, con recursos y medidas específicos tanto en el diagnóstico y tratamiento, como en el apoyo social a los enfermos y en los cuidados que se requieren en el difícil camino hasta su curación. Solo así será posible vencer la resistencia biológica y social de esta enfermedad y encaminar su reducción paulatina hasta conseguir un control efectivo.

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