Francisco Moreno Muñoz, Casa Moreno (1945)
Galería del Olvido (II)
El autor destaca el acierto que tuvo este empresario para sacarle partido a la trastienda del negocio de la calle Gamazo
El retorno de una serie que homenajea a grandes sevillanos
Saber estar sin protocolos
Hace ya casi ochenta años que alguien con una visión que habría de hacer historia por lo deslumbrante y de futuro que llegaría a alcanzar, abrió una tienda de ultramarinos en un pequeño local de la céntrica calle Gamazo en Sevilla, en pleno Arenal. Ese hombre fue Francisco Moreno Muñoz. El local que tuvo su origen en una idea verdaderamente vanguardista y precursora, muy pronto ensancharía sus objetivos comerciales para convertirse también en bar, entroncando así con los establecimientos tradicionales que se prodigaban por los pequeños pueblos de Andalucía, tales como las abacerías y los colmados, donde se podían encontrar toda clase de productos alimenticios de primera necesidad, amén de algunas otras cosas. Por la actividad comercial que allí se desarrolla, bien pudiera tratarse de un típico establecimiento cántabro, de los muchos que llegaron a Sevilla, pero por el contrario las condiciones sociales y económicas por las que nació lo hacen ser andaluz por los cuatro costados y oasis sensual para los andaluces.
En Sevilla eran particularmente habituales las tabernas, las tascas, las bodeguillas con una clientela masculina que mostraba sin escrúpulos sus gustos por el vino y su sentido de la fidelidad al establecimiento. Sin embargo, era territorio reservado a los hombres, las mujeres tenían reducidas sus posibilidades de expansión en costumbres y ambientes tales y el alterne estaba naturalmente muy mal visto. Pero Francisco Moreno pronto se percató que ellas, luego de terminar otras labores domésticas salían a media mañana a la calle a hacer la compra por espacio de aproximadamente hora y media o dos horas. Les llegaba la hora de tomar un aperitivo pero no encontraban el lugar discreto y atractivo para hacerlo libres de malévolos comentarios.
Francisco les dio la oportunidad de tomar en la trastienda un vermut, o una copa de canasta, o de oloroso, con una reconfortante tapa, mientras ellas aguardaban a que se les despachasen los encargos y pronto aquel comercio original de ultramarinos se convirtió en un lugar de reunión y esparcimiento. Se consumó así la idea visionaria de un auténtico pionero que casi recién iniciada la posguerra supo ver y calar en el alma de la ciudad.
A cualquiera que pase distraídamente por su fachada, sin duda no le pasará desapercibido el escaparate que hay a la derecha, abarrotado de legumbres, frutos secos, latas, bombones y licores y tal vez sea eso el reclamo insuperable para entrar al interior. El establecimiento seguramente conserve su estructura original si bien no, claro está, su distribución. A la entrada se aprecia una gran barra vitrina a cuyo frente está Quisco Moreno, el hijo del fundador, dónde con el mayor mimo y respeto por el producto, despacha toda clase de géneros pero fundamentalmente quesos y chacina.
Por un arco, probablemente ya centenario, situado hacia la derecha se accede a otra estancia, larga y angosta, a lo largo de la cual discurre una gran barra tradicional aunque metálica. Es el bar. La sala no muy espaciosa, recibe la luz de una amplia claraboya y en su decoración hay asimismo que detenerse de forma obligada. No se encontrarán allí los recurrentes taburetes, ni altos ni bajos, de los que intencionadamente se ha prescindido a sabiendas de que no hay para un tabernero nada más insoportable que un cliente incómodo. Las buenas tertulias deben ser siempre de pié, bien acodados en la barra y por supuesto olvidándose del reloj, sin prisas.
En la pared lateral, detrás de la tienda, al fondo, y a la espalda según se entra, la vista se pierde entre centenares de fotografías de toreros, artistas y personajes de la cultura, todo ello presidido por una magnífica cabeza de toro. Se trata de un auténtico museo de vinos y licores de todas clases, en cuyo aspecto se aprecia su antigüedad, y de todo tipo de latas de conservas, de entre las que sobresale una muy poco común de aletas de tiburón. En otro tiempo frecuenté el establecimiento por cercanía de mi domicilio, pero también por el ambiente diferente a cualquier otro que en él se respiraba. Allí nunca hubo cante flamenco ni ese guitarreo tan molestos cuando se está disfrutando de una buena charla y solo en una ocasión asistí a una pelea entre dos tertulianos y a la que entre el encargado y Quisco, pusieron fin inmediatamente de forma expeditiva y eficaz.
Los parroquianos que habitualmente se dan cita en éste singular establecimiento son de toda clase y condición y en donde no faltan, no podían faltar, los políticos. Allí se habla de todo, si bien los temas más recurrentes son los toros, el fútbol, la Semana Santa y los asuntos de la ciudad; se opina, se negocia, se piden consejos y se hacen confidencias. Son las verdades que cantaba Gabriel Celaya, las bárbaras, terribles, amorosas y menos amorosas crueldades. Y en ese caos perfecto de murmullos, brindis y risotadas, las paredes no hablan, se escuchan sin querer ciertas palabras que a nadie importan pero que todos alguna vez habremos repetido sintiéndolas como nuestras…. y vuelan.
Pero curiosamente, y por extraño que parezca, cuánta más gente hay menos se escucha a nadie. A ciertos parroquianos más asiduos jamás se les pregunta qué van a beber o a tomar, sino que directamente se les pone su bebida y casi siempre acompañado de una tapa de roquefort con chorizo picante que se sirve en papel de estraza. Sin embargo las dos tapas probablemente más originales de Casa Moreno, las que más llaman la atención del cliente novicio, son el “patamulo”, un queso de oveja semi salado de origen en las comarcas castellano-leonesas y la Gilda, una especie de banderilla que atraviesa una anchoa, una aceituna, una piparra, y un trozo de tomate semi-seco, auténtica ingeniería culinaria.
Desde estas líneas querríamos invitar a cualquiera que se encuentre en Sevilla de paso, o a los millones de turistas que cada día en cualquier estación del año transitan sus calles, a que visiten éste tipo de establecimientos, y éste en particular, que jamás deberían perderse. Por la misma razón, la invitación se hace extensible a los sevillanos a fin de que respeten, amen y cultiven lugares que, como estos, constituyen verdaderos homenajes a nuestra historia y a nuestra cultura y son templos de la sabiduría popular, amén de un incomparable y nutritivo alimento para el espíritu.
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