Sevilla

En las fronteras del saber

  • Necrológica. Sesión de la Academia de Buenas Letras dedicada al americanista Alfredo Jiménez Núñez y al catedrático de Geografía José Manuel Rubio, ambos bibliotecarios

De izquierda a derecha, Elías Zamora, Antonio Miguel Bernal, Rafael Valencia, Enriqueta Vila, Pablo Gutiérrez-Alviz e Ismael Yebra. De izquierda a derecha, Elías Zamora, Antonio Miguel Bernal, Rafael Valencia, Enriqueta Vila, Pablo Gutiérrez-Alviz e Ismael Yebra.

De izquierda a derecha, Elías Zamora, Antonio Miguel Bernal, Rafael Valencia, Enriqueta Vila, Pablo Gutiérrez-Alviz e Ismael Yebra. / José Ángel García

LOS dos fueron bibliotecarios de la Academia de Buenas Letras que ayer recordó a Alfredo Jiménez Núñez (1931-2016) y José Manuel Rubio Recio (1928-2017) en una sesión necrológica paradójicamente llena de vida.

El simple enunciado de sus discursos de ingreso habla de su personalidad. El de Jiménez Núñez, académico desde 1984, se tituló América mil y mil veces descubierta y le respondió Manuel Olivencia, el mismo que como comisario de la Expo se lo llevó de responsable cultural del certamen. El de Rubio Recio, nacido en Valladolid, académico desde 2003, se titulaba Luces, sombras y posibles consecuencias del éxito de la especie humana. De responderle se encargó su paisano de cuna Enrique Valdivieso.

Alfredo Jiménez Núñez era un especialista en la frontera. Enriqueta Vila le presentó su novela El amante de la frontera, una conquista del Oeste protagonizada por los españoles “con todos los rasgos del mejor western”. Un hombre fronterizo entre la literatura y la antropología. No sólo cultivó esa frontera. “Hombre de pensamiento conservador, muy conservador, pero un universitario progresista, un hombre muy moderno”. Así lo retrata su discípulo Elías Zamora, que pasó a su magisterio después de asistir con Bonet Correa a un viaje del gótico a las curvas de Sofía Loren para explicar los arbotantes.

Rafael Valencia, director de la Academia de Buenas Letras, los trató a los dos. Recordó el curso 71-72, “casi no hubo clase con las huelgas”. Época en la que Alfredo Núñez, sucesor de la cátedra de Alcina Franch, es decano de Historia y el profesor Rubio Recio llega para revolucionar los conocimientos de Geografía. Una disciplina que entra en España de forma tardía, recuerda Antonio Miguel Bernal, y en la que se enseñaban los ríos y los montes con el criterio “de la lista de los reyes godos”. Todo cambia cuando un tribunal elige como agregado de cátedra a Rubio Recio, “un ágrafo, sólo había publicado un artículo sobre las montañas de Asturias”. El cambio se produce en 1968, el año del mayo francés, gracias al buen hacer y las excelentes relaciones de Juan Benito.

Bernal compartió estancia con Rubio Recio en el hotel Murillo. Los jueves comían en el Pozo Santo y hacían excursiones al mercadillo de la calle Feria. De Rubio Recio se sabía lo que contaban colaboradores como Félix Rodríguez de la Fuente o José Antonio Valverde, artífice del Parque de Doñana. En el desierto de la Universidad de Sevilla, que en tres décadas no dio un solo catedrático de Geografía, todo empezó a cambiar hasta en los materiales. De una biblioteca con once libros se pasó a más de diez mil. El ágrafo se hizo polígrafo.

Pablo Gutiérrez-Alviz, Antonio Collantes de Terán e Ismael Yebra compartieron la presidencia del acto. Jiménez Núñez y Rubio Recio fueron dos de los proponentes de la candidatura de Yebra para ser académico.

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