Isabel María, con Covid persistente: "Me contagié de trabajar y he esperado a que me creyeran cuatro años"
Isabel María Silva habla despacio, con la voz entrecortada, cargada de años de enfermedad y de espera. "Me contagié de trabajar", repite, casi como si necesitara recordarlo para convencerse de que finalmente alguien lo reconoce. Contagiada en octubre de 2020, en plena segunda ola de Covid-19, mientras cuidaba a personas mayores en una residencia de Sevilla, Isabel empezó un camino de dolor y deterioro que aún no termina. "Desde 2020 llevo peleando esto que por fin se ha ganado", dice, recordando los cuatro años en los que la Seguridad Social le negó que su Covid persistente tuviera relación con su trabajo.
Los diagnósticos se han ido acumulando: fibromialgia severa, fatiga crónica, colon irritable, anorexia nerviosa, cefaleas, disfonía, problemas neurológicos, ansiedad y depresión. "Todo eso se mantiene desde entonces y se han añadido nuevas", asegura. Incluso un simple resfriado o un brote se convierte en un golpe que deja secuelas físicas y cognitivas. "Ahora estoy hablando, pero esta mañana estaba mal", confiesa sobre su voz, afectada de forma permanente.
Isabel no ha vuelto a trabajar y su independencia se ha perdido. "Sigo totalmente dependiente. En lo que va de año no he salido a la calle", relata, con la franqueza de quien vive atrapada en su propio cuerpo. La ansiedad y la depresión la acompañan a diario. "Es muy duro. Todo esto me ha provocado depresión y ansiedad", sostiene.
La lucha administrativa ha sido larga y dolorosa. "He estado esperando cuatro años. Porque yo lo pedí a la Seguridad Social, me lo denegó. Y la demanda se puso en diciembre del 2021 y en noviembre del 2022 me dieron el alta", cuenta, explicando cómo cada paso estuvo lleno de incertidumbre y silencios. Sin ingresos durante todo este tiempo, reconoce que "tener una persona enferma cuatro años sin cobrar es una pena".
Reconoce la importancia de esta puerta que se abre ahora que una sentencia ha reconocido como enfermedad profesional el Covid Persistente que padece. "Es un paso importante para mí. Me alegra, claro, por mí y por muchas personas que están como yo. Animo a la gente a que luche. Que el camino es duro. Pero que luche por el derecho", explica con firmeza, como queriendo transmitir esperanza a otros que pasan por lo mismo.
Isabel recuerda cómo era antes de enfermar. "Ahora tengo 48, pero yo tenía 42 cuando empecé. Yo cogía mi coche, iba a trabajar, al gimnasio... Ahora, necesito un andador", reconoce con una mezcla de resignación y fuerza, consciente de que su vida cambió para siempre.
Aun así, Isabel no está sola. Mantiene contacto con compañeras que también sufren las secuelas del Covid persistente. "Estamos en contacto y queremos vernos, pero cuando no es una, es otra", se lamenta.
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