Ese niño de sonrisa plena
tribuna de opinión
El autor habla sobre la impresión que le causó una obra de Murillo que vio por primera vez en la Caridad
En la vida, cuando atraviesas el umbral de los cincuenta, rememoras con nostalgia ciertas vivencias, ya lejanas, que añoras como momentos críticos de ese pasado emotivo vital de cada uno, depositado en el subconsciente. En uno de mis paseos vespertinos, al atravesar la antigua Puerta del Carbón, de camino al Arenal, descubrí uno de esos fragmentos emocionales ocultos en mi memoria, al contemplar el cartel anunciador de la exposición Murillo cercano. Miradas cruzadas, en el Hospital de la Santa Caridad. La enérgica expresividad del rostro de un niño que nos mira con evidente alegría, en la reproducción de la tabla Moisés haciendo brotar el agua de la roca de Horeb. Cuántas experiencias y recuerdos, cuántas miradas sobrevuelan de aquellos días en los que la infancia es un juego de no retorno, que seduce a la memoria y, de la misma manera, se pierde en la lejanía del tiempo, sin esperar nada a cambio.
La misma sensación tuve cuando pude admirar de nuevo los dos cuadros -dedicados a dos de las seis Misericordias que Murillo realizó entre los años 1669 y 1670 para la Hermandad de la Santa Caridad-, recién restaurados por el Instituto de Patrimonio Andaluz (IAPH).
La primera vez que contemplé esa mirada fue en una de esas tardes lluviosa de octubre, todavía en la aproximación a la adolescencia, cuando, acompañando a mi padre, en cumplimiento de una de las reglas de la hermandad, escritas por don Miguel de Mañara, de atender la cena de los acogidos, descubrí uno de esos espacios maravillosos que hasta ese momento desconocía, la Iglesia de San Jorge. Mi temprana sensibilidad por el arte, despertada desde muy niño, quedó conmocionada por el maravilloso retablo de Bernardo Simón de Pineda y Pedro Roldán, el blanco de sus hermosas yeserías, y, por supuesto, los lienzos de Juan Valdés Leal y Bartolomé Esteban Murillo. Con el tiempo pienso que mi padre me concedió ese regalo, propio del amor paternal, porque conocía la admiración que sentía por el mundo artístico, innata a mi propio ser. Recuerdo ahora con cariño que me dejó solo ante este escenario de belleza y devoción que, al alzar la vista, descubrí, como vuelvo ahora a redescubrir a ese niño de la mirada sonriente del lienzo.
Ese descubrimiento de Bartolomé Esteban Murillo, pintor sevillano universal, dejó una huella viva en mi futuro profesional, historiador del arte, un sueño infantil hecho realidad. Porque aquel día descubrí a ese narrador de escenas que no sólo transmitía meras historias sagradas, sino que hacía sucumbir al espectador ante la magia de su lenguaje estético naturalista, tanto en la claridad de las formas de los objetos, como en los mismos detalles de los retratos de sus personajes, llenos de vitalidad y fuerza expresiva. Reconocí el efecto cromático de los colores de Murillo, cercano a la escuela veneciana, quizás descubierta en ese hipotético viaje a Madrid de 1658, o tal vez en el propio mercado local, entre mercaderes y nobles sevillanos. Aquel día descubrí a un hombre comprometido con sus convicciones religiosas, con las ideas tridentinas que habían cuajado en el propio alma de la ciudad. Pero no cabe duda de que aquel día también percibí el espíritu de Miguel de Mañara, el verdadero promotor de la obra, el santo esperado por la ciudad, que me acompañará toda mi vida, desde la lectura en mi adolescencia de su magnífica obra espiritual Discurso de la Verdad, verdadero tratado ascético de la redención y salvación del alma.
Pero ese día descubrí, sobre todo, a ese niño de sonrisa plena, con un hombro desnudo, a lomos de un caballo, recreando la escena del libro del Éxodo, donde Moisés consigue de Dios el milagro de extraer agua de la roca de Horeb para aplacar la sed de los israelitas en el desierto, alegoría de la obra de misericordia de dar agua al sediento. Era la sonrisa de un niño que se enfrenta a las adversidades sin perder la esperanza. La sonrisa de un niño, heraldo de la Fe, confiado en la misericordia de Dios en los momentos difíciles de la vida, sereno en medio del tumulto originado por el milagro de brotar agua de las rocas. La sonrisa de un niño similar a las que, desgraciadamente, contemplamos cada día en los informativos de los incontables emigrantes de las incontables guerras que siguen existiendo a lo largo del planeta. Aquel día descubría al mejor pintor de la infancia, que supo mostrar su verdadera alma, quizás por su fatal experiencia de perder a la mayor parte de sus hijos, realizando por ello, a partir de 1670, un gran número de composiciones infantiles en las que la alegría es la esencia de su espíritu.
Pero aquel día, sin embargo, no fui capaz de descubrir a un padre, nunca lo hice con él en vida, sino hasta después de su repentina muerte, ya en la madurez. Quizás él buscaba en mí la fuerza expresiva de esa sonrisa del niño de Murillo que yo nunca le proporcioné. Quizás buscó en mí la fortaleza de aquel niño Moisés que guiara a su gente, y que yo no supe comprender. Quizás nunca capte la verdadera dimensión de un padre que descubrió a su hijo la fuerza expresiva del arte en ese niño creado por Murillo, o lo que es lo mismo, la alegría de vivir.
Tal vez ese niño me haga permeable a otros caminos, a otras sonrisas que me llenen de felicidad.
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