Sevilla

Un nombre escrito en una sonrisa

  • De Bueno a Amigo. El cardenal de Sevilla rezó un 'Padrenuestro' en la capilla donde reposan los restos de su predecesor, Bueno Monreal, a quien relevó en 1982

Comentarios 2

LOS seis años que coincidieron en Sevilla, desde que en 1982 renunciara José María Bueno Monreal por razones de edad y salud hasta su fallecimiento en 1987, estos dos curas norteños nunca se comunicaron verbalmente. "Sólo por gestos", decía ayer Carlos Amigo Vallejo, su sucesor en la diócesis hispalense aquel año del triunfo socialista, de la visita papal, el Mundial de España y el Nobel de literatura de García Márquez.

Debía ser duro ese silencio entre dos hombres curtidos en la oración. Ayer hablaron como les enseñó Dios porque al principio fue el Verbo. Bueno y Amigo. Virtuosos hasta en el documento de identidad. El cardenal de Sevilla salió del Palacio Arzobispal pasadas las doce y media de la mañana. Lo acompañaban el padre Amador, párroco de San Miguel Arcángel de Morón de la Frontera, y Miguel Ángel Trujillo, franciscano canario, sustituto del hermano Pablo en las labores de secretariado.

En la Puerta de Campanillas, junto a la plaza Virgen de los Reyes, el cardenal saludó a Alfonso Jiménez, arquitecto y maestro mayor de la Catedral. Turistas y feligreses se sorprendían ante el paso firme de ese hombre alto y fornido tan atento a las cosas pequeñas. Con dos sacristanes y el canónigo Luis Rueda se dirigieron a la capilla de San José, donde el 20 de agosto de 1987 quedó instalada la capilla ardiente con los restos mortales de Bueno Monreal, que sólo abandonó la diócesis hispalense para morir en la clínica universitaria de Navarra.

Aquel cura aragonés se trajo a un paisano organista que le había acompañado en sus escalas diocesanas por Jaca y Vitoria, aunque José Enrique Ayarra tuvo que cumplir previamente un saludable prólogo pastoral como párroco en la villa serrana de Ubrique.

"Nos conocimos en Madrid en alguna reunión de la Conferencia Episcopal", recordó ayer a este periódico monseñor Amigo su primera visión de su predecesor. "Nos volvimos a encontrar en Roma, en la Sacristía del Vaticano, con motivo de los preparativos del aniversario de un Concilio". Bueno Monreal acudiría como arzobispo de Sevilla (León XIII lo nombró cardenal en 1958, un año después de iniciar su mandato) y Amigo Vallejo como titular de la diócesis de Tánger, a la que llegó después de cubrir etapas en Santiago de Compostela y Roma.

Sevilla fue en tiempos la Nova Roma y en Roma tuvo Carlos Amigo una intuición sevillana. "Me saludó con mucha cordialidad. Pocos meses después me nombraron arzobispo de Sevilla. Yo creo que en la sonrisa que me dedicó el cardenal en Roma estaba escrito mi nombre".

Ayer le dedicó rezos en latín y un Padrenuestro en la capilla de San José, que hizo extensivos por el eterno descanso del vicario general y deán Antonio Domínguez Valverde. De la capilla de San José, ante la expectación de quienes rezaban, descansaban o seguían a los guías, monseñor y su discreto cortejo se dirigieron a la capilla Real. Besó la mano de la Virgen de los Reyes, patrona de la ciudad, y saludó a las hermanas de la Cruz que se encargan de su cuidado y vestimenta, con las que intercambió comentarios informales y alguna risa.

Bueno Monreal fue nombrado obispo coadjutor del cardenal Segura en 1954 y en 1957 lo sustituyó a la muerte del mitrado burgalés que fue desterrado por la República y se exiliaba a Umbrete cada vez que venía Franco a Sevilla. "A lo largo de su vida", destacó ayer monseñor Amigo de su predecesor, "siempre dio un ejemplo de servicio a la Iglesia, y llevó cristianamente hasta el final una enfermedad tan dura como la que él tuvo".

Dios es aragonés. Le divierte a monseñor Amigo el título de ese capítulo del libro del sacerdote Manuel de Unciti Teología en vaqueros. Es de donde son sus representantes. Que casi siempre vienen del Norte: de Burgos (Segura), de Aragón (Bueno Monreal), de Medina de Rioseco (Amigo Vallejo) y ahora de Sigüenza (Asenjo Pelegrina). Con gozosas excepciones sureñas como el cardenal Marcelo Spínola, el obispo de los pobres y de los periodistas (pobres) que llegó de San Fernando.

Amigo Vallejo sí puede comunicarse verbalmente con su sucesor, que asumirá muy pronto el timón de la diócesis. Ayer habló con Bueno Monreal con el más eficaz de los intérpretes: su Padre, que está en los cielos. Con los pies en la tierra. Y las manos.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios