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Todo pasó en un cuarto de hora

  • Memoria. Alejandro Ruiz-Huerta, único superviviente de los atentados de Atocha, compara aquella noche con los fusilamientos del 2 de mayo y la recuerda con cada brote de violencia

Alejandro Ruiz-Huerta Alejandro Ruiz-Huerta

Alejandro Ruiz-Huerta / Juan Carlos Muñoz

Todo ocurrió en menos de un cuarto de hora, pero él lleva más de cuarenta años contando la historia que vivió y de la que sobrevivió. Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell (Madrid, 1947) acaba todos sus actos diciendo "despaciosamente" los nombres de los cinco compañeros asesinados el 24 de enero de 1977 en el despacho de Atocha 55: Ángel Rodríguez Leal, Serafín Holgado, Luis Javier Benavides, Enrique Vandelvira y Francisco Javier Sauquillo. Y de los tres heridos, todos ellos ya fallecidos: Lola González Ruiz, Luis Ramos Pardo y Miguel Sarabia.

Ha recorrido casi toda España presentando su libro La Memoria Incómoda. Los abogados de Atocha (Utopía). "Pero me faltaba Sevilla". Las dos primeras ediciones las editó en Burgos en 2002. La tercera, quince años después, en Córdoba, donde es profesor de Derecho Constitucional. "Voy mucho a los colegios e institutos a hablar de la Constitución y del atentado de Atocha y son dos pilares determinantes del consenso político".

La portada del libro es un dibujo de Teresa Villar, viuda de Enrique Vandelvira, uno de los abogados asesinados por los ultraderechistas. Y como novedad en la última edición incluye el emotivo testimonio de Violeta Bravo Sarabia, nieta de Miguel Sarabia, uno de los heridos, que ya murió y era el que aglutinaba al resto de supervivientes para recordar cada 24 de enero en la plaza de Antón Martín a los cinco asesinados. Los criminales, cada vez que llegaba ese aniversario, "en la cárcel donde estuvieran siempre pedían una mariscada".

Alejandro Ruiz-Huerta no pudo ir al multitudinario entierro de sus compañeros muertos, porque se recuperaba de sus heridas en el hospital 1 de Octubre, "de tan nefasto nombre". Fue el último en ser evacuado. Lo bajaron por las escaleras del despacho un barrendero y un policía porque el ascensor estaba estropeado.

"Tanto vivimos en común que compartimos la muerte", leyó un texto que sigue conmoviendo. En el día de San Isidro, patrono de Madrid, este abogado dio marcha atrás a sus recuerdos y entonces, hace 41 años y casi cuatro meses, se le vino a la mente "los fusilamientos del 2 de mayo. Los nueve con las manos en alto en la esquina del hall esperando a que hicieran lo que hicieron". Él se salvó gracias a dos de los que murieron: Ángel Rodríguez Leal, que murió porque volvió al despacho a recoger un ejemplar de Mundo Obrero, le había dejado una pluma Inoxcrom en la que rebotó la bala. "La pluma derrotó a la metralla", como en metáfora quijotesca le ha escrito su amigo Antonio Manuel Rodríguez Ramos. Y el cuerpo ya moribundo de su amigo Vandelvira le protegió sus partes vitales.

"Este libro es una historia del miedo", dijo Eloísa Baena, directora del Archivo de Comisiones Obreras. "El miedo me atenazó durante mucho tiempo", dijo ayer, y no se libra de sus resortes. "Haber vivido unas sensaciones como las de Atocha me hacen vivir mucho más cerca otros atentados que se producen a mi alrededor. Eta recién terminada, Palestina recién empezada, los muertos por el Isis recién continuando". Cada presentación del libro es un grito "contra toda violencia". "Me parece fundamental el respeto y la concordia. Yo mantengo el respeto con mis propios asesinos". Afirmación de la que discrepó Antonio Rodrigo Torrijos, que una noche antes del atentado estuvo en ese despacho.

Ruiz-Huerta se negó a un encuentro con aquellos criminales "hace siete u ocho años, cuando se pusieron en marcha encuentros de víctimas de Eta con sus verdugos". El superviviente de Atocha pretende crear una cátedra de la Memoria Democrática.

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