El pintor de la Champions

Calle Rioja

Fin de la fiesta. Ayer terminó la exposición de los fondos de la Casa de Alba. Murillo se queda solo en su estatua esperando la exposición que abrirá en febrero

La escultura de Murillo preside la plaza del Museo de Bellas Artes.
La escultura de Murillo preside la plaza del Museo de Bellas Artes.

11 de enero 2010 - 05:03

ESTE sevillano sí que juega la Champions todos los años. Se llamaba Bartolomé Esteban Murillo y defiende el pabellón de su patria chica en museos de Birmingham, Cambridge, Lisboa, Glasgow, Munich, Carolina del Norte, Génova, Munich, Bayona y hasta el Louvre parisino. Cinco días después del Día de los Enamorados, uno de los hombres que más amor le profesó a su ciudad, uno de sus principales abanderados, regresará hijo pródigo con el mejor de sus presentes: su madura obra juvenil.

Murillo es sereno y guardián de la plaza del Museo que según las horas y días alberga a escolares, mendigos, turistas, transeúntes, usuarios de las diferentes oficinas de la zona. La plaza recupera hoy la normalidad después de haber sido una especie de patio de palacio los días que ha durado la exposición de la Casa de Alba. El otro día hablaba de la omnipresencia del avión en la iconografía de la ciudad: las fotos del Airbus en las portadas del 12 de diciembre de 2009; la presencia en la portada de Feria, en los libros de Pepe Clemente y Juan Antonio Guerrero y también en una de las carrozas de la Cabalgata. Honores simbólicos para presionar contra quienes pretenden ponerle el freno al más ambicioso proyecto aeronáutico de la historia de la ciudad. Junto a este ingenio de la ingeniería, el otro gran símbolo de la ciudad, para bien o para mal, es esta madrileña de Sevilla, paya de los gitanos, machadiana de Manuel que vive donde nació Antonio: se va la exposición que se inauguró el 16 de octubre -el mismo día que inauguró Juan Valdés, hay que ser valiente- y pronto se verá su imagen en el cartel de fiestas primaverales obra de Reyes de la Lastra.

Murillo también es poliédrico en la ciudad que lo vio nacer. El más ilustre de las víctimas de los siniestros laborales tiene calle en el corazón de Sevilla, donde incluso hubo un restaurante que se llamaba el Pintor; consta que se enterró en una plaza del barrio de Santa Cruz, incluso hay un hotel que lleva el nombre de Murillo. Allí se alojaban Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina el día que les di la noticia de que habían asesinado a su compatriota Anastasio Somoza. La barriada Murillo acogió el trabajo estajanovista de un grupo de emprendedoras del Polígono Sur. Murillo de los ricos y de los pobres, del centro y del extrarradio, de los niños mocosos y los hombres harapientos. De las manchas y las inmaculadas. El sevillano más universal junto a Diego de Silva y Velázquez, yerno de Pacheco, que tuvo su estudio en lo que después sería hasta su reciente cierre Hotel Suecia, en la calle Trajano.

A 38 días de que se inaugure su exposición, 19 de febrero, festividad de San Álvaro, antesala de torrijos y pestiños, la plaza del Museo ha recuperado la normalidad. Los únicos pintores que quedan en la plaza son Murillo en su estatua y Benito Moreno en la casa que le rehabilitó Guillermo Vázquez Consuegra y que figura en algún catálogo del arquitecto sevillano. Casa Salva sigue ofreciendo su cocina mediterránea, museo del yantar que abrió en 1983. De la duquesa al pintor. De Goya a Murillo. A dos pasos, el palacio de Monsalves que fue sede de la Presidencia de la Junta en tiempos de Rodríguez de la Borbolla, presidente autonómico que renovó su confianza política en Miguel Manaute, el primer hombre de pueblo que formó parte de un Gobierno andaluz. Un viaje de Arahal a Sevilla que es como un paradigma de esos personajes de Murillo, dignos en su pobreza, clarividentes en su sencillez. Sin dobleces, como cuando aquel consejero de Agricultura paisano de Manolo Jiménez y de la dramaturga Pepa Gamboa llegaba a las reuniones comiendo pipas, como un personaje de Muñoz Rojas.

Murillo hizo la reforma agraria de la pintura. En el siglo de oro de Sevilla, el oro se fue y los siglos fueron pesando como badajos de acero. Estremece pensar que Góngora y Juan de Mesa, por ejemplo, murieron el mismo año de 1627. El poeta cordobés, en cierta forma, ya estaba firmando el acta fundacional de la generación del 27 con tres siglos de antelación. Y no había ministros de Cultura. Ni ministras. Ni móviles ni ordenadores. Y también nevaría cada 60 años. Los cuadros de Murillo y sus coetáneos eran las portadas de los periódicos, los telediarios de la época. En la cultura del instante, de la fugacidad que todo lo devora, sobrecoge y estimula esta salud del buen gusto que sobrevive al paso galopante de las modas y las tendencias. El viejo Murillo sigue siendo muy joven. No sabe uno qué suerte correrán los murillos de esta época en la que hay quien pretende emular a De Quincey para imponer la estupidez como una de las bellas artes. La ecuación miseria / brillantez no es ética ni estéticamente defendible, pero está claro que los delirios de grandeza no sólo conducen a la desaceleración económica, sino a una cultura gris disfrazada de tecnicolor. Hubo un Murillo que jugó en la Real Sociedad, compañero de zaga de Gaztelu y Cortabarría. Y hay un Murillo periodista que nació en Fuenteovejuna y se crió en Guernica. Posibles descendientes del pintor que resiste incluso a la vulgarización de los letristas de sevillanas, a la epatante y acomodaticia escuela de la transgresión subvencionada.

Murillo vuelve en febrero a su ciudad y el Museo de Bellas Artes se consagra como referencia fundamental de las artes plásticas. Nada que envidiarle al Moma neoyorquino o al Guggenheim bilbaíano. Recuerdo todavía la impresionante exposición de obras de Rodin. Ese Víctor Hugo que parecía enjaulado tras los barrotes de la pinacoteca, la imponente escultura de Balzac, lleno de vida, de vino, de historias, o el relieve de los burgueses de Calais. Se fue Sorolla, se han ido los pintores de la colección de la casa de Alba y se anuncia una primavera de colores, contrapunto de este invierno frío y lluvioso, de bruma y relente, como si desde Glasgow, de donde llegará el cuadro de Murillo titulado Virgen con el Niño y San Juanito, Cernuda hubiera enviado contra reembolso la definición que hizo de la ciudad escocesa: "vómito de niebla y fastidio".

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