Con 34 rampas a la sombra
Calle Rioja
La cuesta de agosto. Es la ascensión más importante de la llana y sinuosa Sevilla. 96 metros. Subir a la Giralda es uno de los 44 hitos de la visita cultural a la Catedral.
LA ciudad estaba desierta, deserción en el desierto de agosto, y se iban llenando las gradas del Archivo de Indias, galeón de papeles y legajos. No era furor investigador de americanistas estivales. De lunes a sábado, la visita a la catedral es, si se permite la licencia, en horario comercial. Como el domingo es día de precepto, las puertas para el turista se abren después de los cultos. A las dos y media de la tarde. La cita es en la puerta del Príncipe, junto a la copia del Giraldillo a la que sustituyó el original en particular triunfo de la fe política de la entonces ministra de Cultura Carmen Calvo Poyato.
Como en una película del Oeste, archivo de indios, los coches de caballos se cruzan con el tranvía de la Avenida. La mayoría de los que se van congregando para visitar la Catedral y subir a la Giralda, 34 rampas a la sombra, son extranjeros, aunque hay un grupo de jóvenes llegados de Villanueva del Ariscal y una pareja que mientras hacen cola recuerdan lo bien que comieron en Cándido, junto al Acueducto de Segovia.
El sol, joven y fuerte, como cantaban Lole y Manuel, le va ganando terreno a las sombras. Todavía no han abierto las puertas. Un joven le hace fotos a su pareja: lleva una camiseta del River Plate con el nombre de su ídolo, Buonanotte, en el dorsal. Un guía aprovecha la espera en plena solana para hacer una historia sucinta del lugar en el que se encuentran.
La Giralda es el punto 38 de la propuesta de visita guiada que realiza el folleto editado por el Cabildo catedralicio. Una visita que dura hora y media -hay una visita rápida de 45 minutos-, empieza en el museo de pintura sevillana y acaba en el Lagarto. Preparados para subir la cuesta de agosto. La ascensión más importante, 96 metros desde la acera a la veleta, en la muy llana Sevilla. Si la torre Pelli no lo remedia.
Una alemana de Fráncfort (Laura, 20 años), dos checas de Praga (Katherine, 24 años, Hanna, 22) y un finlandés (Stefan, 24). Están en El Palo (Málaga), dando un curso de español, y han aprovechado para hacer turismo en Sevilla. Les acongoja en lo alto de la torre el estruendo de las campanadas de las tres. Vienen de tierras frías y cerveceras y hacen un alto en el cuadrilátero superior desde el que se ve una ciudad que se ha ido en los Amarillos buscando las playas del litoral. Se oyen los aires acondicionados, se ve el azul turquesa de las piscinas de los hoteles Doña María, Los Seises y EM.
En la subida a la Giralda, las diferentes cámaras invitan a una parada. Pequeños espacios museísticos con diferentes hallazgos arqueológicos o piezas del patrimonio catedralicio. Las cámaras de la mezquita y de la catedral mudéjar están separadas por cinco rampas, aunque su distancia cronológica se aproxima a los cinco siglos. En la rampa 30 está la cámara de las campanas. Entre tanta riqueza almohade, medieval, gótica y renacentista, reminiscencias del siglo XX: restos de la campana de San Cristóbal, que emitía los sms de vida, oración y muerte con sus 19 quintales y 55 libras de peso y que se rompió el día de San Valentín de 1981, nueve días antes del 23-F.
Los japoneses son los primeros en llegar al campanario de la Giralda y los únicos que se hacen fotografías en el patio de los Naranjos. Ellas, las japonesas, salen con sus sombrillas por Alemanes. Alguien lee la placa que en la puerta del Perdón recuerda que Cervantes menciona en Rinconete y Cortadillo "estas gradas, lugar en tiempo de contratación". Prototipos de la picaresca evocados junto a los dos santos guardianes. "Uno debe ser San Pedro, porque tiene las llaves", dice el vigilante más joven. "El otro, el de la espada, no sé quién es. Pregúntele a mi compañero, que sí cree en estas cosas". Su compañero, que por edad podría ser su padre, identifica a San Pablo y delante de los turistas nipones hace una pose de esgrima. "Es el que parte el bacalao".
Se fueron los feligreses y entran los turistas. La entrada cuesta ocho euros. Un 33% lo destina la Iglesia a la construcción de nuevos templos en la diócesis y el 67% restante "a la conservación del edificio, su contenido y sus actividades", según se especifica en el folleto de mano. Se topan con una iglesia desierta, como la ciudad, un gigante de piedra de bancos y confesionarios vacíos. La Catedral gótica más extensa del mundo. Que los domingos abre sus puertas del turismo a esa hora bruja en la que los visitantes ya habrán comido y los locales andan todavía mareando la perdiz del aperitivo. A la hora del parte y la sobremesa. Entre campana y campana de las horas precisas, tambores del cielo.
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