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Un regalo de Reyes envenenado

  • Alameda. Aguilar abrió el 5 de enero de 1971 y cerrará sus puertas a final de septiembre, dos generaciones después, porque la propiedad triplica la renta para el nuevo contrato

Antonio Aguilar y, al fondo, su cuñado, José Antonio Pachón, ayer en el mostrador del bar Aguilar. Antonio Aguilar y, al fondo, su cuñado, José Antonio Pachón, ayer en el mostrador del bar Aguilar.

Antonio Aguilar y, al fondo, su cuñado, José Antonio Pachón, ayer en el mostrador del bar Aguilar. / víctor rodríguez

Aguilar abrió el día de Reyes de 1971 y casi medio siglo después les han hecho un regalo envenenado. El bar Aguilar es el último mohicano de la Alameda anterior al Plan Urban y a sus últimas reformas. Un bar familiar en el sentido más literal de la palabra. El primer contrato lo firmó en 1970 Manuel Aguilar, originario de Manzanilla, cuando la esquina de Relator con la Alameda, que había sido una lechería, era todavía un local de futbolines. Las tapas, incluida la inimitable sangre encebollada, las cocinaba Manuela Escobar, su esposa, también de Manzanilla, que mientras su futuro marido deambulaba por tabernas y bodegas trabajaba de sirvienta en casa de unos abogados de pedigrí.

Antonio Aguilar Escobar, hijo de Manuel y de Manuela, nace el primer día del último mes de 1959. Si todo hubiera ido como él había previsto, cada mañana habría cruzado la Alameda desde la comisaría para tomar un café en el histórico bar que abrió su padre. Un mes después de licenciarse en la mili, que hizo en la base aérea de Morón, su padre moría de un infarto. "No había cumplido 48 años y apenas le dio tiempo a disfrutar de su piso en Antonio Susillo, la quinta de nuestras mudanzas", cuenta Antonio, que olvidó su sueño de ser policía, se arremangó y aceptó el reto de su madre de coger el timón del bar.

"Se debía mucho dinero porque mi padre abarcaba mucho. En esa época, un apretón de manos bastaba para llegar a un acuerdo, pero luego había que pagarlo". Su padre se muere un año antes del 23-F, en la misma semana del 28-F. Antonio se hace cargo del bar con veinte años. Pronto llegarán los refuerzos. María Aguilar, su hermana, conoce en el colegio Queipo de Llano, también llamado de los Moros, al que sería su marido, José Antonio Pachón, cuñado de Antonio desde 1985, compañero de fatigas desde bastante antes.

Al cuñado lo conocen como el Niño de la Riada porque nació el mismo 25 de noviembre de 1961 que se desbordó el Tamarguillo. "Era delineante. Al principio hacía delineación por las mañanas", cuenta Antonio, "y aquí empezó a echar los dientes de la hostelería". Los ochenta, la Transición, la movida. "Era la época dura de la Alameda, las prostitutas, los chulos, los yonquis, las obras del Metro, las demás obras, que duraron más que las de la Catedral. En esa época nadie decía que vivía en la Alameda. Tenía mala fama, era mejor decir que vivías en la calle Feria o en la Macarena. Hoy pasa lo contrario. Esto se ha convertido en la milla de oro, pero no es oro todo lo que reluce. Hay que echar muchas horas para ganar dinero trabajando detrás de un mostrador".

Dos palabras inequívocas. Se Traspasa. "Pagamos una renta de 800 euros y la dueña del local pide 2.500 y no se baja del burro", dice Antonio. En 2003 firmaron el nuevo contrato. "Ella quería que fuera por trece años, pero le dije que el 13 traía mala pata, y quedamos en catorce años".

El 30 de septiembre tienen que entregar las llaves y engrosar las listas del paro. "A ver si alguien nos contrata. Experiencia tenemos. No creo que se lleve nadie 47 años como nosotros". Los clientes no ocultan su incredulidad, "dicen que es un clásico, a alguna mujer se le han saltado las lágrimas". A Antonio Aguilar lo nombraron en 2005 alamedero del año, pero eso no lo inmuniza de los estragos del capital, "el dinero, el puto dinero, pero mientras haya salud...". Casi medio siglo de nazareno en San Esteban.

Entraron solteros y veinteañeros y formaron sus familias: cuatro vástagos en total. Todos los años el mes de agosto se hacía muy largo en la Alameda porque cerraba Aguilar, se iban de merecido descanso a Chipiona. El año que van a cerrar estarán abiertos en agosto para preparar el ya irreversible desalojo. En el vecino distrito han conocido delegados de todos los grupos políticos, han visto entrar ministros en la comisaría; han servido desayunos y almuerzos a las caravanas culturales del Festival de Cine, a los titiriteros y de la Bienal de Flamenco. En la primavera de 2018 ya no se verán armaos de la Macarena repostando en el epílogo jubiloso del Viernes Santo.

Sólo la Norte queda de los antiguos. El Niño de la Riada aparcó el oficio de delineante. Aguilar, a sus 57 años, podría reengancharse a la Policía "aunque fuera de cuartelero". Les queda un mes de primavera, un verano y una semana de otoño. Todo es invierno en esas dos palabras, Se Traspasa, junto a Tapas Variadas y Cocina Casera. Clásicos Aguilar. Esquina con Relator.

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