La segunda muerte de Nino Bravo

calle rioja

Óbito. El jueves murió de un infarto Jaime Morillo, el padre de los trillizos autistas, el superhéroe que luchó con Noelia Aguilar, su esposa, por su integración

Francisco Correal

30 de noviembre 2015 - 01:00

ANoelia se le ha vuelto a morir Nino Bravo. La bautizaron así por la canción del cantante valenciano. Noelia Aguilar nació en 1971 en el hospital de las Cinco Llagas, actual sede del Parlamento de Andalucía. A los quince años conoció al que sería el amor de su vida. El flechazo tuvo lugar en Roll Dancing, un lugar de movida con pista de patinaje de la calle Calatrava en la Sevilla de los ochenta. Noelia tenía 18 años aquel 27 de agosto de 1989 en el que le dijo sí quiero a Jaime Morillo. La boda fue muy cerca de donde nació, en la Basílica de la Macarena. Junto a la muralla un mes antes de que cayera el muro de Berlín.

Jaime nació en 1968 en Núremberg, la ciudad del histórico juicio al nazismo. El pequeño de los trece hijos de un exportador de pescado que emigró a Alemania. Volvió muy pronto a España, vivió la infancia en Cádiz y siguió los pasos de su progenitor. El 9 de diciembre de 1994 aumentó la familia. Noelia creía que venían dos, pero llegaron tres: Alejandro y Jaime venían en la misma bolsa; el trío lo completaba Álvaro, que salió más tarde y de milagro: en la UCI le dieron dos paradas cardiorrespiratorias. En la guardería les detectaron distintos niveles de autismo.

Sus padres, en lugar de venirse abajo, se pusieron las pilas. Los han visto crecer. Desde las primeras fotos de bebés en la playa de Punta Umbría hasta la incertidumbre de su mayoría de edad. Mañana empieza el mes de diciembre más triste en la vida de Noelia Aguilar. El día 9 sus tres hijos cumplen 21 años. El día 10 era el cumpleaños de Jaime, el emigrante al que conoció en la pista de patinaje. Con 47 años de edad, el pasado jueves falleció de un infarto fulminante. El padre que adoraba a sus tres hijos; el que los duchaba, el que los afeitaba; el que administraba su tiempo para que cada día les pareciera diferente.

Conocí al matrimonio cuando sus hijos tenían 13 años. Todavía regentaban la pescadería familiar en Alcosa, de la que se tuvieron que desprender desbordados por la atención permanente de sus hijos. Generosos hasta el extremo con sus tres mosqueteros, también lo fueron con la sociedad: no les importó participar en pruebas médicas para conseguir avances científicos contra esta modalidad; el fotógrafo José Antonio de Lamadrid contó la vida cotidiana de esta familia en un documental que ha merecido numerosos galardones nacionales e internacionales.

"Nosotros no formamos sólo un matrimonio. Somos un equipo", me decía en una ocasión Noelia. Vivían en una casa que rezumaba esperanza y optimismo. Con la complicidad inestimable de los perros Duque y Tiara. Para los tres chavales, su padre era una mezcla de Supermán y Batman. Jaime hijo, loco de los coches, que soñaba con ser mayor para ir a la Universidad y tener el carné de conducir, despertaba todos los días a Jaime padre a las 6:58 con la misma contraseña: "Papá, son las siete cero-cero". Alejandro es un fiera de los puzles y las películas. A Álvaro le fascina ver las procesiones por televisión y oír canciones de Alejandro Sanz. Hace un par de años, quedé con Rafael Gordillo junto al club social de los Milanos, en Sevilla Este. Era un día lluvioso de febrero. De pronto los vi a los tres, cada uno con su bolsa de basura, con Jaime Morillo, el padre, detrás. La fuerza del cariño.

A Noelia le impresionó el comentario que un chiquillo le hizo a la entonces princesa Letizia: "Mi enfermedad es rara, pero yo no soy raro". Jaime y Noelia han luchado denodadamente para que la rareza de sus hijos sea sólo estadística. Tenían una legión de primos y de tíos que los adoran. Su tía Mari Carmen decía que "no conocen el engaño, el sarcasmo y la maldad".

El viernes bajé del 10 en la parada de San Lázaro. Me incorporé al cortejo fúnebre. Cuando se fue el coche de la funeraria me acerqué a Noelia. "Estoy muy fuerte por fuera, destrozada por dentro". Sabedora de una de nuestras coincidencias, me dijo: "Tan madridista como tú…". ¿Dónde van los minutos de silencio para honrar a los héroes normales, a los valientes sin retórica, para los limpios de corazón? Un Supermán, así lo veían sus hijos. Así lo veíamos los que pasamos esporádicamente por su vida, por esa casa tan alegre a la que uno de sus hijos llamaba castillo. El señor del castillo se ha marchado. Su estela permanece.

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