Hispalis: la piel romana que Sevilla aún alberga bajo nuestros pies
Un viaje a la metrópolis fluvial que alimentó a los Césares y diseñó el mapa de la ciudad actual
La Sevilla Almohade recreada por IA: la ciudad medieval ensoñada por Inteligencia Artificial
Los tranvías que perdimos en Sevilla: postales de una ciudad vertebrada sobre raíles
Caminar hoy por el laberinto del centro de Sevilla es, en realidad, realizar un ejercicio de arqueología invisible. Bajo el bullicio de las terrazas y el aroma a azahar, late una de las capitales más prósperas y estratégicas del mundo antiguo: Colonia Iulia Romula Hispalis. Mientras la historia suele fijar su mirada en la cercana y monumental Itálica —la ciudad de linaje imperial y retiro aristocrático—, Hispalis fue el verdadero motor, el pulmón comercial y el caos creativo que sostuvo la economía de la Bética. En este vídeo, levantamos el asfalto de la ciudad moderna para redescubrir una metrópolis que, tras dos milenios, sigue dictando el trazado de nuestras calles y la identidad de nuestra cultura.
El alma de Hispalis fue, desde su fundación, su puerto. Si hoy el Guadalquivir es el símbolo romántico de la ciudad, en época romana era una autopista de agua, un Wall Street de la Antigüedad donde el comercio del aceite de oliva —el codiciado oro líquido— lo dominaba todo. No era una ciudad de paso, sino el centro logístico más importante del sur de Hispania.
Desde sus muelles partían miles de ánforas que forman el Monte Testaccio en Roma, una colina artificial de cerámica que es, en esencia, un monumento a la capacidad productiva de Sevilla. Aquella Hispalis no solo exportaba productos, sino que importaba influencias, convirtiéndose en un crisol de lenguas, cultos y mercaderes que llegaban desde todos los rincones del Mediterráneo.
Esa importancia política y económica se reflejaba en una arquitectura monumental que hoy apenas intuimos. El epicentro se situaba en la zona de la Alfalfa y la Cuesta del Rosario; no es casualidad que este sea uno de los pocos desniveles del terreno sevillano, pues se asienta sobre la elevación natural donde los romanos erigieron su Foro. Allí, entre el murmullo de las togas y el intercambio de mercancías, se encontraba el corazón administrativo de la provincia. A pocos pasos, en la calle Mármoles, emergen todavía tres columnas colosales de granito gris de casi nueve metros de altura. Pertenecieron a un templo de dimensiones asombrosas que servía de faro espiritual y político, recordándonos que la escala de la Sevilla romana no tenía nada que envidiar a la de la propia capital del Imperio.
Para comprender la verdadera vida cotidiana de un hispalense, el rastro nos lleva al subsuelo. En el Antiquarium, bajo las modernas Setas de la Encarnación, el tiempo parece haberse detenido entre mosaicos polícromos de una belleza hipnótica y restos de factorías de salazones donde se preparaba el garum, la salsa de pescado que era el lujo gastronómico de la época. Es en este yacimiento donde mejor se aprecia la transición de las lujosas domus romanas a la ciudad tardoantigua.
Pero la huella no termina ahí: el ingenio romano sigue presente en el trazado del Cardo Máximo que recorre la calle Abades, o en los restos del acueducto de los Caños de Carmona en Luis Montoto, una infraestructura vital que recorría kilómetros para abastecer las termas y fuentes que daban vida a la colonia.
Hoy, estos hitos sirven como una guía invisible para cualquier "cazador de historias". Desde las columnas de la calle Mármoles, cuyos fustes se hunden varios metros bajo el nivel del suelo actual, hasta los pavimentos romanos que aún se conservan en los sótanos de comercios tradicionales, Hispalis no es una ciudad desaparecida, sino el cimiento vivo sobre el que se levanta la Sevilla que amamos.
También te puede interesar
Lo último